martes, 17 de marzo de 2020

Actividades para las dos semanas de clases sin clases!

Chicos y chicas deje algunas consignas en los textos... con plazo 25 de marzo envíen las respuestas a mi correo electrónico, pueden ser imágenes si los hacen en cuadernolas o en formato word si lo hacen desde compu o celulares. 
Aclaración: son dos actividades en base a los textos de Hobsbawm uno ya lo tienen que es el de los fragmentos del libro, y el otro es: uno "nuevo llamado" Guerra y terrorismo en el siglo XXI.
luciamendiverry@hotmail.com

postura de Eric Hobsbawm en cuanto al siglo XX y XXI


ERIC HOBSBAWM “HISTORIA DEL SIGLO XX” Ed. Crítica. 1998.
FRAGMENTOS: VISTA PANORÁMICA DEL SIGLO XX
A una época de catástrofes, que se extiende desde 1914 hasta el fin de la segunda guerra mundial, siguió un período de 25 o 30 años de extraordinario crecimiento económico y transformación social, que probablemente transformó la sociedad humana más profundamente que cualquier otro período de duración similar. Retrospectivamente puede ser considerado como una especie de edad de oro, y de hecho así fue calificado apenas concluido, a comienzos de los años setenta. La última parte del siglo fue una nueva era de descomposición, incertidumbre y crisis y, para vastas zonas del mundo como África, la ex Unión Soviética y los antiguos países socialistas de Europa, de catástrofes. Cuando el decenio de 1980 dio paso al de 1990, quienes reflexionaban sobre el pasado y el futuro del siglo lo hacían desde una perspectiva fin de siglo cada vez más sombría.
Desde la posición ventajosa de los años noventa, puede concluirse que el siglo XX conoció una fugaz edad de oro, en el camino de una a otra crisis, hacia un futuro desconocido y problemático, pero no inevitablemente apocalíptico. (…) La única generalización absolutamente segura sobre la historia es que perdurará en tanto en cuanto exista la raza humana.
El contenido de este libro se ha estructurado de acuerdo con los conceptos que se acaban de exponer. Comienza con la primera guerra mundial, que marcó el derrumbe de la civilización (occidental) del siglo XIX. Esa civilización era capitalista desde el punto de vista económico, liberal en su estructura jurídica y constitucional, burguesa por la imagen de su clase hegemónica característica y brillante por los adelantos alcanzados en el ámbito de la ciencia, el conocimiento y la educación, así como del progreso material y moral. Además, estaba profundamente convencida de la posición central de Europa, cuna de las revoluciones científica, artística, política e industrial, cuya economía había extendido su influencia sobre una gran parte del mundo, que sus ejércitos habían conquistado y subyugado, cuya población había crecido hasta constituir una tercera parte de la raza humana (incluida la poderosa y creciente corriente de emigrantes europeos y sus descendientes), y cuyos principales estados constituían el sistema de la política mundial.
Los decenios transcurridos desde el comienzo de la primera guerra mundial hasta la conclusión de la segunda fueron una época de catástrofes para esta sociedad, que durante cuarenta años sufrió una serie de desastres sucesivos. Hubo momentos en que incluso los conservadores inteligentes no habrían apostado por su supervivencia. Sus cimientos fueron quebrantados por dos guerras mundiales, a las que siguieron dos oleadas de rebelión y revolución generalizadas, que situaron en el poder a un sistema que reclamaba ser la alternativa, predestinada históricamente, a la sociedad burguesa y capitalista, primero en una sexta parte de la superficie del mundo y, tras la segunda guerra mundial, abarcaba a más de una tercera parte de la población del planeta. Los grandes imperios coloniales que se habían formado antes y durante la era del imperio se derrumbaron y quedaron reducidos a cenizas. La historia del imperialismo moderno, tan firme y tan seguro de sí mismo a la muerte de la reina Victoria de Gran Bretaña, no había durado más que el lapso de una vida humana (por ejemplo, la de Winston Churchill, 1874-1965). Pero no fueron esos los únicos males. En efecto, se desencadenó una crisis económica mundial de una profundidad sin precedentes que sacudió incluso los cimientos de las más sólidas economías capitalistas y que pareció que podría poner fin a la economía mundial global, cuya creación había sido un logro del capitalismo liberal del siglo XIX. Incluso los Estados Unidos, que no habían sido afectados por la guerra y la revolución, parecían al borde del colapso. Mientras la economía se tambaleaba, las instituciones de la democracia liberal desaparecieron prácticamente entre 1917 y 1942, excepto en una pequeña franja de Europa y en algunas partes de América del Norte y de Australia, como consecuencia del avance del fascismo y de sus movimientos y regímenes autoritarios satelites. Sólo la alianza —insólita y temporal— del capitalismo liberal y el comunismo para hacer frente a ese desafío permitió salvar la democracia, pues la victoria sobre la Alemania de Hitler fue esencialmente obra (no podría haber sido de otro modo) del ejército rojo. Desde una multiplicidad de puntos de vista, este período de alianza entre el capitalismo y el comunismo contra el fascismo —fundamentalmente las décadas de 1930 y 1940— es el momento decisivo en la historia del siglo XX. En muchos sentidos es un proceso paradójico, pues durante la mayor parte del siglo — excepto en el breve período de antifascismo— las relaciones entre el capitalismo y el comunismo se caracterizaron por un antagonismo irreconciliable. La victoria de la Unión Soviética sobre Hitler fue el gran logro del régimen instalado en aquel país por la revolución de octubre, como se desprende de la comparación entre los resultados de la economía de la Rusia zarista en la primera guerra mundial y de la economía soviética en la segunda (Gatrell y Harrison, 1993). Probablemente, de no haberse producido esa victoria, el mundo occidental (excluidos los Estados Unidos) no consistiría en distintas modalidades de régimen parlamentario liberal sino en diversas variantes de régimen autoritario y fascista. Una de las ironías que nos depara este extraño siglo es que el resultado más perdurable de la revolución de octubre, cuyo objetivo era acabar con el capitalismo a escala planetaria, fuera el de haber salvado a su enemigo acérrimo, tanto en la guerra como en la paz, al proporcionarle el incentivo —el temor— para reformarse desde dentro al terminar la segunda guerra mundial y al dar difusión al concepto de planificación económica, suministrando al mismo tiempo algunos de los procedimientos necesarios para su reforma. Ahora bien, una vez que el capitalismo liberal había conseguido sobrevivir —a duras penas— al triple reto de la Depresión, el fascismo y la guerra, parecía tener que hacer frente todavía al avance global de la revolución, cuyas fuerzas podían agruparse en torno a la URSS, que había emergido de la segunda guerra mundial como una superpotencia.
(…) Sin embargo, es importante recordar que la repercusión más importante y duradera de los regímenes inspirados por la revolución de octubre fue la de haber acelerado poderosamente la modernización de países agrarios atrasados. Sus logros principales en este contexto coincidieron con la edad de oro del capitalismo. (…)
Aunque el hundimiento del socialismo soviético —y sus consecuencias, trascendentales y aún incalculables, pero básicamente negativas— fue el acontecimiento más destacado en los decenios de crisis que siguieron a la edad de oro, serían estos unos decenios de crisis universal o mundial. La crisis afectó a las diferentes partes del mundo en formas y grados distintos, pero afectó a todas ellas, con independencia de sus configuraciones políticas, sociales y económicas, porque la edad de oro había creado, por primera vez en la historia, una economía mundial universal cada vez más integrada cuyo funcionamiento trascendía las fronteras estatales y, por tanto, cada vez más también, las fronteras de las ideologías estatales. Por consiguiente, resultaron debilitadas las ideas aceptadas de las instituciones de todos los regímenes y sistemas. Inicialmente, los problemas de los años setenta se vieron sólo como una pausa temporal en el gran salto adelante de la economía mundial y los países de todos los sistemas económicos y políticos trataron de aplicar soluciones temporales. Pero gradualmente se hizo patente que había comenzado un período de dificultades duraderas y los países capitalistas buscaron soluciones radicales, en muchos casos ateniéndose a los principios enunciados por los teólogos seculares del mercado libre sin restricción alguna, que rechazaban las políticas que habían dado tan buenos resultados a la economía mundial durante la edad de oro pero que ahora parecían no servir. En el decenio de 1980 y los primeros años del de 1990, el mundo capitalista comenzó de nuevo a tambalearse abrumado por los mismos problemas del período de entreguerras que la edad de oro parecía haber superado: el desempleo masivo, graves depresiones cíclicas y el enfrentamiento cada vez más encarnizado entre los mendigos sin hogar y las clases acomodadas, entre los ingresos limitados del estado y un gasto público sin límite. Los países socialistas, con unas economías débiles y vulnerables, se vieron abocados a una ruptura tan radical, o más, con el pasado y, ahora lo sabemos, al hundimiento. Ese hundimiento puede marcar el fin del siglo XX corto, de igual forma que la primera guerra mundial señala su comienzo.

El derrumbamiento de una parte del mundo reveló el malestar existente en el resto. Cuando los años ochenta dejaron paso a los noventa se hizo patente que la crisis mundial no era sólo general en la esfera económica, sino también en el ámbito de la política. El colapso de los regímenes comunistas entre Istria y Vladivostok no sólo dejó tras de sí una ingente zona dominada por la incertidumbre política, la inestabilidad, el caos y la guerra civil, sino que destruyó el sistema internacional que había estabilizado las relaciones internacionales durante cuarenta años y reveló, al mismo tiempo, la precariedad de los sistemas políticos nacionales que se sustentaban en esa estabilidad. Las tensiones generadas por los problemas económicos socavaron los sistemas políticos de la democracia liberal, parlamentarios o presidencialistas, que tan bien habían funcionado en los países capitalistas desarrollados desde la segunda guerra mundial. Pero socavaron también los sistemas políticos existentes en el tercer mundo.

Ejercicio: ¿Por qué el autor expresa la idea del siglo XX corto? ¿En qué momentos o hechos se divide el siglo? ¿Por qué? ¿Qué supuestos o principios ideológicos e instituciones son las que se cuestionan, se desquebrajan o se renuevan?

Guerra y Terrorismo en el siglo XXI
1 Guerra, paz y hegemonía a comienzos del siglo XXI
De entrada, la paz mundial parece hoy más factible que en el siglo XX, un siglo marcado por una cifra récord de guerras mundiales y por las muchas formas de morir a gran escala. Aún así, un estudio reciente llevado a cabo en Gran Bretaña y que comparaba las respuestas que los británicos dieron en 2004 a unas preguntas ya formuladas en 1954 apunta que el miedo a una guerra mundial es hoy mayor que en el pasado. Este miedo responde, principalmente, a un hecho cada vez más evidente: vivimos en una época de conflictos armados mundiales endémicos, guerras que suelen transcurrir dentro de las fronteras de los estados aunque se ven magnificadas por la intervención extranjera. Si bien el impacto de estos conflictos en la historia del siglo XX fue pequeño en términos militares, no podemos decir lo mismo si nos fijamos en la población, la principal víctima de estos enfrentamientos, que ha pagado, y paga todavía hoy, un elevado precio. Desde la caída del muro de Berlín, nos hallamos de nuevo sumidos en una era de genocidios y de traslados de población masivos y forzosos, tanto en algunas regiones de África como en el sureste europeo o en Asia. Se estima que, a finales de 2003, la cifra de refugiados dentro y fuera de su propio país alcanzó los 38 millones de personas, unos números comparables a la extraordinaria cantidad de "personas desplazadas" después de la segunda guerra mundial. Un dato bastará para ilustrar estas afirmaciones: en 2000, el número de muertos en combate en Birmania se situaba entre las doscientas y las quinientas personas; la cifra de "desplazados internos", fundamentalmente por obra del ejército de Myanmar, rondaba el millón. Y la guerra de Irak no hace sino confirmar este aspecto. Lo que, según los estándares del siglo XX, podríamos calificar como guerras pequeñas provocan unas catástrofes sin parangón.
La guerra típica del siglo XX, la guerra entre estados, ha perdido peso rápidamente. En la actualidad no hay conflictos entre estados, aunque no podemos descartar que vaya a haberlos en distintas regiones de África y Asia, o en aquellas zonas donde la inestabilidad o la cohesión de los estados existentes se vean amenazadas. Por otro lado, aunque no estamos ante una amenaza inmediata, no ha desaparecido el riesgo de una gran guerra global, fruto probablemente de la reticencia de Estados Unidos a aceptar la aparición de China como su rival. En ocasiones, incluso, las posibilidades de evitar su estallido parecen muy superiores a las que había en 1929 para evitar la segunda guerra mundial, si bien conviene no olvidar que la posibilidad de esta guerra seguirá presente en las décadas venideras.
Sin embargo, y aun sin las guerras tradicionales entre estados, grandes o pequeñas, pocos son los observadores realistas que auguran que éste será un siglo en el que el mundo vivirá ajeno a la presencia constante de armas y a los brotes de violencia. Con todo, es nuestro deber combatir la retórica del miedo irracional de la que se sirven gobiernos como el del presidente Bush o el del primer ministro Blair para justificar unas políticas que nos acercan al imperio global. Salvo como metáfora, no existe una "guerra contra el terror o el terrorismo", sino contra un agente político determinado que recurre a una táctica, no a un programa. El terror como táctica es indiscriminado y moralmente inaceptable, tanto si se amparan en él grupos clandestinos como si lo hacen los estados. La Cruz Roja Internacional reconoce el aumento de la barbarie en su condena a los dos bandos en conflicto en Iraq. También ha crecido el miedo a que pequeños grupos terroristas opten por la guerra biológica, al tiempo que no parecen preocuparnos tanto los riesgos, mayores e impredecibles, que indudablemente se plantearán cuando la manipulación de los procesos vitales, incluida la vida humana, se nos vaya de las manos. Aun así, el peligro real que para la estabilidad mundial o para cualquier estado consolidado suponen las actividades de las redes terroristas panislámicas a las que Estados Unidos declaró la guerra global, así como las de la suma de todos los grupos terroristas que operan en cualquier punto del planeta, es residual. Aunque han logrado asesinar a muchas más personas que sus antecesores -y menos que los estados-, el riesgo es mínimo desde un punto de vista estadístico y su importancia, escasa en términos de agresión militar. A menos que estos grupos puedan hacerse con armas nucleares, una posibilidad que, no por no ser inmediata, podemos descartar, el terrorismo no provocará la histeria, sino la reflexión.
Con todo, el caos mundial es una realidad, como también lo es la perspectiva de otro siglo de conflictos armados y de calamidades humanas. ¿Es posible volver a una suerte de control global, como sucedió, a excepción de un período de treinta años, durante los 175 años que transcurrieron desde la batalla de Waterloo hasta la caída de la URSS? La cuestión es hoy mucho más complicada, por dos motivos. En primer lugar, las desigualdades a que ha dado lugar la globalización descontrolada del libre mercado, y que han aumentado a un ritmo exponencial, son el caldo de cultivo natural de todo tipo de inestabilidades y agravios. Como se ha observado recientemente, "ni siquiera los estamentos militares más avanzados podrían enfrentarse a una crisis total del sistema jurídico", y la crisis de los estados a la que aludí anteriormente ha hecho de esta una posibilidad más factible que en el pasado. En segundo lugar, ya no existe un sistema de superpotencias internacionales plurales como el que estuvo vigente y que evitó que, salvo en el catastrófico período comprendido entre 1914 y 1945, estallara una guerra total. Este sistema descansaba en un postulado que se remontaba a los tratados que habían logrado acabar con la guerra de los Treinta Años en el siglo XVII: existían en el mundo unos estados cuyas relaciones se regían por diversas reglas, y entre ellas la de no interferir en los asuntos internos del otro, y por una distinción diáfana entre guerra y paz. Sin embargo, nada de todo esto es válido en la actualidad. Otro de los pilares del sistema era la realidad de un mundo donde convivían diferentes potencias, algo que ya existía en la reducida "primera división" de estados, apenas un puñado de "grandes potencias" que, a partir de 1945, se reduciría aún más, hasta quedar sólo dos superpotencias. Ninguna de las dos supo imponerse de un modo abrumador.
2 Las transformaciones del terror¿Ha cambiado la naturaleza del terror político en las postrimerías del siglo xx? Permítanme comenzar con el inesperado brote de violencia surgido en una isla hasta ahora pacífica, Sri Lanka, en la que una mayoría de cingaleses budistas (cuya religión e ideología es todo lo contrario que se puede ser a la violencia) convive con una minoría de tamiles emigrados desde el sur de la India hace siglos o venidos como mano de obra para las plantaciones a finales del siglo XIX. Su hinduismo tampoco es partidario de la violencia. El movimiento antiimperialista en Sri Lanka no se caracterizó ni por un eleva-do militantismo ni por una eficacia extraordinaria, y el país obtuvo su libertad calladamente, en realidad como subproducto de la independencia india. De hecho, en el Sri Lanka colonial se había desarrollado un partido comunista más bien pequeño, y, cosa bastante curiosa, un partido trotskista de dimensiones muy superiores, ambos encabezados por miembros cultos y agradables de la elite occidentalizada, y las dos formaciones, como buenos partidos marxistas, se opusieron al terrorismo. No hubo intento de insurrección alguno. Tras la independencia, el país siguió un plácido derrotero de socialismo moderado, cosa que resultó excelente para el bienestar y la esperanza de vida de la población. En resumen, medido con criterios asiáticos, el Sri Lanka anterior a la década de 1970 era una rara isla de civismo, como Costa Rica y (antes de esa misma década) Uruguay en América Latina. Hoy se enfrenta a un baño de sangre.
Los tamiles, una minoría del 25 por 100 cuya representación en las profesiones cultas es superior a su peso demográfico, han desarrollado un comprensible resentimiento hacia el régimen cingalés que en la década de 1950 decidió sustituir el inglés por el singalés como lengua administrativa nacional. En la década de 1970, un movimiento separatista tamil, no sin el apoyo de un estado indio meridional, creó varias organizaciones armadas, precursoras de los actuales Tigres Tamiles de Liberación de la Patria Tamil,* que han venido libran-do lo que de hecho es una guerra civil desde mediados de la década de 1980. A sus miembros se los conoce sobre todo por contarse entre los grandes instauradores y probablemente entre los mayores activistas del terrorismo suicida, aunque, dicho sea de paso, dada su ideología laica, carece de las habituales motivaciones religiosas. Los tamiles no son lo suficientemente fuertes como para lograr la secesión, y el ejército esrilanqués* es demasiado débil para derrotarlos en el plano militar. La intransigencia de ambas partes ha mantenido la guerra a pesar de las distintas mediaciones por las que terceras partes (India, Noruega) han tratado de lograr un arreglo.
Entretanto, dos son las cosas que le han ocurrido a la mayoría de la sociedad cingalesa. Las tensiones étnico-lingüísticas generaron una fuerte reacción que adoptó la forma de una ideología nacionalista basada en el budismo y en la superioridad racial, dado que la lengua singalesa es indoeuropea (esto es, "aria"). Resulta bastante curioso que este racismo se halle presente en la tradición de la India hindú, y de hecho, tanto en Sri Lanka como en Pakistán, aún pueden encontrarse rastros del antiguo sistema de castas hindú bajo la superficie, oficialmente igualitaria. Al mismo tiempo, el JVP,** un organismo izquierdista asentado principalmente en la actividad de jóvenes cingaleses cultos que no conseguían encontrar un trabajo adecuado, así como en ideas castristas con un toque de maoísmo y una gran dosis de resentimiento hacia la vieja elite sociopolítica, organizó una importante insurrección a principios de la década de 1970.
Fue sofocada con cierta dureza y un gran número de muchachos fueron enviados durante un tiempo a la cárcel. De los vestigios de esta rebelión juvenil al estilo del mayo del 68 surgió una organización terrorista militante que, acantonada principalmente en la campiña esrilanquesa, convirtió su maoísmo original en un vehemente chovinismo racista de raíz budista. En la década de 1980 organizó una campaña de asesinatos sistemáticos contra sus adversarios políticos, lo que hizo de la política una actividad de alto riesgo. (La recientemente retirada presidenta de Sri Lanka vio cómo su padre, ex primer ministro, y su marido, caían asesinados ante sus propios ojos, y perdió un ojo en otros atentados similares encaminados a asesinarla a ella.) También se utilizó sistemáticamente el terror para lograr el control de las ciudades y de los pueblos del campo. Como en el caso del movimiento maoísta Sendero Luminoso en el Perú de la década de 1980, es imposible saber hasta qué punto la dominación del JVP encontró su sostén inicial en el apoyo de las masas, en qué grado se vio ese respaldo alienado por el terror, en qué medida fue a su vez contrarrestado por el resentimiento producido por la represión del gobierno y hasta qué punto genera escepticismo acerca de los revolucionarios. Dos cosas están claras. Que el JVP contó con un apoyo generalizado en aquellos sectores de la población trabajadora del campo cingalés de cuyos miembros cultos se nutría su cúpula dirigente, y que el JVP realizó un gran número de matanzas, la mayoría de ellas perpetradas por un grupo de militantes que en América Latina habrían recibido el nombre de sicarios o asesinos a sueldo. La tentativa de asalto al poder del JVP fue reprimida del mismo modo, esto es, mediante el equivalente de las "guerras sucias" latinoamericanas orientadas a la eliminación de los líderes y de los militantes rebeldes. A mediados de la década de 1990 se estimaba que habían muerto unas sesenta mil personas, víctimas de estos conflictos. Desde sus orígenes, a finales de la década de 1960, el JVP ha intervenido de manera intermitente en la política oficial de Sri Lanka.
Parece evidente que Sri Lanka es simplemente un ejemplo del crecimiento y la mutación sorprendentes que ha experimentado la violencia política en el mundo de finales del siglo xx. La pregunta "¿por qué?" es excesivamente amplia para este ensayo, tanto más cuanto que resulta difícil desligarla del incremento general del nivel de violencia o acción directa que las comunidades occidentales han llegado a aceptar socialmente, tanto en el plano mediático como en el de la realidad. Esto se ha producido tras un largo período en el que se ha asistido, en la mayoría de esas sociedades, al arraigo de la expectativa de que la civilización debería traer consigo el declive permanente de la violencia.
Sería tentador decir que la violencia social en general y la violencia política no tienen nada que ver la una con la otra, dado que una parte de la violencia política de la peor clase puede producirse en países dotados de una tradición política y social notablemente no violenta, como Sri Lanka o Uruguay. No obstante, no es posible mantenerlas separadas en los países de tradición liberal, aunque sólo sea porque dichos países son precisamente aquellos en los que la violencia política no oficial ha adquirido mayor relieve en el último tercio del siglo XX, y donde, en consecuencia, lo mismo ha sucedido con la violencia estatal de signo contrario, de intensidad habitualmente superior. Mientras conservan su capacidad operativa, los países dictatoriales o autoritarios dejan poco margen de maniobra a esta violencia política extraoficial, del mismo modo que apenas dejan espacio alguno a la política extraoficial no violenta.
El aumento de la violencia en general forma parte del proceso de reversión a la barbarie que ha venido fortaleciéndose en el mundo desde la primera guerra mundial, y que he examinado en otro lugar. Su progreso resulta particularmente sorprendente en los países provistos de estados sólidos y estables, así como de instituciones políticas (en teoría) liberales, en los que el discurso público y las instituciones políticas no distinguen más que entre dos absolutos que se excluyen mutuamente: la "violencia" y la "no violencia". Esta ha sido una forma más de sentar la legitimidad del monopolio nacional que el estado tiene de la fuerza coercitiva, lo que ha venido íntimamente unido al desarme total de la población civil registrado en los estados desarrollados del siglo XIX, excepto en Estados Unidos, que por consiguiente han tolerado siempre un mayor grado de violencia en la práctica, aunque no en teoría. Desde finales de la década de 1960, los estados han perdido una parte de ese monopolio del poder y los re-cursos, y una porción aún mayor de la percepción de legitimidad que inducía a los ciudadanos a acatar la ley. Por sí solo, esto explica buena parte del aumento de la violencia.
La retórica liberal ha sido siempre incapaz de reconocer que ninguna sociedad funciona sin cierta violencia en la política -aunque sólo sea en la forma casi simbólica de los piquetes de huelguistas o las manifestaciones de masas-, y que la violencia tiene grados y reglas, como es de dominio público en las sociedades en las que forma parte de la urdimbre de las relaciones sociales y como constantemente trata de recordar la Cruz Roja Internacional a los embrutecidos beligerantes del siglo XXI. Sin embargo, cuando las sociedades o los grupos sociales no acostumbrados a un alto grado de violencia social se ven en la tesitura de practicarla, o cuando en las sociedades tradicionalmente violentas se descomponen las reglas normales, los límites establecidos sobre el uso o el grado de la violencia pueden saltar. Por ejemplo, tengo la impresión de que las tradicionales rebeliones campesinas, teniendo en cuenta la brutalidad general de la vida y la conducta rurales, no eran habitualmente demasiado sanguinarias -por lo común menos que su represión-. Cuando dichos levantamientos caían en la masacre o en la atrocidad, la violencia solía ir dirigida contra personas o categorías de personas concretas y contra propiedades -por ejemplo las casas de la pequeña aristocracia-, mientras que, a la inversa, otras gentes quedaban específicamente al mar-gen debido a que gozaban de buena reputación. Los actos violentos no eran arbitrarios, sino prescritos, casi podríamos decir, por el ritual de la ocasión. No fue la Revolución de 1917, sino la guerra civil rusa la que extendió las carnicerías a gran escala a la campiña rusa. Ahora bien, cuando desaparecen los frenos de la conducta consuetudinaria, los resulta-dos pueden ser aterradores. Una de las razones de que los narcotraficantes colombianos hayan tenido tanto éxito en Estados Unidos estriba, a mi entender, en que, en la pugna con sus rivales, han dejado de aceptar la acostumbrada convención machista de que no se debe matar a las mujeres y a los hijos de los adversarios.
Eric Hobsbawm es el decano de la historiografía marxista británica. Su último libro es un volumen de memorias autobiográficas: Años interesantes, Barcelona, Critica, 2003. El texto publicado son extractos de los capítulos 2 y 8 del libro de Hobsbawm Guerra y paz en el siglo XXI, que acaba de aparecer en castellano en la Editorial Crítica de Barcelona.

Fuente:
Editorial Crítica, marzo 2007

Ejercicio: 1- Luego de la lectura realiza un glosario de términos que no conozcan y busca su significado.
2- Explica cuáles son las nuevas formas de guerra y violencia que plantea Hobsbawm.
3- ¿Qué otros femomenos son recurrentes en este siglo,como se asocian a la globalización?

domingo, 8 de marzo de 2020

Temas de introducción a la Historia del SXX y XXI

Siglo XX y comienzo del XXI
El mundo policéntrico y sus problemáticas.



El sistema internacional del siglo XXI se caracteriza por ser un mundo descentralizado donde múltiples potencias compiten entre sí. Atrás quedaran los modelos bipolares del siglo XVII y XVIII y durante la Guerra Fría en el XX. Este reequilibrio es, en el plano histórico, una verdadera revolución, que cierra el largo ciclo de dos siglos de dominio occidental.
El renacimiento de Asia y el rápido desarrollo de otras regiones mundiales durante las últimas décadas constituyen unas de las más importantes mutaciones de las relaciones internacionales desde la Revolución Industrial. A pesar que existen situaciones diversas y distancias importantes (reflejo de condiciones iniciales y de trayectorias diferentes), la extensión, la intensidad, y la persistencia de estas transformaciones no dejan ninguna duda a cerca de su carácter estructural.
El sistema internacional del Siglo XXI será descentrado y estará dotado de una multiplicidad de polos de decisión. Este reequilibrio supone una revolución que cierra el largo siglo de dos siglos de la preponderancia occidental (EE.UU y Europa). Marca el retorno, bajo nuevas condiciones, a la configuración mundial policentrica que precedió a la "gran divergencia" entre Europa y el mundo extra europeo.
A partir del Siglo XIX, cuando se contribuyeron las jerarquías que dividieron el mundo de modo perdurable en centros dominantes y "periferias" coloniales dependientes. La expansión internacional de occidente genero un mundo dual. Las "periferias" nuevas, integradas en las áreas formales o informales de los centros imperiales, se convirtieron en centros subalternos de un sistema de producción e intercambio globalizado.
El policentrismo implica no solamente una distribución internacional más equitativa de las riquezas, sino también un cambio radical de las relaciones políticas.

Un mundo desigual, polarizado entre Norte-sur.
Nos hallamos inmersos en una sociedad llena de contrastes. El primero de ellos es el existente entre los países más ricos (desarrollados) y los más pobres (en desarrollo). Mientras en los primeros se vive derrochando una buena parte de los recursos, muchos de los segundos se hallan en la más completa miseria.
Hay, además, otros muchos rasgos que caracterizan la forma de vida actual. A pesar de todos los avances científicos y tecnológicos siguen persistiendo las desigualdades sociales, la violencia, las guerras, la destrucción del medio ambiente, etcétera. Vivimos en una sociedad violenta. Se considera, entre otras causas, que el cine, la televisión y otros medios de comunicación participan en esta propaganda de la hostilidad hacia los demás. Se citan también otras razones como los problemas socio ambientales propios de las sociedades modernas: la masificación, la contaminación acústica y atmosférica, la frustración de una buena parte de la juventud… La agresividad se ha convertido en un elemento que se valora especialmente en los juegos de ocio (videojuegos). Han aumentado la violencia doméstica, el maltrato infantil y, por supuesto, los conflictos bélicos.
¿Es posible acabar con esta situación? Con este propósito, han surgido movimientos sociales que intentan solucionar estos problemas y conseguir un cambio en la sociedad: movimiento sindical, feminista, ecologista, pacifista, antiglobalización, etcétera.

¿Qué conclusiones podemos extraer de esta lectura?

Economía mundializada.
Con el término mundialización nos referimos al cambio que se ha producido a finales del siglo XX, en concreto a partir de la década de los ochenta, en las relaciones económicas que se establecen entre las distintas naciones, que, hasta ahora, actuaban de manera independiente. Por supuesto, en este sistema de relaciones, los países en desarrollo son absolutamente dependientes de los más ricos y poderosos.
Junto a este, aparece también la denominada globalización. ¿Cuáles son las causas que propician el surgimiento de la globalización? ¿Quiénes se benefician de ella? ¿Quiénes son los más perjudicados?
Veamos los cambios que trae consigo esta nueva forma de entender la economía:
- El valor de las mercancías ya no depende de un país en concreto, sino que se establece a nivel mundial.
- La mayor o menor competitividad de una empresa ya no se basa solo en la producción que consigue dentro de una nación, sino que está en estrecha relación con el resto de las empresas del mundo. De esta forma, las que carecen de menor capital o que por diferentes razones son incapaces de resistir tan fuerte competencia acaban desapareciendo.
Se eliminan las fronteras comerciales. Las empresas establecen su sede central en un determinado país pero se expanden hacia otros en los que consiguen mano de obra y materia prima barata o en los que les es más fácil distribuir sus mercancías.
Esto trae consigo un cambio en la economía de algunos países (antes en desarrollo), que dejan de dedicarse exclusivamente a la exportación de materia prima para exportar también productos manufacturados. En este sentido, destacan países asiáticos como Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong, China y Singapur, cuyas producciones se destinan básicamente a Estados Unidos, Japón y la UE (Unión Europea). Suelen dedicarse a la informática, industria del automóvil, electrodomésticos... Con este cambio de actividad han pasado a convertirse en naciones desarrolladas.
- Se produce un menor control de las grandes empresas, que aprovechan para realizar una explotación indiscriminada de los recursos (sin preocuparse, en muchas ocasiones, por las consecuencias medioambientales) y de las personas (se emplea a niños como mano de obra).
Seguramente conoces la marca Nike (calzado y ropa de deporte). Es una multinacional estadounidense que posee un total de setecientas fábricas distribuidas por todo el mundo, principalmente Asia y América latina. ¿Por qué están instaladas allí?
- La mano de obra es mucho más barata.
- La materia prima es también más barata.
Nike ha recibido fuertes críticas por su utilización de mano de obra infantil en varias de sus fábricas de los países orientales. Observa el diferente punto de vista, según los defensores o los detractores de la globalización:
a) Defensores: los niños que trabajan para esta empresa lo hacen en mejores condiciones y con mejor salario que si lo estuvieran haciendo en otras fábricas locales, donde estarían mucho más explotados; con lo cual, su trabajo es positivo.
b) Detractores: Nike se beneficia de la explotación infantil. Los niños, en lugar de ir a la escuela, están trabajando para que las grandes multinacionales aumenten a ritmo vertiginoso sus grandes beneficios ya que reciben un salario menor.
Puedes consultar este enlace para ampliar tu información: http://www.enbuenasmanos.com/articulos/muestra.asp?art=584
La globalización ha supuesto un acercamiento entre todas las zonas geográficas del planeta. La forma de vida de un país rico, así como su cultura, sus costumbres y valores empiezan a conocerse en todo el mundo, principalmente a través de los medios de comunicación. Esto ha provocado, además de las consecuencias económicas que hemos analizado anteriormente, otras repercusiones, tanto positivas como negativas.
Internet constituye un extraordinario avance tecnológico que, a través de la globalización, se ha extendido por todo el mundo. Su uso, como el del resto de las cuestiones que hemos analizado, es el que determina que se convierta en una herramienta apropiada o inapropiada. Tú mismo puedes juzgarlo simplemente a través de estos dos empleos de la red:
a) Para difundir imágenes de contenido sexual que atenten contra la dignidad de las personas expuestas.
b) Para exponer la información y opinión necesarias para evitar una decisión que atente contra los derechos humanos. En este texto tienes uno de los casos en los que, la opinión y la presión pública internacional fueron básicas para evitar una condena como esta:
En Nigeria, una mujer, Safiya Huseini, fue sentenciada a morir lapidada acusada de haber tenido un hijo fuera del matrimonio. Ella aseguró que el niño había sido el fruto de una violación, aportó el testimonio de varias personas, entre ellas algún policía, pero no sirvió de nada porque la ley del país establece la necesidad de presentar, como mínimo, cuatro testigos. Según esta pena, Safiya debía ser enterrada viva en un hoyo y cubierta con piedras.

Problemas reales de los países hoy.

Las ciudades de los países desarrollados
Destaca en ellas el buen funcionamiento del sector servicios. Concentran las actividades financieras, económicas, culturales, sanitarias, sociales, de turismo y restauración, etcétera, por lo que son polos de atracción que absorben a la población del mundo rural.
Sus habitantes, huyendo de la contaminación medioambiental, buscan su vivienda en la periferia, donde se han creado espacios urbanísticos habitados por gente de cierto nivel económico y cultural.
Sin embargo, al mismo tiempo se produce un movimiento en apariencia contradictorio: las personas con un nivel adquisitivo más alto vuelven al centro de la ciudad, donde tienen a su alcance la mayor parte de los servicios.
El edificio más característico de estas grandes ciudades es el rascacielos. No obstante, no por pertenecer a países desarrollados, toda su población vive con los mismos medios económicos. Frente a aquellos que disfrutan de una situación privilegiada, hay personas que viven en condiciones tan deplorables como las que vamos a describir al hablar de las ciudades de los países en desarrollo.
Un ejemplo: en Nueva York, a pesar de ser la ciudad más rica de los Estados Unidos, hay un porcentaje de pobreza del 34%.
No podemos hablar, en definitiva, de ciudades totalmente ricas o pobres. En cada una de ellas podemos encontrar desde la mayor riqueza a la miseria más extrema.

Las ciudades de los países menos desarrollados
Se caracterizan por la casi inexistencia en ellas del sector servicios, a pesar de que éste es indispensable, como ya sabes, para el correcto funcionamiento de una ciudad. No hay un número proporcionado de escuelas, centros sanitarios, centros culturales, transportes, etcétera.
Además, hay otros rasgos que nos permiten definir estas urbes. Son los siguientes:
- Una buena parte de la población vive en chabolas; es decir, en construcciones marginales situadas en las zonas suburbanas. Incluso hay personas que carecen de vivienda; sus hogares son las calles, en las que subsisten gracias a la beneficencia.
Recuerda, por ejemplo, las favelas (barrios marginales) de Río de Janeiro, que se extienden alrededor de la ciudad. En ellas vive más de un tercio de la población y constituyen un foco de concentración de pobreza y delincuencia.
- No están preparadas para afrontar las catástrofes naturales (terremotos, epidemias, inundaciones…) debido a la falta de infraestructuras y de previsión.
- Inseguridad: la miseria, el paro, el hambre traen consigo un aumento de la violencia en las calles.
- Superpoblación: en muchas ocasiones la población se concentra en una sola ciudad, que generalmente coincide con la capital del país. Además, a este problema se añade el incremento de la inmigración que se está produciendo en los últimos años.

La sociedad de la información y mass media
Una de las características fundamentales de nuestra sociedad es el espectacular desarrollo de las comunicaciones y la información. La tecnología ha posibilitado el perfeccionamiento de los canales de transmisión de ésta, desde el teléfono, la radio, la televisión hasta el más significativo canal de la actualidad, Internet, que experimentó un impulso extraordinario a partir de la década de los noventa. El propósito es conseguir que un mensaje llegue en el menor tiempo posible a un receptor cada vez más exigente.
Con el paso del tiempo, hemos ido desarrollando una nueva forma de vida que se conoce como “cultura de la pantalla”. Esto quiere decir que cada vez pasamos más tiempo delante del televisor y realizamos más actividades a través del ordenador, olvidando incluso las relaciones personales. Frente al espacio físico en el que nos hemos venido moviendo, surge ahora el ciberespacio o espacio virtual, en el que aumentan nuestras posibilidades de acceso a la información y que supone una nueva forma de comunicación con los demás.
Vivir en una sociedad de la información implica que debemos adaptarnos a ella y esto conlleva una serie de consecuencias:
- Conocimiento y uso de los instrumentos tecnológicos actuales; por ejemplo, el ordenador se  ha convertido en un utensilio imprescindible para un buen número de trabajos, para el estudio, así como un medio de ocio (Internet, videojuegos, música…).
- Necesidad de seleccionar la información que nos proporcionan los avances técnicos. Es cierto que la información es cada vez más accesible para todos nosotros; sin embargo, en muchos casos podemos optar por la menos fiable, porque nos resulta muy difícil saber cuál es la más indicada.
- Aprendizaje: es imprescindible estar al día para ir conociendo todos los avances y utilizarlos a nuestro favor. Una persona que no conozca las nuevas tecnologías se podría calificar como analfabeto tecnológico y puede convertirse en marginado cultural de la nueva era: dificultades para acceder a un puesto de trabajo digno, indefensión ante la manipulación informativa, etcétera. Si hasta hace pocos años la tarea básica de la escuela ha sido la alfabetización de los alumnos (lectura y escritura), a partir de ahora debe perseguir también que se consigan las habilidades necesarias para manejar las nuevas tecnologías.
- Nuevos entornos laborales: muchas personas pueden realizar su trabajo desde casa (teletrabajo), solo necesitan un ordenador y una conexión a Internet.
- Acceso a la información desde cualquier lugar del mundo en el que dispongamos de un ordenador, teléfono móvil o televisión. Es lo que se denominan “autopistas de la información”, o lo que es lo mismo, una red en la que esta se transmite a través de cables o de satélites.
- Disminución del tiempo de recepción de la información. Esto se ha conseguido mediante el triunfo de la telemática; es decir, la unión que se produce entre los avances informáticos y las telecomunicaciones. Cualquier acontecimiento que suceda en un país es difundido rápidamente. De esta forma, el mundo se ha convertido en una aldea global (mundo sin distancias en el que cualquier noticia se conoce en todas las partes). No obstante, esto repercute, como es lógico, solo en los países desarrollados.

Un mundo en guerra. Conflictos en el mundo actual
La imagen de la derecha se corresponde con un ejemplo de mina antipersona. Esta es una de las más graves secuelas de los conflictos bélicos en las últimas décadas del siglo XX. Los siguientes datos pueden hacerte comprender por qué:
- En Bosnia, según informe de sus autoridades, el 50% de las minas está aún por localizar. Puedes imaginar lo que esto significa. A día de hoy todavía sigue habiendo víctimas (muertos y heridos) de las mismas; principalmente, personas que trabajan en el campo.
- El precio aproximado de la instalación de una mina viene a ser 1,80 €. Su desactivación asciende a casi 800 €.
- El 90% de las víctimas son civiles.
- En Camboya, uno de cada 470 habitantes está afectado por las minas antipersona.
- El hecho de que se activen con un peso muy ligero motiva que una buena parte de sus víctimas sean niños.
El mundo del siglo XXI, caracterizado, como hemos ido viendo a lo largo de esta unidad, por los grandes avances científicos y tecnológicos, está presidido también por los conflictos bélicos, especialmente en las naciones más desfavorecidas.
La comunidad internacional, sin embargo, parece fijarse solo en algunas de estas guerras, olvidándose de las demás. La razón es que también de estas luchas logran obtener beneficios, principalmente mediante el comercio de armas.
Sólo durante el último tercio del siglo XX y los escasos años transcurridos del XXI, se han producido más de treinta guerras. Pero, además, ha habido numerosos conflictos armados, sublevaciones, masacres, actos terroristas… que han traído consigo cientos de miles de muertos, a pesar de no recibir el calificativo de “guerras”.
Algunas de las más importantes son las siguientes: África Es lamentable comprobar cómo una buena parte del ejército está compuesto por niños (algunos en torno a los 7 años de edad). No debemos olvidar el caso de Sierra Leona, donde algunos niños eran obligados a matar a sus propias familias; así, los mandatarios se aseguran de que no desertarán porque no tendrán dónde ir. En la República Democrática del Congo se está produciendo, desde hace más de una década, una violación absoluta de los derechos humanos sin que los gobiernos de los países desarrollados hagan nada para evitarlo.
Podemos citar otras guerras motivadas, en principio, por problemas étnicos, pero detrás de las que se esconden también grandes intereses económicos: las masacres de Ruanda, los conflictos de Zaire,
Uganda, la República Centroafricana, con abundantes yacimientos de oro, diamantes y uranio, pero en manos de gobernantes corruptos que han provocado una extraordinaria deuda externa. Debido a ello, la población civil se ve envuelta en continuas revueltas e intentos golpistas que están destrozando el país, países del cuerno de África: Somalia, Eritrea, Etiopía; Angola…
Asia Baste citar algunas: guerra civil en Nepal, invasión china de Tíbet, la lucha por la independencia de
Timor oriental, numerosos conflictos en Filipinas, Indonesia…
Próximo Oriente La creación del Estado de Israel en territorio palestino trajo consigo un duro enfrentamiento entre los pueblos árabe y judío en el que se vieron involucrados países como Israel, Líbano, Egipto, Siria, Jordania y el pueblo palestino.
Oriente Medio En esta zona tuvo lugar la denominada guerra del Golfo, desencadenada por la invasión de Kuwait por parte de Irak y la respuesta norteamericana; también la Guerra entre Irán e Irak; sin olvidar la Guerra de Irak en la que una serie de países, liderados por Estados Unidos, invadieron este país y derrocaron a su presidente, Sadam Hussein. El resultado ha sido su conversión en un pueblo caracterizado por una fuerte crisis política, social y económica.
Afganistán ha sufrido la invasión rusa y, después del atentado de la Torres Gemelas, la de EEUU, que expulsó a los talibanes del poder.
Guerra en los Balcanes Desarrollada en la antigua Yugoslavia, motivada por conflictos étnicos y religiosos entre varios de sus pueblos, además de por intereses económicos y políticos. Fue una de las más cruentas de finales del siglo XX; terminó con la independencia de algunas regiones que se convirtieron en países: Eslovenia, Croacia, Bosnia Herzegovina, y otros aún latentes como Kosovo y Macedonia con Serbia.
En algunos de estos conflictos intervinieron EEUU y la OTAN, con el fin de imponer la paz.
América La guerra de El Salvador, la invasión americana de Panamá y de la isla de Granada, conflictos en Guatemala y Nicaragua, guerra de las Malvinas…

Documentos de Unión Europea. Fondo social europeo.

"Efectos de la globalización en los países en desarrollo"

El siguiente es el texto completo de la conferencia ofrecida por Ignacio Ramonet sucesivamente en el auditorio de la Unión Industrial Argentina (UIA) y en el de la Asociación Cristiana de Jóvenes los días 10 y 11 de julio pasado, en el marco de los debates "Alternativas para Argentina", de los cuales damos cuenta en página 12.

Dos fenómenos centrales caracterizan hoy a nuestro planeta: por una parte, todos los Estados participan de la dinámica globalizadora. Al mismo tiempo, el mundo asiste a la revolución de la información. Se trata de un proceso importante, comparable al del pasaje de la economía agraria al de la economía industrial.
Vivimos una segunda revolución capitalista, cuyo nombre es: globalización. ¿Y qué es en definitiva la globalización? Se trata de la interdependencia y de la imbricación cada vez más estrecha de las economías de numerosos países, sobre todo el sector financiero, ya que la libertad de circulación de flujos financieros es total y hace que este sector domine, muy ampliamente, a la esfera económica.
La globalización llega a todos los rincones del planeta, ignorando o pasando por alto tanto los derechos y reglas de individuos y empresas como la independencia de los pueblos o la diversidad de regímenes políticos.
La globalización es la característica principal del ciclo histórico inaugurado por la caída del muro de Berlín, en noviembre de 1989, y la desaparición de la Unión Soviética, en diciembre de 1991. Su empuje y su potencia son tales, que nos obligan a redefinir conceptos fundamentales sobre los que reposaba el edificio político y democrático levantado a finales del siglo dieciocho: conceptos como Estado-nación, soberanía, independencia, fronteras, democracia, Estado benefactor y ciudadanía.
La globalización no apunta a conquistar los países, sino los mercados. Su preocupación no es el control físico de los cuerpos ni la conquista de territorios, como fue el caso durante las invasiones o los períodos coloniales, sino el control y la posesión de las riquezas.
La consecuencia de la globalización es la destrucción de lo colectivo, la apropiación de las esferas pública y social por el mercado y el interés privado. Actúa como una mecánica de selección permanente, en un contexto de competencia generalizada. Existe competencia entre el capital y el trabajo, pero como los capitales circulan libremente y los seres humanos son mucho menos móviles, el capital siempre gana.
Los fondos privados de los mercados financieros tienen ahora en sus manos el destino de muchas empresas nacionales y la soberanía de numerosas naciones. También, en cierta medida, la suerte o el destino económico del mundo. Los mercados financieros pueden dictar sus leyes a las empresas y a los Estados. En este nuevo paisaje político-económico, el financista se impone al empresario, lo global a lo nacional y los mercados al Estado.
En una economía globalizada ni el capital, ni el trabajo, ni las materias primas constituyen en sí mismos el factor económico determinante, sino que lo importante resulta la relación óptima entre esos tres factores. Para establecer esa relación las grandes firmas globales no tienen en cuenta ni las fronteras ni las reglamentaciones, sino solamente el tipo de explotación inteligente que pueden realizar de la información, de la organización del trabajo y de la revolución en los métodos de gestión.
Esto comporta con frecuencia la ruptura de la cadena de solidaridades en el interior de un país. Se llega así al divorcio entre el interés de las grandes multinacionales y el de las pequeñas y medianas (incluso grandes) empresas nacionales; entre el interés de los accionistas de las grandes empresas y el de la colectividad nacional, entre la lógica financiera y la lógica democrática.
Las grandes multinacionales no se sienten concernidas, ni mucho menos responsables, por esta situación, ya que subcontratan y venden en el mundo entero y reivindican un carácter supranacional que les permite actuar con enorme libertad ya que no existen, por decirlo así, instituciones internacionales capaces de reglamentar con eficacia su comportamiento.
La globalización constituye una inmensa ruptura económica, política y cultural; somete a las empresas y a los ciudadanos a un diktat único: "adaptarse", abdicar de su voluntad para obedecer al mandato anónimo de los mercados financieros. La globalización, tal como se desarrolla actualmente, es el economicismo llevado al extremo.
Esta mundialización condena por adelantado, en nombre del "realismo", cualquier veleidad de resistencia e, incluso, de disidencia. Los pujos proteccionistas, la búsqueda de alternativas, las tentativas de regulación democrática y las críticas a los mercados financieros son consideradas "arcaicas" e incluso oprobiosas.
La mundialización erige a la competencia en única, exclusiva, fuerza motriz. Helmut Maucher, un ex presidente de Nestlé, declaró en el Foro de Davos: "Tanto para un individuo, como para una empresa o un país, lo importante para sobrevivir en este mundo es ser más competitivo que el vecino".
Y pobre del gobierno que no siga esta línea. "Los mercados lo sancionarían de inmediato -advirtió Hans Tietmeyer, ex presidente del Bundesbank alemán- ya que los políticos están ahora bajo control de los mercados financieros". Marc Blondel, secretario del sindicato francés Force Ouvrière, pudo verificar esto en Davos, en 1996: "En el mejor de los casos, los poderes públicos sólo son subcontratistas de las grandes multinacionales. El mercado gobierna ; el gobierno administra", declaró. Boutros Boutros-Ghali, ex secretario general de Naciones Unidas, señaló por su parte : "La realidad del poder mundial escapa ampliamente a los Estados. Esto es así porque la gloabalización implica la emergencia de nuevos poderes, que trascienden las estructuras estatales"
¿Y quiénes son, en este siglo que comienza, esos "nuevos poderes", esos nuevos amos del mundo? Por cierto no constituyen, como algunos imaginan, una especie de estado mayor conspirando en las sombras para controlar al mundo. Se trata más bien de fuerzas que se mueven a su antojo gracias a la globalización. Que obedecen a consignas precisas, cuyo slogan totalitario podría ser: "todo el poder a los mercados".
George Soros, financista multimillonario, sostiene que "los mercados votan todos los días (…) por cierto, fuerzan a los gobiernos a adoptar medidas impopulares, pero indispensables. Son los mercados los que tienen sentido del Estado". Sin embargo, la globalización mata al mercado nacional -en particular los de los países en desarrollo- que es uno de los fundamentos del poder del Estado-nación. Anulando al mercado, modifica el capitalismo nacional y disminuye el papel de las empresas locales y de los poderes públicos.
Las empresas locales, incluso los Estados, ya no disponen de los medios para oponerse a los mercados. Quedan desprovistas de instrumentos para frenar los formidables flujos de capital, muchas veces puramente especulativos, o para oponerse a la acción de los mercados contra sus intereses y los intereses de los ciudadanos. En general los gobiernos se someten a los consignas de política económica definidas por organismos mundiales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización Mundial de Comercio, que ejercen una verdadera dictadura sobre la política de los Estados.
La globalización no se reduce a la simple apertura de fronteras; traduce sobre todo el creciente poder de los mercados financieros, el retroceso de los Estados nacionales y las dificultades para establecer poderes supranacionales capaces de orientarla hacia el interés general.
Favoreciendo el libre flujo de capitales y las privatizaciones masivas a lo largo de las dos últimas décadas, los responsables políticos han permitido la transferencia de decisiones capitales (en materia de inversiones, de empleo, de salud, de educación, de cultura, de protección del medio ambiente), desde el ámbito público nacional hacia el ámbito privado internacional. Es por eso que actualmente más de la mitad de las doscientas primeras economías del mundo no pertenecen a países, sino a empresas privadas.

Desigualdad y devastación

Si consideramos la cifra de negocios global de las doscientas principales empresas del planeta, vemos que ésta representa más de un cuarto de la actividad económica mundial. Sin embargo, esas doscientas firmas emplean menos del 0,75% de la mano de obra mundial…
Mediante las fusiones se multiplica el número de firmas gigantes, cuyo peso es a veces superior al de los Estados. La cifra de negocios de General Motors es superior al Producto Bruto Interno de Dinamarca; la de Exxon-Mobil supera el de Austria. Cada una de las 100 multinacionales más importantes vende más de lo que exporta cada uno de los 120 países más pobres del planeta. Y las 23 multinacionales más poderosas venden más de lo que exportan algunos gigantes del sur del planeta, como la India, el Brasil, Indonesia o México. Esas grandes firmas controlan el 70% del comercio mundial y amenazan con asfixiar o absorber a millares de pequeñas y medianas empresas en el mundo.
Los dirigentes de las multinacionales y de los grandes grupos financieros y mediáticos mundiales detentan la realidad del poder y, a través de sus poderosos lobbies, se imponen sobre las decisiones políticas, confiscando en su beneficio la economía y la democracia.
El volumen de la economía financiera es 50 veces superior al de la economía real y sus principales actores -los fondos de pensión estadounidenses, británicos y japoneses- dominan los mercados financieros. Ante ellos, el peso de los Estados y de las empresas locales, cualesquiera que sean, resulta casi despreciable.
Cada vez más países que han vendido (muchas veces malvendido) sus empresas públicas al sector privado internacional se han convertido de hecho en propiedad de los grandes grupos multinacionales, que actualmente dominan sectores enteros de la economía del sur, sirviéndose de los Estados locales para ejercer presión sobre los foros internacionales y obtener las decisiones políticas más favorables a su dominación global.
Las políticas de ajuste estructural impuestas a los países en desarrollo en los años "80 en el marco del "Consenso de Washington" han dado resultados satisfactorios a escala macroeconómica, pero han significado un costo social exorbitante y contraproductivo. Los gobiernos han "saneado" las economías únicamente para favorecer la inversión internacional y, al mismo tiempo, han destruído las sociedades.
La aceleración de la globalización y las crisis financieras de los años 1997 y 1998 aumentaron estos perversos efectos. Provocaron una reducción de los gastos públicos en salud y educación en nombre de la lucha contra el déficit fiscal y un aumento de las desigualdades y de la pobreza. Es cierto que en los países en desarrollo éstas no son producto exclusivo de las políticas de ajuste, pero es innegable que esas políticas han contribuído a acrecentarlas.
Actualmente, tanto las estructuras de Estado como las económicas y sociales de los países en desarrollo han sido barridas. El Estado se desploma un poco en todas partes. Se desarrollan zonas donde no existe el derecho; una suerte de entidades caóticas ingobernables al margen de toda legalidad, donde se ha recaído en un estado de barbarie en el que sólo las mafias imponen su ley. Aparecen nuevos peligros: crimen organizado, delincuencia explosiva, inseguridad generalizada, redes mafiosas, fanatismos étnicos o religiosos, corrupción masiva, etc.
La abundancia de bienes y el progreso de la técnica alcanzan niveles sin precedentes en los países ricos y desarrollados, pero en los países en desarrollo el número de los que no tienen techo, ni trabajo, ni medicamentos, ni lo suficiente para alimentarse, aumenta sin cesar. Sobre los 4.500 millones de personas que viven en los países en desarrollo, más de un tercio (o sea 1.500 millones) no tiene acceso al agua potable. El 20% de los niños no ingiere las calorías o proteínas suficientes y alrededor de 2.000 millones de personas, un tercio de la humanidad, sufre de anemia.
La globalización viene acompañada de un impresionante proceso de destrucción. Desaparecen industrias enteras en todas las regiones, con los sufrimientos sociales que eso comporta: feroz explotación de hombres, mujeres y, más escandaloso aún, de niños; 300 millones de niños son explotados en el mundo, en condiciones de brutalidad sin precedentes.
La mundialización comporta también devastación ecológica. Las grandes firmas pillan el medio ambiente valiéndose de medios desmesurados; se aprovechan sin frenos ni escrúpulos de riquezas naturales que representan el bien común de la humanidad.
Esto se acompaña asimismo de una criminalidad financiera ligada a los negocios y a los grandes bancos, que reciclan sumas que superan el millón de millones de dólares por año, es decir 20% de todo el comercio mundial y más que el Producto Nacional Bruto de un tercio de la humanidad.
La mercantilización generalizada de las palabras y las cosas, de los cuerpos y los espíritus, de la naturaleza y de la cultura, agrava las desigualdades. Las diferencias de ingreso a escala planetaria se ampliaron en proporciones sin precedentes en la historia. La relación entre el país más rico y el más pobre era de alrededor de 3 a 1 en 1816, cuando Argentina se declaró independiente. En 1950 era de 35 a 1; de 44 a 1 en 1973; de 72 a 1 en 1992 y de ¡82 a 1 en 1995!
Si bien gracias a un crecimiento sostenido y los beneficios de la llamada nueva economía el mundo es globalmente más rico, las políticas de ayuda a los más pobres resultan un fiasco evidente. Entre 1990 y 1998 la progresión anual media del ingreso por habitante fue negativa en 50 países en desarrollo. En más de 70 países, el ingreso medio por habitante es hoy menor que hace 20 años. A escala planetaria, uno de cada dos niños sufre de malnutrición. Más de 3.000 millones de personas, la mitad de la humanidad, viven con menos de 2 dólares por día… "Viven" es una manera de decir, porque con dos dólares por día deben comer, alojarse, curarse, vestirse, transportarse…
En América Latina, la pobreza alcanzaba en 1980 al 35% de los hogares; en 1990, al 45%. O sea que pasó de 135 a 200 millones de personas. En 1998, más de 50 millones de personas, que antes pertenecían a las clases medias, habían pasado a la clase de "nuevos pobres"…
La desigualdad aumenta entre países ricos y pobres, en materia de acceso a medicamentos y de investigación para el tratamiento de enfermedades prácticamente ausentes en los países desarrollados.
La globalización es cada vez más excluyente. En nuestro planeta, el quinto más rico de la población dispone del 80% de los recursos, mientras el quinto más pobre dispone de menos del 0,5%…. El número de personas que viven en la pobreza es más grande que nunca, y la distancia en términos relativos entre los países desarrollados y en desarrollo nunca fue más importante. La fosa que separa el Norte del Sur es hoy tan grande, que resulta difícil imaginar cómo podría desaparecer.
Podemos verificar con satisfacción que en los últimos veinte años más de 100 países se desprendieron de regímenes militares o de partido único y que, por primera vez en la historia, la mayor parte de la humanidad vive en democracia. Pero el desastre económico pone en cuestión el progreso de las libertades civiles en muchos países en desarrollo. La pobreza disminuye el sentido de la democracia.
Se podría estimar que la clase media global reagrupa a los propietarios de automóviles, o sea alrededor de 500 millones de personas. Si estimamos tres personas por coche, eso hace 1.500 millones, o sea el 25% de la población mundial, de las cuales cuatro quintas partes viven en el Norte y consumen el 80% de los recursos del planeta.
La comunidad mundial de abonados a Internet conoce un crecimiento exponencial y representa actualmente el 26% de la población de Estados Unidos, pero menos del 1% del conjunto de los países en desarrollo. Se considera que el número de utilizadores de Internet, estimado en 142 millones en 1998, debería ser de 500 millones en 2003… La gran batalla del porvenir será entre empresas estadounidenses, europeas y japonesas por controlar las redes. Los países en desarrollo y sus empresas, salvo alguna excepción, están por completo al margen de esta nueva fuente de riquezas y apenas recogerán unas migas del comercio electrónico. Embrionario en 1998, con apenas 8.000 millones de dólares de intercambio, el comercio electrónico llegará a 40.000 millones este año y superará los 80.000 millones en 2002.
Pero en la edad de la globalización, incluso los países ricos no garantizan un nivel de desarrollo humano satisfactorio a todos sus habitantes. Sectores enteros de la sociedad quedan al margen de la aparente prosperidad económica. En Estados Unidos, el 16% de la población -o sea una persona de cada seis- sufre de exclusión social. El número de niños sin cobertura médica satisfactoria ¡llega el 37%! En Tejas, el Estado de George Bush, llega al 46%… En la primera potencia económica del mundo, 32 millones de personas tienen una esperanza de vida inferior a los 60 años; 44 millones están privadas de toda asistencia médica; 46 millones viven por debajo de los niveles de pobreza y hay 52 millones de iletrados… En el Reino Unido, un cuarto de los niños vive por debajo de los niveles de pobreza: más de la mitad de las mujeres trabaja en condiciones precarias y, en el plano de la asistencia médica, Gran Bretaña está en la última posición en la Unión Europea, después de Grecia, Portugal e Irlanda… A quien estas cifras parezcan asombrosas o desmesuradas, no tiene más que consultar el último informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo.
Por todas partes la regla es la pobreza y el confort la excepción. La desigualdad creciente es una de las características estructurales de la mundialización. Estimaciones recientes de Naciones Unidas señalan que en 1999 la fortuna acumulada por las 200 personas más ricas del mundo representa más de un millón de millones de dólares. A título comparativo digamos que los 582 millones de habitantes de los 43 países menos desarrollados totalizaron un ingreso de 146.000 millones de dólares.
Existen individuos más ricos que los Estados: el patrimonio de las 15 personas más ricas supera el Producto Bruto Interno del conjunto del Africa subsahariana… La riqueza de las tres personas más ricas del mundo es superior a la suma del Producto Nacional Bruto de todos los países menos desarrollados, o sea 600 millones de personas…
La globalización ha favorecido una gigantesca dilatación de la esfera financiera: el monto de las transacciones del mercado de divisas se multiplicó por cinco desde 1980, para llegar a cerca de ¡dos millones de millones de dólares por día! El monto de las transacciones financieras internacionales es 50 veces más importante que el valor del comercio internacional de bienes y servicios. El monto de los activos en poder de los inversores institucionales (compañías de seguros, fondos de pensión, etc.) supera los 25 millones de millones de dólares, o sea más que la totalidad de las riquezas producidas anualmente en todo el mundo.
Y las autoridades no pueden hacer gran cosa ante el poder de la especulación. Por ejemplo Japón, país que posee la más importante reserva de divisas del mundo (más de 200.000 millones de dólares), no es nada ante el poder financiero de los tres primeros fondos de pensión de Estados Unidos: ¡más de 500.000 millones de dólares!
Si un gobierno democrático desea proteger sus empresas nacionales y realizar una política favorable al crecimiento y al empleo reduciendo las ganancias de las grandes empresas y tolerando un pequeño aumento de la inflación, los inversores internacionales lo acusarán de inmediato de proteccionismo y sancionarán al país, sea atacando su moneda, sea vendiendo masivamente las acciones de sus empresas. Esta reacción brutal provoca una crisis y hace imposible la aplicación de una política que ha sido democráticamente elegida por los ciudadanos.
Rubens Recúpero, secretario general de la Comisión de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo, acaba de lanzar el siguiente grito de alarma : "Es necesario controlar los movimientos de capital volátil. La economía mundial es hoy más inestable que nunca desde la segunda guerra mundial. Los países en vías de desarrollo son los más vulnerables. La reforma de la arquitectura financiera planetaria debe ser la primera prioridad mundial"1.
Y James Wolfensohn, presidente del Banco Mundial, admitió el fracaso de una cierta política, a punto tal que declaró en Ginebra, el 26 de junio pasado: "Sabemos ahora que la estabilidad macroeconómica, la liberalización y las privatizaciones son importantes, pero no suficientes. El desarrollo tiene múltiples facetas. Hacer funcionar los mercados apunta a reducir la pobreza, pero demanda un entorno social sólido. La pobreza es multidimensional: una mejor calidad de vida no se traduce solamente por ingresos más elevados, sino que debe representar asimismo más libertades civiles y políticas, más seguridad y participación en la vida pública, más educación, alimentación y salud, un medio ambiente más protegido y un aparato de Estado que funcione realmente"2.
En conclusión, la globalización construye sociedades duales: de un lado un grupo de privilegiados e híperactivos y, del otro, una inmensa masa de precarios, desempleados y marginados.
Los años ´90 son los años de la exclusión social. Con todos los riesgos que ello supone, ya que el crecimiento de la pobreza y la desaparición de toda esperanza de salir de ella favorece el aumento de la violencia en los países en desarrollo. En algunos de ellos la violencia ha adquirido la dimensión de una verdadera guerra. En Brasil, por ejemplo, alrededor de 600.000 personas han muerto asesinadas en los últimos 20 años. En países como Japón o Francia, el número de personas asesinadas es, respectivamente, de 2 y 3 por cada 100.000 personas. En Brasil es de 58 y en Colombia… ¡de 78 personas asesinadas por cada 100.000! En ciertas ciudades esa proporción es aún más trágica: en Cali es de 88, y en ciertos barrios de San Pablo ¡de 102! En ciertas ciudades de América Latina, más del 50% de las personas interrogadas declaran que ya no salen de su casa por la noche, lo que comporta un desastre económico para muchos comercios y empresas.
¿Cuándo acabaremos por comprender, por aceptar, que la equidad y la justicia social, lejes de constituir frenos al desarrollo, son por el contrario favorables a mediano y largo plazo a la eficacia económica, a la expansión del comercio y a la prosperidad de las empresas?
Hay que tomar medidas redistributivas destinadas a facilitar el acceso de los pobres a la renta y poner en práctica políticas que estimulen la participación de los pobres en la vida social y económica.
Lo verdaderamente importante sería reducir el peso del servicio de la deuda externa y liberar esos recursos para la inversión productiva y el gasto social. El pago de la deuda es, en algunos países, la mayor partida del gasto gubernamental, llegando a consumir hasta el 30% y el 40% del mismo.
En el plano internacional se requiere ante todo un entorno de estabilidad que favorezca el crecimiento económico y marcos reguladores que limiten los flujos especulativos y eliminen la volatilidad financiera asociada a la globalización. También es clave la apertura comercial de los países industrializados, a través de una nueva ronda de negociaciones multilaterales; pero ésta sólo contribuirá a mejoras sociales si va acompañada de cláusulas sociales y ambientales.
Solo así conseguiremos humanizar la globalización y hacerla compatible con una concepción elevada de la democracia y de la dignidad humana.
Muchas gracias.
  1. Le Monde, Paris, 13-2-00.
  2. Le Monde, 27-6-00.

Guerra y Terrorismo en el siglo XXI
1 Guerra, paz y hegemonía a comienzos del siglo XXI
De entrada, la paz mundial parece hoy más factible que en el siglo XX, un siglo marcado por una cifra récord de guerras mundiales y por las muchas formas de morir a gran escala. Aún así, un estudio reciente llevado a cabo en Gran Bretaña y que comparaba las respuestas que los británicos dieron en 2004 a unas preguntas ya formuladas en 1954 apunta que el miedo a una guerra mundial es hoy mayor que en el pasado. Este miedo responde, principalmente, a un hecho cada vez más evidente: vivimos en una época de conflictos armados mundiales endémicos, guerras que suelen transcurrir dentro de las fronteras de los estados aunque se ven magnificadas por la intervención extranjera. Si bien el impacto de estos conflictos en la historia del siglo XX fue pequeño en términos militares, no podemos decir lo mismo si nos fijamos en la población, la principal víctima de estos enfrentamientos, que ha pagado, y paga todavía hoy, un elevado precio. Desde la caída del muro de Berlín, nos hallamos de nuevo sumidos en una era de genocidios y de traslados de población masivos y forzosos, tanto en algunas regiones de África como en el sureste europeo o en Asia. Se estima que, a finales de 2003, la cifra de refugiados dentro y fuera de su propio país alcanzó los 38 millones de personas, unos números comparables a la extraordinaria cantidad de "personas desplazadas" después de la segunda guerra mundial. Un dato bastará para ilustrar estas afirmaciones: en 2000, el número de muertos en combate en Birmania se situaba entre las doscientas y las quinientas personas; la cifra de "desplazados internos", fundamentalmente por obra del ejército de Myanmar, rondaba el millón. Y la guerra de Irak no hace sino confirmar este aspecto. Lo que, según los estándares del siglo XX, podríamos calificar como guerras pequeñas provocan unas catástrofes sin parangón.
La guerra típica del siglo XX, la guerra entre estados, ha perdido peso rápidamente. En la actualidad no hay conflictos entre estados, aunque no podemos descartar que vaya a haberlos en distintas regiones de África y Asia, o en aquellas zonas donde la inestabilidad o la cohesión de los estados existentes se vean amenazadas. Por otro lado, aunque no estamos ante una amenaza inmediata, no ha desaparecido el riesgo de una gran guerra global, fruto probablemente de la reticencia de Estados Unidos a aceptar la aparición de China como su rival. En ocasiones, incluso, las posibilidades de evitar su estallido parecen muy superiores a las que había en 1929 para evitar la segunda guerra mundial, si bien conviene no olvidar que la posibilidad de esta guerra seguirá presente en las décadas venideras.
Sin embargo, y aun sin las guerras tradicionales entre estados, grandes o pequeñas, pocos son los observadores realistas que auguran que éste será un siglo en el que el mundo vivirá ajeno a la presencia constante de armas y a los brotes de violencia. Con todo, es nuestro deber combatir la retórica del miedo irracional de la que se sirven gobiernos como el del presidente Bush o el del primer ministro Blair para justificar unas políticas que nos acercan al imperio global. Salvo como metáfora, no existe una "guerra contra el terror o el terrorismo", sino contra un agente político determinado que recurre a una táctica, no a un programa. El terror como táctica es indiscriminado y moralmente inaceptable, tanto si se amparan en él grupos clandestinos como si lo hacen los estados. La Cruz Roja Internacional reconoce el aumento de la barbarie en su condena a los dos bandos en conflicto en Iraq. También ha crecido el miedo a que pequeños grupos terroristas opten por la guerra biológica, al tiempo que no parecen preocuparnos tanto los riesgos, mayores e impredecibles, que indudablemente se plantearán cuando la manipulación de los procesos vitales, incluida la vida humana, se nos vaya de las manos. Aun así, el peligro real que para la estabilidad mundial o para cualquier estado consolidado suponen las actividades de las redes terroristas panislámicas a las que Estados Unidos declaró la guerra global, así como las de la suma de todos los grupos terroristas que operan en cualquier punto del planeta, es residual. Aunque han logrado asesinar a muchas más personas que sus antecesores -y menos que los estados-, el riesgo es mínimo desde un punto de vista estadístico y su importancia, escasa en términos de agresión militar. A menos que estos grupos puedan hacerse con armas nucleares, una posibilidad que, no por no ser inmediata, podemos descartar, el terrorismo no provocará la histeria, sino la reflexión.
Con todo, el caos mundial es una realidad, como también lo es la perspectiva de otro siglo de conflictos armados y de calamidades humanas. ¿Es posible volver a una suerte de control global, como sucedió, a excepción de un período de treinta años, durante los 175 años que transcurrieron desde la batalla de Waterloo hasta la caída de la URSS? La cuestión es hoy mucho más complicada, por dos motivos. En primer lugar, las desigualdades a que ha dado lugar la globalización descontrolada del libre mercado, y que han aumentado a un ritmo exponencial, son el caldo de cultivo natural de todo tipo de inestabilidades y agravios. Como se ha observado recientemente, "ni siquiera los estamentos militares más avanzados podrían enfrentarse a una crisis total del sistema jurídico", y la crisis de los estados a la que aludí anteriormente ha hecho de esta una posibilidad más factible que en el pasado. En segundo lugar, ya no existe un sistema de superpotencias internacionales plurales como el que estuvo vigente y que evitó que, salvo en el catastrófico período comprendido entre 1914 y 1945, estallara una guerra total. Este sistema descansaba en un postulado que se remontaba a los tratados que habían logrado acabar con la guerra de los Treinta Años en el siglo XVII: existían en el mundo unos estados cuyas relaciones se regían por diversas reglas, y entre ellas la de no interferir en los asuntos internos del otro, y por una distinción diáfana entre guerra y paz. Sin embargo, nada de todo esto es válido en la actualidad. Otro de los pilares del sistema era la realidad de un mundo donde convivían diferentes potencias, algo que ya existía en la reducida "primera división" de estados, apenas un puñado de "grandes potencias" que, a partir de 1945, se reduciría aún más, hasta quedar sólo dos superpotencias. Ninguna de las dos supo imponerse de un modo abrumador.
2 Las transformaciones del terror¿Ha cambiado la naturaleza del terror político en las postrimerías del siglo xx? Permítanme comenzar con el inesperado brote de violencia surgido en una isla hasta ahora pacífica, Sri Lanka, en la que una mayoría de cingaleses budistas (cuya religión e ideología es todo lo contrario que se puede ser a la violencia) convive con una minoría de tamiles emigrados desde el sur de la India hace siglos o venidos como mano de obra para las plantaciones a finales del siglo XIX. Su hinduismo tampoco es partidario de la violencia. El movimiento antiimperialista en Sri Lanka no se caracterizó ni por un eleva-do militantismo ni por una eficacia extraordinaria, y el país obtuvo su libertad calladamente, en realidad como subproducto de la independencia india. De hecho, en el Sri Lanka colonial se había desarrollado un partido comunista más bien pequeño, y, cosa bastante curiosa, un partido trotskista de dimensiones muy superiores, ambos encabezados por miembros cultos y agradables de la elite occidentalizada, y las dos formaciones, como buenos partidos marxistas, se opusieron al terrorismo. No hubo intento de insurrección alguno. Tras la independencia, el país siguió un plácido derrotero de socialismo moderado, cosa que resultó excelente para el bienestar y la esperanza de vida de la población. En resumen, medido con criterios asiáticos, el Sri Lanka anterior a la década de 1970 era una rara isla de civismo, como Costa Rica y (antes de esa misma década) Uruguay en América Latina. Hoy se enfrenta a un baño de sangre.
Los tamiles, una minoría del 25 por 100 cuya representación en las profesiones cultas es superior a su peso demográfico, han desarrollado un comprensible resentimiento hacia el régimen cingalés que en la década de 1950 decidió sustituir el inglés por el singalés como lengua administrativa nacional. En la década de 1970, un movimiento separatista tamil, no sin el apoyo de un estado indio meridional, creó varias organizaciones armadas, precursoras de los actuales Tigres Tamiles de Liberación de la Patria Tamil,* que han venido libran-do lo que de hecho es una guerra civil desde mediados de la década de 1980. A sus miembros se los conoce sobre todo por contarse entre los grandes instauradores y probablemente entre los mayores activistas del terrorismo suicida, aunque, dicho sea de paso, dada su ideología laica, carece de las habituales motivaciones religiosas. Los tamiles no son lo suficientemente fuertes como para lograr la secesión, y el ejército esrilanqués* es demasiado débil para derrotarlos en el plano militar. La intransigencia de ambas partes ha mantenido la guerra a pesar de las distintas mediaciones por las que terceras partes (India, Noruega) han tratado de lograr un arreglo.
Entretanto, dos son las cosas que le han ocurrido a la mayoría de la sociedad cingalesa. Las tensiones étnico-lingüísticas generaron una fuerte reacción que adoptó la forma de una ideología nacionalista basada en el budismo y en la superioridad racial, dado que la lengua singalesa es indoeuropea (esto es, "aria"). Resulta bastante curioso que este racismo se halle presente en la tradición de la India hindú, y de hecho, tanto en Sri Lanka como en Pakistán, aún pueden encontrarse rastros del antiguo sistema de castas hindú bajo la superficie, oficialmente igualitaria. Al mismo tiempo, el JVP,** un organismo izquierdista asentado principalmente en la actividad de jóvenes cingaleses cultos que no conseguían encontrar un trabajo adecuado, así como en ideas castristas con un toque de maoísmo y una gran dosis de resentimiento hacia la vieja elite sociopolítica, organizó una importante insurrección a principios de la década de 1970.
Fue sofocada con cierta dureza y un gran número de muchachos fueron enviados durante un tiempo a la cárcel. De los vestigios de esta rebelión juvenil al estilo del mayo del 68 surgió una organización terrorista militante que, acantonada principalmente en la campiña esrilanquesa, convirtió su maoísmo original en un vehemente chovinismo racista de raíz budista. En la década de 1980 organizó una campaña de asesinatos sistemáticos contra sus adversarios políticos, lo que hizo de la política una actividad de alto riesgo. (La recientemente retirada presidenta de Sri Lanka vio cómo su padre, ex primer ministro, y su marido, caían asesinados ante sus propios ojos, y perdió un ojo en otros atentados similares encaminados a asesinarla a ella.) También se utilizó sistemáticamente el terror para lograr el control de las ciudades y de los pueblos del campo. Como en el caso del movimiento maoísta Sendero Luminoso en el Perú de la década de 1980, es imposible saber hasta qué punto la dominación del JVP encontró su sostén inicial en el apoyo de las masas, en qué grado se vio ese respaldo alienado por el terror, en qué medida fue a su vez contrarrestado por el resentimiento producido por la represión del gobierno y hasta qué punto genera escepticismo acerca de los revolucionarios. Dos cosas están claras. Que el JVP contó con un apoyo generalizado en aquellos sectores de la población trabajadora del campo cingalés de cuyos miembros cultos se nutría su cúpula dirigente, y que el JVP realizó un gran número de matanzas, la mayoría de ellas perpetradas por un grupo de militantes que en América Latina habrían recibido el nombre de sicarios o asesinos a sueldo. La tentativa de asalto al poder del JVP fue reprimida del mismo modo, esto es, mediante el equivalente de las "guerras sucias" latinoamericanas orientadas a la eliminación de los líderes y de los militantes rebeldes. A mediados de la década de 1990 se estimaba que habían muerto unas sesenta mil personas, víctimas de estos conflictos. Desde sus orígenes, a finales de la década de 1960, el JVP ha intervenido de manera intermitente en la política oficial de Sri Lanka.
Parece evidente que Sri Lanka es simplemente un ejemplo del crecimiento y la mutación sorprendentes que ha experimentado la violencia política en el mundo de finales del siglo xx. La pregunta "¿por qué?" es excesivamente amplia para este ensayo, tanto más cuanto que resulta difícil desligarla del incremento general del nivel de violencia o acción directa que las comunidades occidentales han llegado a aceptar socialmente, tanto en el plano mediático como en el de la realidad. Esto se ha producido tras un largo período en el que se ha asistido, en la mayoría de esas sociedades, al arraigo de la expectativa de que la civilización debería traer consigo el declive permanente de la violencia.
Sería tentador decir que la violencia social en general y la violencia política no tienen nada que ver la una con la otra, dado que una parte de la violencia política de la peor clase puede producirse en países dotados de una tradición política y social notablemente no violenta, como Sri Lanka o Uruguay. No obstante, no es posible mantenerlas separadas en los países de tradición liberal, aunque sólo sea porque dichos países son precisamente aquellos en los que la violencia política no oficial ha adquirido mayor relieve en el último tercio del siglo XX, y donde, en consecuencia, lo mismo ha sucedido con la violencia estatal de signo contrario, de intensidad habitualmente superior. Mientras conservan su capacidad operativa, los países dictatoriales o autoritarios dejan poco margen de maniobra a esta violencia política extraoficial, del mismo modo que apenas dejan espacio alguno a la política extraoficial no violenta.
El aumento de la violencia en general forma parte del proceso de reversión a la barbarie que ha venido fortaleciéndose en el mundo desde la primera guerra mundial, y que he examinado en otro lugar. Su progreso resulta particularmente sorprendente en los países provistos de estados sólidos y estables, así como de instituciones políticas (en teoría) liberales, en los que el discurso público y las instituciones políticas no distinguen más que entre dos absolutos que se excluyen mutuamente: la "violencia" y la "no violencia". Esta ha sido una forma más de sentar la legitimidad del monopolio nacional que el estado tiene de la fuerza coercitiva, lo que ha venido íntimamente unido al desarme total de la población civil registrado en los estados desarrollados del siglo XIX, excepto en Estados Unidos, que por consiguiente han tolerado siempre un mayor grado de violencia en la práctica, aunque no en teoría. Desde finales de la década de 1960, los estados han perdido una parte de ese monopolio del poder y los re-cursos, y una porción aún mayor de la percepción de legitimidad que inducía a los ciudadanos a acatar la ley. Por sí solo, esto explica buena parte del aumento de la violencia.
La retórica liberal ha sido siempre incapaz de reconocer que ninguna sociedad funciona sin cierta violencia en la política -aunque sólo sea en la forma casi simbólica de los piquetes de huelguistas o las manifestaciones de masas-, y que la violencia tiene grados y reglas, como es de dominio público en las sociedades en las que forma parte de la urdimbre de las relaciones sociales y como constantemente trata de recordar la Cruz Roja Internacional a los embrutecidos beligerantes del siglo XXI. Sin embargo, cuando las sociedades o los grupos sociales no acostumbrados a un alto grado de violencia social se ven en la tesitura de practicarla, o cuando en las sociedades tradicionalmente violentas se descomponen las reglas normales, los límites establecidos sobre el uso o el grado de la violencia pueden saltar. Por ejemplo, tengo la impresión de que las tradicionales rebeliones campesinas, teniendo en cuenta la brutalidad general de la vida y la conducta rurales, no eran habitualmente demasiado sanguinarias -por lo común menos que su represión-. Cuando dichos levantamientos caían en la masacre o en la atrocidad, la violencia solía ir dirigida contra personas o categorías de personas concretas y contra propiedades -por ejemplo las casas de la pequeña aristocracia-, mientras que, a la inversa, otras gentes quedaban específicamente al mar-gen debido a que gozaban de buena reputación. Los actos violentos no eran arbitrarios, sino prescritos, casi podríamos decir, por el ritual de la ocasión. No fue la Revolución de 1917, sino la guerra civil rusa la que extendió las carnicerías a gran escala a la campiña rusa. Ahora bien, cuando desaparecen los frenos de la conducta consuetudinaria, los resulta-dos pueden ser aterradores. Una de las razones de que los narcotraficantes colombianos hayan tenido tanto éxito en Estados Unidos estriba, a mi entender, en que, en la pugna con sus rivales, han dejado de aceptar la acostumbrada convención machista de que no se debe matar a las mujeres y a los hijos de los adversarios.
Eric Hobsbawm es el decano de la historiografía marxista británica. Su último libro es un volumen de memorias autobiográficas: Años interesantes, Barcelona, Critica, 2003. El texto publicado son extractos de los capítulos 2 y 8 del libro de Hobsbawm Guerra y paz en el siglo XXI, que acaba de aparecer en castellano en la Editorial Crítica de Barcelona.

Fuente:
Editorial Crítica, marzo 2007