domingo, 14 de marzo de 2021

HISTORIA MEMORIA Y OLVIDO




 HISTORIA MEMORIA Y OLVIDO


     La memoria colectiva es el recuerdo o conjunto de recuerdos conscientes o no de una experiencia colectiva y/ o mitificada por una colectividad viva, de cuya identidad forma parte integrante el sentimiento de pasado. Le Goff
     Entre el olvido y la memoria, ¿qué elegir? La contradicción entre ambas fórmulas es sólo aparente. La memoria no se opone al olvido. La memoria es, siempre y necesariamente, una interacción entre el olvido (el hecho de borrar) y la salvaguarda del pasado en su totalidad –algo a decir verdad imposible. La memoria selecciona en el pasado lo que considera importante para el individuo o para la colectividad; además, lo organiza y lo orienta de acuerdo con un sistema de valores que le es propio. A los pueblos les gusta más recordar las páginas gloriosas de su historia que las vergonzosas. Las personas, por su parte, a menudo procuran liberarse de un recuerdo traumatizante sin lograrlo.
     ¿Por qué necesitamos recordar? Porque el pasado constituye realmente el fondo de nuestra identidad, individual o colectiva, y porque sin un sentimiento de identidad, sin la confirmación que ésta da a nuestra existencia, nos sentimos amenazados y paralizados. Esta exigencia de identidad es, pues, perfectamente legítima: necesito saber quién soy y a qué grupo pertenezco. Pero tanto los hombres como los grupos viven en medio de otros hombres, de otros grupos. Por eso no es posible contentarse con decir que cada uno tiene derecho a existir; es indispensable ver cómo esta afirmación influye en la existencia de los demás.    
     En cuanto a las colectividades, es raro que sientan la tentación de olvidar radicalmente el mal de que han sido víctimas. Los afro-americanos de hoy   no procuran de ningún modo que se olvide el traumatismo de la esclavitud que sufrieron sus antepasados. En éste y otros casos, cabría desear que, al igual que para los individuos, se evite la alternativa estéril de la omisión total o de la evocación sin fin: el mal sufrido debe inscribirse en la memoria colectiva, pero para permitir que nos volquemos mejor hacia el porvenir.
     Nadie debe impedir que se recupere la memoria. Antes de volver la hoja, decía Jelu Jelev, presidente de Bulgaria inmediatamente después de la caída del comunismo, hay que leerla.
     Pero, ¿basta recordar el pasado para evitar que se repita, como parece afirmar Santayana (“los que olvidan el pasado están condenado a repetirlo”)? En absoluto. A decir verdad, lo que se produce con mayor frecuencia es lo contrario: es un pasado de antigua víctima el que permite al agresor actual encontrar sus mejores justificaciones. Existe el riesgo también de que los que no olvidan el pasado lo repitan también, cambiando de papel: nada impide que la antigua víctima se convierta a su vez en agresor. La memoria del genocidio que sufrieron los judíos está viva en Israel; sin embargo, los palestinos han sido allí víctimas de otras injusticias.
     Los límites de esta forma de memoria, que da primacía a los papeles del héroe y la víctima, quedaron de manifiesto durante la conmemoración del cincuentenario de Hiroshima y Nagasaki en 1995: en Estados Unidos sólo se quería recordar la actitud heroica del país en la derrota del militarismo adverso; en Japón, sólo el hecho de haber sido víctimas de las bombas atómicas.
     Hay en cambio un mérito indiscutible en pasar de la propia desgracia, o de la de sus allegados, a la desgracia de los demás, en no reclamar para sí el estatuto exclusivo de antigua víctima. Asimismo, reconocer el mal cometido por nosotros en el pasado, aunque no sea tan grave como el que hemos sufrido, puede contribuir a mejorarnos.
     El pasado no tiene derechos en sí, ha de ser puesto al servicio del presente, así como el deber de memoria ha de quedar sometido al de justicia.-


Fuentes para elaborar el material: *”La nueva historia” de Jacques Le Goff) y *”La memoria del mal” de Tzvetan Todorov en Correo de la UNESCO  diciembre de 1999 “La memoria y el olvido”

ACTIVIDAD DE REFLEXIÓN Y COMPRENSIÓN LECTORA

1-¿qué entiendes por memoria? ¿y memoria colectiva?
2-¿qué relación hay entre memoria y olvido?
3-¿cuál es el "papel" de la Historia? ¿cómo se relaciona con el olvido y la memoria?
4-¿Quiénes son J. Le Goff y T. Todorov?




jueves, 11 de marzo de 2021

pasado y presente

Primera actividad concreta

 


 

Micro actividad: 1- análisis de la caricatura completando los siguientes pasos:

A. Observa minuciosamente la imagen. Si hay palabras que no conoces búscalas en el diccionario.

B. Realiza una descripción de lo que ves: objetos, vestimenta, rasgos físicos de la persona, acciones que está realizando y todos detalles que veas.

C. ¿Qué crees que quiso expresar el dibujante con esta imagen?

D. ¿Qué información de la pandemia de 1918 nos brinda la imagen?

E. ¿Hay algún aspecto que se pueda relacionar con la actualidad? Explícate, cuéntame.

 


 

 


Temas de actualida...el siglo XX y XXI

 EL SIGLO XX LOS HECHOS....

https://www.youtube.com/watch?v=5psoKPPrVIY


GLOBALIZACIÓN Y ANTIGLOBALIZACIÓN


A estas alturas, todo quisque tiene su opinión sobre la globalización. Éste es el principal mérito del movimiento global contra la globalización: el haber puesto sobre el tapete del debate social y político lo que se presentaba como vía única e indiscutible del progreso de la humanidad. Como es lo propio de todo gran debate ideológico, se plantea en medio de la confusión y la emoción, muertos incluidos. Por eso me pareció que, en lugar de añadir mi propia toma de posición a las que se publican cada día, podría ser más útil para usted, atento lector en su relajado entorno veraniego, el recordar algunos de los datos que enmarcan el debate. Empezando por definir la globalización misma. Se trata de un proceso objetivo, no de una ideología, aunque haya sido utilizado por la ideología neoliberal como argumento para pretenderse como la única racionalidad posible. Y es un proceso multidimensional, no solo económico. Su expresión más determinante es la interdependencia global de los mercados financieros, permitida por las nuevas tecnologías de información y comunicación y favorecida por la desregulación y liberalización de dichos mercados. Si el dinero (el de nuestros bancos y fondos de inversión, o sea, el suyo y el mío) es global, nuestra economía es global, porque nuestra economía (naturalmente capitalista, aunque sea de un capitalismo distinto) se mueve al ritmo de la inversión de capital. Y si las monedas se cotizan globalmente (porque se cambian dos billones de dólares diarios en el mercado de divisas), las políticas monetarias no pueden decidirse autónomamente en los marcos nacionales. También está globalizada la producción de bienes y servicios, en torno a redes productivas de 53.000 empresas multinacionales y sus 415.000 empresas auxiliares. Estas redes emplean tan sólo a unos 200 millones de trabajadores (de los casi 3.000 millones de gentes que trabajan para vivir en todo el planeta), pero en dichas redes se genera el 30% del producto bruto global y 2/3 del comercio mundial.

Por tanto, el comercio internacional es el sector del que depende la creación de riqueza en todas las economías, pero ese comercio expresa la internacionalización del sistema productivo. También la ciencia y la tecnología están globalizadas en redes de comunicación y cooperación, estructuradas en torno a los principales centros de investigación universitarios y empresariales. Como lo está el mercado global de trabajadores altamente especializados, tecnólogos, financieros, futbolistas y asesinos profesionales, por poner ejemplos. Y las migraciones contribuyen a una globalización creciente de otros sectores de trabajadores. Pero la globalización incluye el mundo de la comunicación, con la interpenetración y concentración de los medios de comunicación en torno a siete grandes grupos multimedia, conectados por distintas alianzas a unos pocos grupos dominantes en cada país (cuatro o cinco en España, según como se cuente). Y la comunicación entre la gente también se globaliza a partir de Internet (nos aproximamos a 500 millones de usuarios en el mundo y a una tasa media de penetración de un tercio de la población en la Unión Europea). El deporte, una dimensión esencial de nuestro imaginario colectivo, vive de su relación local-global, con la identidad catalana vibrando con argentinos y brasileños tras haber superado su localismo holandés. En fin, también las instituciones políticas se han globalizado a su manera, construyendo un Estado red en el que los Estados nacionales se encuentran con instituciones supranacionales como la Unión Europea o clubes de decisión como el G-8 o instituciones de gestión como el FMI para tomar decisiones de forma conjunta. Lejos queda el espacio nacional de representación democrática, mientras que los espacios locales se construyen como resistencia más que como escalón participativo. De hecho, los Estados nacionales no sufren la globalización, sino que han sido sus principales impulsores, mediante políticas liberalizadoras, convencidos como estaban y como están de que la globalización crea riqueza, ofrece oportunidades y, al final del recorrido, también les llegarán sus frutos a la mayoría de los hoy excluidos.

El problema para ese horizonte luminoso es que las sociedades no son entes sumisos susceptibles de programación. La gente vive y reacciona con lo que va percibiendo y, en general, desconfía de los políticos. Y, cuando no encuentra cauces de información y de participación, sale a la calle. Y así, frente a la pérdida de control social y político sobre un sistema de decisión globalizado que actúa sobre un mundo globalizado, surge el movimiento antiglobalización, comunicado y organizado por Internet, centrado en protestas simbólicas que reflejan los tiempos y espacios de los decididores de la globalización y utilizan sus mismos cauces de comunicación con la sociedad: los medios informativos, en donde una imagen vale más que mil ponencias.

¿Qué es ese movimiento antiglobalización? Frente a los mil intérpretes que se ofrecen cada día para revelar su esencia, los investigadores de los movimientos sociales sabemos que un movimiento es lo que dice que es, porque es en torno a esas banderas explícitas donde se agregan voluntades. Sabemos que es muy diverso, e incluso contradictorio, como todos los grandes movimientos. Pero ¿qué voces salen de esa diversidad?

Unos son negros, otros blancos, otros verdes, otros rojos, otros violeta y otros etéreos de meditación y plegaria. Pero ¿qué dicen? Unos piden un mejor reparto de la riqueza en el mundo, rechazan la exclusión social y denuncian la paradoja de un extraordinario desarrollo tecnológico acompañado de enfermedades y epidemias en gran parte del planeta.

Otros defienden al planeta mismo, a nuestra madre Tierra, amenazada de desarrollo insostenible, algo que sabemos ahora precisamente gracias al progreso de la ciencia y la tecnología. Otros recuerdan que el sexismo también se ha globalizado. Otros defienden la universalización efectiva de los derechos humanos. Otros afirman la identidad cultural y los derechos de los pueblos a existir más allá del hipertexto mediático. Algunos añaden la gastronomía local como dimensión de esa identidad. Otros defienden los derechos de los trabajadores en el norte y en el sur. O la defensa de la agricultura tradicional contra la revolución genética. Muchos utilizan algunos de los argumentos señalados para defender un proteccionismo comercial que limite el comercio y la inversión en los países en desarrollo. Otros se declaran abiertamente antisistema, anticapitalistas desde luego, pero también anti-Estado, renovando los vínculos ideológicos con la tradición anarquista que, significativamente, entra en el siglo XXI con más fuerza vital que la tradición marxista, marcada por la práctica histórica del marxismo-leninismo en el siglo XX. Y también hay numerosos sectores intelectuales de la vieja izquierda marxista que ven reivindicada su resistencia a la oleada neoliberal. Todo eso es el movimiento antiglobalización. Incluye una franja violenta, minoritaria, para quien la violencia es necesaria para revelar la violencia del sistema. Es inútil pedir a la gran mayoría pacífica que se desmarque de los violentos, porque ya lo han hecho, pero en este movimiento no hay generales y aun menos soldados. Tal vez sería más productivo para la paz pedir a los gobiernos que se desmarquen de sus policías violentos, ya que, según observadores fiables de las manifestaciones de Barcelona y Génova, la policía agravó la confrontación. No se puede descartar que algunos servicios de inteligencia piensen que la batalla esencial está en ganar la opinión pública y que asustar al pueblo llano con imágenes de feroces batallas callejeras puede conseguir socavar el apoyo a los temas del movimiento antiglobalización. Vano intento, pues, en su diversidad, muchos de esos mensajes están calando en las mentes de los ciudadanos, según muestran encuestas de opinión en distintos países.

Dentro de esa diversidad, si un rasgo une a este movimiento es tal vez el lema con el que se convocó la primera manifestación, la de Seattle: 'No a la globalización sin representación'. O sea, que, antes de entrar en los contenidos del debate, hay una enmienda a la mayor, al hecho de que se están tomando decisiones vitales para todos en contextos y en reuniones fuera del control de los ciudadanos. En principio, es una acusación infundada, puesto que la mayoría son representantes de gobiernos democráticamente elegidos. Pero ocurre que los electores no pueden leer la letra pequeña (o inexistente) de las elecciones a las que son llamados cada cuatro años con políticos que se centran en ganar la campaña de imagen y con gobiernos que bastante trabajo tienen con reaccionar a los flujos globales y suelen olvidarse de informar a sus ciudadanos. Y resulta también que la encuesta que Kofi Annan presentó en la Asamblea del Milenio de Naciones Unidas señala que 2/3 de los ciudadanos del mundo (incluyendo las democracias occidentales) no piensan que sus gobernantes los representen. De modo que lo que dicen los movimientos antiglobalización es que esta democracia, si bien es necesaria para la mayoría, no es suficiente aquí y ahora. Así planteado el problema, se pueden reafirmar los principios democráticos abstractos, mientras se refuerza la policía y se planea trasladar las decisiones al espacio de los flujos inmateriales. O bien se puede repensar la democracia, construyendo sobre lo que conseguimos en la historia, en el nuevo contexto de la globalización. Que se haga una u otra cosa depende de usted y de muchos otros como usted. Y depende de que escuchemos, entre carga policial e imagen de televisión, la voz plural, hecha de protesta más que de propuesta, que nos llega del nuevo movimiento social en contra de esta globalización.

FUENTE: Manuel Castells (Profesor Universitat Oberta de Catalunya, UOC), “Globalización y antiglo - balización”, en El País, Madrid, edición electrónica, martes, 24 de julio de 2001.

lunes, 8 de marzo de 2021

Espacios, adolescencia, covid-19, libertades

 

Espacios, adolescencia, covid-19, libertades 

PARA SABER MÁS DE USTEDES Y SUS OPINIONES...🙋


·         qué extraño de la vida antes de la emergencia sanitaria y el Covid, y lo que no.?Lugares, personas, hábitos, rutinas, etc.

·         Como me adapto a los cambios, que alternativas propongo y he practicado.?

·         Que emociones me genera la situación respecto a los vínculos con mis pares, adultos Referentes, instituciones.?

·         Que nuevo vocabulario, rasgos culturales se incorporaron, ?son compartidos por ti?

·         Que proyecciones tengo para el 2021?

 Algunas publicidades para pensar

 https://www.youtube.com/watch?v=VluhRRYn_uM

https://www.youtube.com/watch?v=6SDzcgcVSl0 

https://www.youtube.com/watch?v=McZVU5QWnHc

 

sábado, 6 de marzo de 2021

El papel de la historia reciente en tu vida

 Micro actividad de interpretación y reflexión.



Explica por qué los atentados del 11 de septiembre de 2001 en territorio estadounidense pueden ser considerados como hechos históricos.

¿De qué manera los atentados del 11-S repercuten en el presente?

 

Texto 1. El desplome de las dos torres gemelas que albergaban al World Trade Center de Nueva York y la destrucción del ala poniente en Washington, el 11 de septiembre del 2001, por el impacto de tres aviones comerciales, es considerado el acontecimiento que inicia el siglo XXI. Generó un tremendo asombro mundial, fue una tragedia universal, pues cerca de cuatro mil trabajadores quedaron sepultados bajo los escombros de los edificios, pero también tocó los símbolos del vigor económico y del poder militar de Estados Unidos de América, la primera potencia mundial, cuando ninguna fuerza externa la había agredido antes en su territorio. ¿Cambió el mundo con este suceso? Hay quienes aseguran que ese ataque produjo la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial: el miedo redujo sensiblemente la actividad turística y trajo consigo la bancarrota de varias aerolíneas; la crisis económica ya existente en varios sectores de la economía estadounidense se profundizó; en todo el mundo se adoptaron políticas de antiinmigración y severas medidas de seguridad y vigilancia que lesionaron la libertad individual, la contratación de extranjeros en los países democráticos y, sobre todo, en Estados Unidos de América, la libertad de prensa. A pocos días del atentado del 11-S, Estados Unidos de América acusó a Osama Bin Laden, un millonario de origen saudí, huésped y patrocinador del régimen integrista de los talibanes, y a su grupo terrorista Al Qaeda. Acto seguido, demandó al gobierno talibán de Afganistán su entrega inmediata. Ante la negativa de los talibanes, el 7 de octubre, con la ayuda de Gran Bretaña, el ejército estadounidense dio inicio a la operación “Justicia Infinita” y lanzó los primeros bombardeos sobre Afganistán. A través de un comunicado emitido por la televisora árabe Al Yazira, Bin Laden afirmó que Estados Unidos de América no tendría seguridad hasta que el pueblo palestino viviera en paz. […] Fuente: Pastor, M. (2003). Historia Universal. México: Santillana. 371.

 

Texto 2. El atentado del 11 de septiembre de 2001 fue calificado por el gobierno estadounidense como de terrorismo internacional, perpetrado por un nuevo enemigo: el terrorismo encarnado en organizaciones como Al-Qaeda. Las primeras medidas ante el terrorismo fueron la protección de la nación y la reacción a cualquier indicio de ataque. La posterior ofensiva contra el régimen talibán de Afganistán y las células de Al-Qaeda ahí establecidas –agresión validada por la ONU, la OTAN y la Unión Europea– legitimó la intervención estadounidense en cualquier región del planeta. Comenzaba así la cruzada contra los enemigos de los ideales liberales. Paradójicamente, la caza de “terroristas” se prestó para abusos y atentados contra las libertades fundamentales de la sociedad estadounidense, como el caso de la “Ley Patriótica” que impuso una “justicia de excepción”, dándole potestad a las autoridades para detener y juzgar fuera de los cauces judiciales establecidos a personas que han realizado actos terroristas o bien sospechosas de tener vínculos con organizaciones de este tipo. El entonces presidente estadounidense, George W. Bush, bautizó a Iraq, Irán y Corea del Norte como “el eje del mal”, acusó a sus gobiernos de proteger y financiar terroristas y afirmó que poseían armamento nuclear. Estas dos condiciones y la dictadura de Sadam Hussein fueron motivos suficientes para que Estados Unidos de Norteamérica declarara, una vez más, la guerra a Iraq en marzo de 2003. Ante la ausencia de armamento químico y nuclear en Iraq, el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld declararía que “la ausencia de pruebas no constituía la prueba de la ausencia de armas de destrucción masiva.” Con la invasión a Iraq, Estados Unidos logró una posición geopolítica envidiable respecto de los intereses de Rusia, China y Europa. Consolidó su supremacía mundial a la par que reactivaba su economía y quedaba en control de las reservas petroleras de las zona. “La guerra contra el tirano” se utilizó para desviar la atención de los escándalos empresariales de Enron Halliburton y otros consorcios, así como para mejorar la deteriorada imagen del presidente Bush y el Partido Republicano. […] El gobierno estadounidense no sólo cometió violaciones de derechos humanos –incluidos los delitos de tortura y desaparición forzada, contemplados por el derecho internacional–, sino que las justificó, alegando que eran necesarias y legales. Fomentó, por ejemplo, la islamofobia o los sentimientos de temor injustificado y de mantener posiciones de hostilidad hacia los musulmanes y todo lo relacionado con ellos. […] Fuente: Llanos Hernández, M. Estados Unidos y sus pretensiones de hegemonía mundial. Su confrontación con el terrorismo internacional. En Valencia Castrejón, S. y Palacios Hernández, A. (2010). Historia mundial del Imperialismo a la Globalización. De 1979 a nuestros días. México: Edere. 69-71.