miércoles, 23 de octubre de 2019

Temas para segundo parcial

Período de entreguerra:
Transformación política económica y sociales.
Situación de EEUU en la posguerra y Europa. recuperación. Prosperidad de los años 20 y la depresión de los años 30. Manifestaciones de la crisis y la propagación. Las formas de intentos de resolver "New Deal"
Totalitarismos, fascismo,caracteristicas de los modelos totalitarios en Europa y las bases filosófica.
Política de Apaciguamiento, las relaciones internacionales.
Segunda Guerra:
Antecedentes y etapas del conflicto de la segunda guerra. La batalla del Rio de la Plata y las vinculaciones con Uruguay.
El Uruguay del 900,
La cultura civilizada, la demografía y la situación social.
Posturas historiográficas del Primer Batllismo: reformismo, populismo. Llegada de Batlle al poder, las revoluciones de 1897/1904 significación. La ideología del Batllismo: conceptos claves. Realizaciones a nivel económico social: nacionalización y etatización, la legislación social y obrerista, apoyos a lo movimientos obreros. La derrota del Batllismo "alto de Viera" nueva constitución. República del compromiso y/o conservadora características. la constitución de 1919.
El quiebre institucional del terrismo, la política económica.

PIENSEN EN CUESTIONES CONCRETAS PARA EL APOYO DEL JUEVES.

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viernes, 18 de octubre de 2019

TERRISMO: interprtación historiogáfica y política económica

Perspectiva de Caetano.Terrismo


"La crisis capitalista de 1929 se hizo sentir tarde y en forma amortiguada en Uruguay. A través de la ventana tradicional de las variaciones del comercio internacional y la dependencia financiera, sus efectos comenzaron a impactar con fuerza evidente hacia 1931. Como ya había ocurrido anteriormente en 1913, las consecuencias de la crisis se asociaron en el corto plazo con la racionalización de un segundo impulso reformista en las políticas públicas, una fuerte reacción conservadora y una polarización política y social. Sin la posibilidad de que un arbitraje electoral moderara la disputa, como había acontecido en 1916, el sistema de partidos se dividió en forma transversal, con batllistas netos y nacionalistas independientes de un lado y riveristas y herreristas del otro, con la tercería marginal de la izquierda política y de los sindicatos, tan debilitados como divididos. En ese marco, Gabriel Terra demostró muy pronto que no era el 'presidente guardia civil' con el que en abstracto había soñado Batlle y Ordoñez, al pretender justificar el híbrido de la Constitución de 1919, tras el pacto con el nacionalismo anticolegialista. Así pudo probarse que la Constitución de 1919 no tenía soluciones previstas para la hipótesis de una confrontación radical de posiciones entre los dos polos del 'Ejecutivo bicéfalo': el presidente (que controlaba la fuerza) y el Consejo Nacional de Administración (que disponía la orientación de las políticas públicas esenciales).
El 31 de marzo de 1933, Terra dio formalmente el golpe de Estado, contando con el respaldo de herreristas y riveristas, el apoyo operativo de la policía y la aquiescencia cómplice del ejército, al que previamente había 'expurgado' de generales batllistas. Al fundar lo que calificó como una 'dictablanda', Terra disolvió el Consejo y el Parlamento pero de inmediato convocó a las urnas para plebiscitar una nueva Constitución y legitimar a través de comicios a las nuevas autoridades. La mayoría de la oposición al golpe de Estado reaccionó con la abstención electoral, en procura de quitar legitimidad al régimen emergente.
En 1934, meses después del golpe de Estado, Gabriel Terra fue ratificado como presidente de la República por parte de la Asamblea General Constituyente, en procura de restablecer su legitimidad institucional, que la oposición persistió en cuestionar. Los cambios en la Constitución definieron una nueva institucionalidad, más ajustada a la nueva ecuación de poder: se estableció un Poder Ejecutivo dúplex, con un presidente que retomaba poderes pero que contaría con un gabinete ministerial de integración coparticipativa; se creaba el llamado 'Senado del medio y medio' para confirmar el acuerdo entre terristas y herreristas; se incorporaban nuevos derechos sociales; al tiempo que se dejaban de lado algunas propuestas coporativistas, impulsadas por sectores más ultristas que también habían apoyado el golpe y que miraban con expectativas el ascenso del fascismo en Europa. Pese a lo que muchos esperaban y a que los sectores que apoyaban la dictadura controlaban cómodamente a la Asamblea Constituyente, no hubo respaldo para una refundación institucional."
Caetano, G. en Caetano, G. (Dir.) Marchesi, A., Markarian, V., Yaffé, J. (Coord.) (2016) Uruguay. En busca del desarrollo entre el autoritarismo y la democracia. Tomo III – 1930/2010. Montevideo: Ed. Planeta. pp. 37 – 39

"La crisis expresada por el golpe de Estado de Gabriel Terra se daba en el contexto de una América Latina conmovida por la crisis capitalista, con una verdadera cascada de golpes militares, que iniciaban dictaduras tan férreas en lo represivo como conservadoras en lo político y social. La dictadura terrista surgió en cambio de una crisis mucho más referida a una disputa inconciliable dentro del sistema político que a su quiebre y su desborde protagonizado por militares golpistas. De todos modos, el golpe de Estado contó con el respaldo decidido de las cámaras empresariales, unificadas en el llamado 'Comité Nacional de Vigiliancia Económica', fundado en 1929. No hubo aquí esos liderazgos militares y esas constelaciones antipartidistas que constituyeron la punta de lanza de la gran mayoría de las dictaduras civil-militares que por entonces se desplegaron por casi toda América Latina. En su lugar se dio un golpe palaciego -no por ello menos repudiable en tanto quiebre de la institucionalidad legítima-, que impulsó una reorientación conservadora aunque moderada en las políticas públicas.
La política económica del terrismo mantuvo el dirigismo económico y una conducción estatista, aunque orientada a fortalecer el protagonismo del sector privado nacional y extranjero. Se continuó con las pautas industrialistas de un proteccionismo particularista, al tiempo que comenzaron a aplicarse en forma poco ortodoxa estrategias de control monetario orientadas a favorecer la rentabilidad empresarial. En las políticas sociales se consolidó el freno a las reformas y se aplicaron políticas restriccionistas frente a la inmigración 'indeseable', el Estado mantuvo su papel como gran empleador, se continuaron políticas asistencialistas dirigidas a los sectores populares, se implantó un régimen de libertad salarial moderado y se verificó una ampliación del régimen jubilatorio, aunque de acuerdo a pautas conservadoras. Pese a los reclamos empresariales, el gobierno no aceptó impulsar la reglamentación de la acción sindical. En materia de política exterior se consolidó la apuesta panamericanista, se confirmó una mejora sustancial en las relaciones con Inglaterra (dejando atrás toda propuesta nacionalizadora que pueda ser vista como amenazante), se reforzaron las relaciones con Argentina y Brasil. Sin embargo, como señal de reorientación conservadora, se efectivizó la ruptura de relaciones diplomáticas con la URSS (1935) y con la República Española al inicio mismo de la Guerra Civil (1936), al tiempo que se profundizaron como nunca las relaciones políticas y comerciales con la Alemania nazi y la Italia fascista." (40, 41)

"El régimen terrista reprimió a la oposición y persiguió disidencias tanto políticas como sociales. Pero desde su origen no ocultó su base partidista, a través de las fracciones que le dieron sustento y concurso para el ejercicio del gobierno. Dicho de un modo más simple: ni el golpe, ni la Constitución de 1934 (iniciadora, para el oficialismo, de la tercera república y para la oposición, de una república de tercera), ni la gestión de gobierno -novedosa en algunos campos, continuista en otros- fueron obra de un actor político no partidario, ajeno al sistema hasta entonces disponible. Como vimos, no se dio el liderazgo de fuerzas o coaliciones alternativas (como lo ejércitos asociados a grupos económicos dominantes, tan comunes en la América Latina de la época). Los partidos fueron seriamente afectados en su vida interna y pública, pero pocas veces fueron impugnados de raíz (por ejemplo desde ciertas pretensiones fascistizantes presentes pero de escaso predicamento) como los actores legítimos de gobierno.
En contrapartida, las divisiones internas preexistentes se profundizaron y operaron incluso como marcas de identidad de las fracciones de ambos partidos tradicionales ante la ciudadanía. Las oposiciones se consagraron en torno a polaridades vinculadas con la coyuntura: pro terristas y anti terristas; concurrrencistas y abstencionistas; colaboracionistas u opositores; incluso aliadófilos y neutralistas, para mostrar algunas claves internacionales muy relevantes en el trámite de la restauración democrática. Ninguna de estas dialécticas ocurrió afuera de los partidos, por más que la vida de sus asambleas estuviera vedada o restringida.

La división de batllistas y antibatllistas era desde luego mucho más antigua y compleja que el episodio terrista. Solo que la dictadura la organizó de un modo más dramático, aunque de todas formas institucionalizado y previsible, permitiendo a cada sector el cumplimiento de un rol en el sistema. La división entre herrerismo y nacionalismo independiente también tenía raíces más lejanas, ya presentes tal vez en la misma tensión constitutiva de la síntesis entre lo blanco y lo nacionalista. Mientras tanto, los partidos de izquierda y los sindicatos, como había ocurrido el día del golpe, no pudieron trascender sus debilidades y su marginación relativa, pese a sus intentos de convergencia política finalmente fracasados. La dictadura terrista derivó -de modo principal aunque no únicamente- de los partidos tradicionales, al tiempo que también los dividió con profundidad inédita desde comienzos de siglo. Catalizó definiciones, estilos y liderazgos que trascendieron el período propiamente dictatorial y que resultaron imprescindibles para explicar procesos posteriores tales como la lucha por el liderazgo de Luis Batlle o la tardía victoria del Partido Nacional en 1958." (41 – 43)

Régimen Terrista. La perspectiva de Finch.


“… a comienzos de la década del treinta, el batllismo logró extender la acción del Estado a actividades directamente productivas –como la creación de ANCAP- mediante acuerdo con un sector del Partido Nacional (el Nacionalismo Independiente) a cambio de la participación de ese sector en el reparto de los cargos públicos a crearse.
Este ‘pacto del chinchulín’ –tal como lo denominó Herrera- realizado en 1931, fue explotado por Gabriel Terra como una muestra de la corrupción del gobierno colegialista durante la campaña que precedió al golpe de estado que tuvo lugar dieciocho meses mas tarde. Terra también sacó provecho de esta circunstancia al asegurarse la neutralidad y la eventual cooperación del sector herrerista del Partido Nacional excluído del pacto. De todos modos, la división de la elite política era, fundamentalmente, un reflejo del impacto de la depresión mundial en el sector de los propieatrios rurales y de su impotencia política dentro del esquema batllista. Desde el punto de vista de los ganaderos que producían para la exportación, la caída de los precios mundiales a comienzos de los años treinta puso fin a una etapa que se inició con una baja de los precios al terminar la guerra, se estabilizó en un 30% por debajo del pico de los años bélicos a mediados de la década del veinte y cayó luego, en forma radical, con la crisis. En términos de volúmenes físicos, las cifras resultaron apenas más alentadoras ya que el promedio de las exportaciones en el período 1926-1930 apenas superó en un 20% los niveles de posguerra. Este estancamiento estaba en agudo contraste con el rápido crecimiento de los valores de exportación en la década anterior al primer conflicto mundial que había coincidido con la fase radical del batllismo. La creciente hostilidad de los propietarios rurales hacia los políticos, el estatismo, la burocracia y los impuestos se manifestó en los años veinte a través de la Federación Rural. En 1929 esta institución desempeñó un papel primordial en la creación del Comité de Vigilancia Económica, un agrupamiento de los sectores conservadores en defensa de sus intereses. La acción de los rurales sólo fue efectiva, sin embargo, en aquellos puntos en los que coincidieron con el sistema político, tal como sucedió en la común oposición a las actividades del trust de la carne que rebajaba los precios del ganado. La creación en 1928 del Frigorífico Nacional significó para los productores ganaderos una defensa contra la dominación del capital extranjero en el comercio de exportación de carnes. Los partidos y el sistema político obtuvieron, sin embargo, a través de esta medida, una ampliación de su área de influencia.
Resulta significativo el hecho de que –en comparación con otros países del área- la reacción política de Uruguay ante la depresión mundial fuese tardía. El impacto económico de la crisis alcanzó su máxima gravedad en 1932 cuando las exportaciones cayeron en un 58% de las cifras de 1930. Automáticamente se produjeron déficit en el presupuesto y en la balanza de pagos así como la devaluación del peso, pero la tormenta estaba empezando a superarse en el momento del golpe de estado de marzo de 1933. Aunque la política del Consejo Nacional de Administración en los dos años anteriores –con el establecimiento de controles cambiarios y del comercio exterior- estaba dirigida básicamente a enjugar los déficit comerciales e impositivos, existen buenas razones para sostener que estas medidas respondían a los objetivos tradicionales del batllismo. La restricción de importaciones fue planificada para que tuviese efectos proteccionistas sobre la industria local, la estabilización del peso devaluado a niveles superiores a la cotización del mercado castigaba al sector exportador, la amortización de la deuda externa y la remesa de intereses a Gran Bretaña fue suspendida, el ‘pacto del chinchulín’ permitió la creación de una empresa estatal (ANCAP) destinada a la refinación de combustibles y alcoholes y a la producción de Pórtland, y la reducción del déficit presupuestal se planeó más sobre la base del aumento de impuestos que sobre una reducción de los gastos.
El golpe de estado de 1933, aunque resolvió en beneficio de los poderes económicos el problema de su falta de representación en el sistema político fue, en parte, originado también por divisiones internas en el seno mismo de los partidos, y el régimen que generó pudo mantenerse no sólo a través del ejercicio de la autoridad sino- en la misma medida- por expedientes puramente políticos. Al no destruir las organizaciones partidarias fue, a su vez –una década más tarde- desplazado por el renacimiento del batllismo. El propio Terra había realizado toda su carrera política en las filas del batllismo y fue electo para la Presidencia de la República en 1831 como candidato de ese sector. Posteriormente inició desde el gobierno una campaña propagandística denunciando la corrupción e ineptitud del Colegiado que -…- compartía con él las funciones del Poder Ejecutivo. Desde comienzos de 1933 pudo contar con la aquiescencia de Herrera –jefe del sector mayoritario del Partido Nacional- que tenía importantes conexiones en el medio rural. El golpe mismo, llevado a cabo bajo la consigna de la reforma constitucional, provocó escasa resistencia popular. La fuerza de la tradición bipartidista y la dependencia de Terra con respecto al apoyo de un sector del nacionalismo hicieron que la nueva Constitución se basase en un nuevo acuerdo interpartidario. La coparticipación continuó siendo pues, el modus vivendi de la vida política del país.
(…) la orientación gubernativa del nuevo régimen significó un corte con la ideología batllista. Indudablemente, el sector más beneficiado por el cambio fue el de los propietarios rurales. La nueva línea se manifestó con claridad en el mensaje presidencial que acompañó los proyectos de reducción de los impuestos sobre el agro: ‘El iniciar una tendencia de rectificaciones y correcciones a favor de la campaña, por medio de estas leyes que más directamente influyen sobre la vida rural, señalará el principio de una etapa histórica en la vida económica de la República’ (boletín del Ministerio de Hacienda, vol. 20 nº 10, 1933). Otros beneficios económicos directos favorecieron a la campaña y entre ellos deben destacarse la suspensión del pago de hipotecas sobre la propiedad rural, la mejora en los pagos a los productores ganaderos y la devaluación de los tipos de cambio aplicables a las exportaciones. El apoyo de los sectores de las clases altas se consolidó sobre la base de una oposición a la extensión de la legislación laboral y social y a los avances del Estado en las actividades industriales.
(…) Para los productores de carne, con su principal mercado amenazado –Gran Bretaña absorbía la cuarta parte del total de las exportaciones uruguayas- y ante la inminencia de las negociaciones sobre las cuotas en el abasto del mercado británico de carnes, la remoción del gobierno batllista se convirtió en un asunto fundamental. El Foreign Office había ya expresado sobre Terra. ‘Si tiene éxito (en despojar de su autoridad al Consejo Nacional de Administración) ello será en beneficio de nuestro punto de vista’ (F.O. Memorando, 18 de noviembre de 1931).
En 1936, se ve una medida antibatllista de interés directo para los capitales británicos, cuando la Ley Baltar negó a los entes autónomos el derecho de establecer monopolios legales tales como el que se había concedido a la ANCAP en 1931 y a los que estaban autorizados por sus leyes de creación.
Uno de los efectos de la crisis económica internacional, …, fue el de promover una mayor industrialización. Este proceso no se debó al desplazamiento de un grupo de la elite dirigente (los propietarios rurales) por otro grupo anteriormente subordinado (la burguesía industrial).
(…) la mayor rentabilidad del sector industrial era una consecuencia del colapso de los precios mundiales de los productos primarios y de la necesidad, cada vez mayor, de que el país se abasteciese a sí mismo en rubros en los que antes dependía de las importaciones. El proceso de sustitución de importaciones se vio acelerado por medidas de emergencia tomadas a partir de 1931 y continuadas bajo el régimen de Terra. No fue, por lo tanto, la consecuencia de un cambio político favorable; por el contrario: fue el resurgimiento –bajo nuevas circunstancias- del sector urbano el que contribuyó a la restauración del batllismo en el poder y será ese batllismo restaurado el que desarrollará una política de rápido crecimiento industrial, especialmente después de 1947.” (Finch, Henry Historia económica del Uruguay contemporáneo Ed. de la Banda Oriental Uruguay, 1980 pp. 21 a 26)

Economía durante el Terrismo

El avance de la regulación a partir de los treinta
Con respecto al sector agropecuario las medidas impulsadas intensificaron el tono regulador puesto de manifiesto al final de los años veinte. La creación del Ministerio de Ganadería y Agricultura en 1935 fue la expresión institucional de la prioridad que el régimen terrista asignó al sector agropecuario. En su órbita funcionaron diversos organismos de estímulo a la producción.
Ante los efectos de la crisis sobre el agro, y teniendo en cuenta el apoyo prestado por los ganaderos al golpe de estado, se rebajó la contribución inmobiliaria rural, se suspendió la amortización de los prestamos contraídos por los ganaderos con el Banco Hipotecario y, lo que fue muy favorable para los exportadores, se devaluó la moneda (1935 y 1938) y se les fijó un tipo de cambió más favorable.
Fue notorio el aumento gradual de la intervención estatal en la comercialización de la producción. En 1935 se firmó un Convenio comercial con el Reino Unido (Convenio Cosio- Runciman) que aseguró una cuota en el mercado británico a las carnes uruguayas. Además se firmaron acuerdos comerciales de canje con Alemania e Italia. A partir de 1939 se centralizó en el Ministerio de Ganadería, del que pasó a depender la Comisión de Carnes, todo lo relativo a su exportación. (...)
En relación al sector industrial se continuó con la tradicional apuesta proteccionista del batllismo, elevando aranceles y estableciendo prohibiciones para la importación de productos competitivos con la producción nacional y se volvió al expediente de los privilegios industriales para promover el desarrollo de nuevas iniciativas y la modernización de las existentes, aprobándose en 1930 una nueva ley al respecto. El establecimiento en 1931 del Control de Cambios, abrió un nuevo eje para la promoción de la industria en tanto el Estado contó, a partir de entonces, con un instrumento que le permitió asignar divisas, imprescindibles para las importaciones que la industria requería.
La creación de ANCAP en 1931 y la inauguración de la usina termoeléctrica “José Batlle y Ordónez”, tuvieron fuertes conexiones con la política industrial. En 1937, culminaron las obras de la refinería de La Teja y en el mismo año se inició la construcción de la represa de Rincón del Bonete.
El terrismo no rompió en éste, como en muchos otros campos de la política económica, con la línea de promoción industrial desplegada por el CNA, aún cuando el advenimiento de la dictadura estuvo fuertemente asentado en el apoyo del sector ganadero a través de sus expresiones gremiales y políticas.
Al Control de Cambios se le agregó el Contralor de Importaciones, fortaleciendo de esa forma la capacidad de regulación estatal respecto al monto y al tipo de productos que se importaban. Cuando en 1941 se estableció el Contralor de Exportaciones e Importaciones, se completó el conjunto de organismos y reglamentaciones a través de los cuales el Estado desplegó en los años siguientes una cada vez más afinada regulación del comercio exterior y, por medio de ella, una creciente transferencia de recursos orientada al estímulo de la diversificación productiva y de la distribución del ingreso.
En el comercio exterior, la creación del Contralor de Exportaciones e Importaciones (Ley Nº 10.000 de 10 de enero de 1941) marcó el punto culminante de una acumulación institucional iniciada a comienzos de los años treinta, que marca, a su vez, una llamativa continuidad en las políticas del CNA [Consejo Nacional de Administración], el terrismo y el neobatllismo con referencia al sector. Las atribuciones del Contralor comprendían: el control de la operaciones de compra y venta con el exterior, fiscalizando el valor de las mismas, así como su origen o destino; la concesión de permisos de importación de acuerdo a cierto orden de prioridades (materias primas para alimentos indispensables, para la salud y los servicios públicos, maquinarias, repuestos, etc.); la asignación individual del cambio a los importadores contemplando sus necesidades, el personal ocupado, etc.; y la fijación del tipo de cambio para los importadores (según los mismos criterios) y para los exportadores. La política monetaria y cambiaria estaba estrechamente vinculada con la regulación del comercio exterior. La convertibilidad oro del peso uruguayo suspendida en 1914 nunca fue restablecida. Cuando, en 1935, se puso en marcha el primero de los “revalúos” se “respaldó” una nueva emisión monetaria destinada a cubrir deuda pública, apoyar al sector exportador y desarrollar políticas de empleo.
En 1938 se puso en marcha el “segundo revalúo”, al mismo tiempo que se autorizó una nueva emisión monetaria destinada a cubrir el déficit presupuestal, o pagar servicios de deuda y a realizar obras públicas. En este mismo año fue aprobada una ley por la que se reglamentaba la actividad de los bancos privados. Durante la Segunda Guerra Mundial, se
reforzó el papel de autoridad monetaria del Poder Ejecutivo y los problemas generados por los flujos monetarios hacia el exterior en la inmediata posguerra impulsaron nuevas definiciones en cuanto al manejo de los asuntos monetarios.
Por último, en lo que tiene que ver con el mercado de trabajo, en los años treinta no hubo regulación salarial propiamente dicha, con la única excepción de la industria frigorífica que tuvo salario mínimo estipulado por ley sancionada en 1930. Hasta 1943, los salarios de la actividad privada se fijaban en el libre juego del mercado. A partir de ese año, con la
promulgación de la ley que estableció los Consejos de Salarios y Asignaciones Familiares, se montó un complejo andamiaje institucional al servicio de la regulación salarial. La ley asignó a estos consejos la fijación de un salario mínimo que asegurase la satisfacción de las necesidades físicas e intelectuales, a través de la negociación de las partes con la mediación del Estado. Los sueldos mínimos de los empleados públicos y trabajadores rurales que quedaban fuera del mecanismo de negociación tripartita del salario, se fijaban por ley. En los años cuarenta la regulación del costo de la fuerza de trabajo se completó con el antes mencionado control de precios de artículos de primera necesidad y de los alquileres.
Mientras que el Contralor fue el instrumento mediante el cual se canalizó la transferencia de recursos desde el sector agro-exportador hacia el sector industrial y el propio Estado, los Consejos habilitaron la transferencia de ingreso desde el sector empresarial urbano hacia los asalariados. Por otra parte el Estado, a través de sus políticas sociales (educación, salud, vivienda, seguridad social, alimentación) y de su dominio industrial y comercial, se volvió él mismo un vehículo de las transferencias de ingreso hacia los trabajadores rurales y urbanos.
Al considerar los efectos de las regulaciones salariales sobre el nivel de vida de la población, no puede dejar de considerarse la evolución de las políticas sociales a lo largo del período.
Frente a la desocupación de los primeros años treinta, el terrismo promovió la realización de obras públicas y, en términos más generales, se expandió el empleo público. Además, el régimen promovió diversas medidas paliativas de la grave situación social (precios tarifados y subsidios, rebajas de arrendamientos, comedores populares, expendios municipales).
Todas estas medidas fueron la contracara del autoritarismo y la represión impuesta a la acción sindical, dando vía libre a la persecución desplegada por las patronales, que dejó sin defensas a los sectores asalariados frente a la notable caída del salario real durante la dictadura.
(Instituto de Economía: “El Uruguay del siglo XX. La Economía”, EBO – Instituto de Economía, 2003,
págs. 53 – 59)

martes, 20 de agosto de 2019

Segundo Impulso Modernizador- Reformismo - En 900

LA SOCIEDAD DEL 900.

A partir de 1860 aproximadamente, las costumbres de nuestra sociedad comienzan a cambiar, debido a varias razones. Por un lado, el avance de la educación de masas y por lo tanto, el retroceso del analfabetismo. Por otro, la urbanización de la sociedad que provoca un cambio de mentalidad en todos los sectores. A su vez la europeización de las costumbres, genera la adopción de una mentalidad diferente, a decir del historiador Barrán, la “sensibilización” de las costumbres “bárbaras”.

El nuevo rol femenino.

En el Uruguay comienza a primar desde fin de siglo un nuevo modelo demográfico, o sea, las familias comienzan a tener menos hijos y a tratar de controlar la natalidad. Esto es producto de una situación económica seria que está atravesando el país. La disminución de la natalidad y el retardo en la celebración de los matrimonios, eran una consecuencia del encarecimiento de la vida. Fue la ciudad quien primero vio sus dificultades y aceptó el nuevo modelo demográfico. Al carácter urbano sumaba su rasgo portuario, lo que facilitaba el contacto con el exterior. Los inmigrantes tuvieron mucho que ver en este cambio de mentalidad. Quienes llegaban eran los que se habían atrevido a cortar los lazos con Europa, buscando el ascenso social. El número elevado de hijos podía trabar dicho ascenso.
La represión de la sexualidad femenina era una de las condiciones para que triunfara el control de la natalidad con métodos espontáneos. Una de las formas era retrasar la edad matrimonial, lo que causó una represión sobre la mujer, pero liberalizó al hombre. Se acentuó así el culto a la virginidad que reemplazó al anterior de la fecundidad. Los noviazgos se eternizaban; el joven debía esperar a tener una “posición”; ella iba haciéndose el “ajuar” puntada a puntada. El “dragoneo” comenzaba en la calle o a la salida de misa, luego la conversación en el balcón o el zaguán, después, el interminable “servicio de sala”. Nunca solos “la lámpara encendida, con la madre tejiendo o cosiendo frente a ellos y oyendo, aburrida, tontos monosílabos y sin que nunca las manos de los enamorados se tocaran, estarían hasta las 11, hora en el que el padre cerraría el diario demostrando que era el momento de retirarse”.
El puritanismo se enseñoreó de la sociedad uruguaya, sobre todo del medio urbano y de sus clases medias y alta. Este modelo demográfico impuso nuevas conductas. La separación de sexos era estricta. Comenta una “dama” del 900, Josefina Lerena Acevedo de Blixen: “Yo era todavía una colegial, pero debía acompañar a una tía ya que ninguna mujer soltera debía salir sola a esas horas... Las señoritas paseaban en grupos...”. En las playas también se solían separar los sexos. “Empezó por aceptárselas [a las playas] como para prevenirse de las enfermedades del invierno, cuidando que el sol no afiebrara las cabezas y no diera a los cuerpos la horrible pátina del bronce. Así, la gente trataba de ir temprano, como máximo a las 8 y hasta en los días nublados abría las sombrillas. Prudentemente los médicos sostenían que el baño de mar debilitaba, y que no debía durar más de 5 minutos...”.  Los rigurosos trajes de baño femeninos, a usarse en zonas de baño separadas para mujeres y hombres, hacían que estas mujeres parecieran sin cuerpos y sin caras. Cuando el tranvía pasaba de una zona de baño a otra y por lo tanto, por encima del baño de los hombres, las madres decían a sus hijas que no miraran hacia el lado del mar. Y las niñas, obedientes, bajaban los ojos.
Para la mujer de la época, quedaban dos caminos a seguir: buscar la independencia económica o el matrimonio. El problema ahora era la soltería femenina. El hombre trabajaba, la mujer de clase media y alta no. Comienza, lo que se dio a llamar, la “carrera matrimonial”. Comenta Domingo Arena: “en cada casa donde hay una muchacha casadera, se espera ansiosamente al marido y se recibe por regla general al primero que llega, por el justo temor de que no aparezca otro.” Los padres a veces presentaban todas sus hijas casaderas a ricos pretendientes herederos de campos para que éstos eligieran con cuál deseaban iniciar el noviazgo. “¡Qué es lo que no aspiran los padres para sus varones! Esa aspiración consiste verlos formados, dueños de una carrera o de un negocio en marcha, capaces de bastarse a sí mismos; en cuanto a las mujeres, aquella aspiración equivale a verla casada. (...) [La mujer] ha sido atendida, criada y conservada, al sólo efecto de ser entregada a un marido que va a sustituir al padre en la tutela, en el cuidado y en la dirección de su vida de mujer”. 
            Otro de los caminos que quedaba a la mujer era el mercado laboral. No fue casual que en el mismo momento histórico en que el modelo demográfico limitaba el papel de madre de la mujer, se forjaran para ella alternativas laborales. También influyeron otros factores: el deseo de liberación femenina, el apoyo de los radicales (anarquistas, socialistas, batllistas) y la avidez del naciente capitalismo industrial por una mano de obra abundantísima y muy barata.
            Las pioneras fueron las obreras de las fábricas de Montevideo y los saladeros del litoral. Estas mujeres fueron usadas como un gran ejército de reserva; se les pagaba menos salario y por lo tanto se podía emplear a un mayor número originando pocos gastos extras.
            La liberalización de la mujer comenzó también en el plano ideológico, surgiendo el movimiento feminista, que más que un movimiento político, fue una actitud de vida que escandalizó a la clase alta y culta montevideana.

Clases conservadoras

            Era la clase que controlaba los sectores clave de la economía nacional: ganadería, comercio, industria y crédito. Se organizaron en fuertes gremios: Federación Rural, Asociación Rural, Cámara de Comercio, Cámara de Industria y Cámara Mercantil de Productos del País.
            El sector rural de la clase alta estaba constituido por unas 1.300 familias que poseían el 40% del suelo.
            El sector mercantil estaba integrado también por banqueros y prestamistas privados, grandes importadores, ricos barraqueros, inversores en tierras en el interior y propietarios de cientos de casas en Montevideo. Habían basado su poder financiero en el siglo XIX en el negocio de la deuda pública y en el comercio de tránsito. En el siglo XX, su situación iba a cambiar, cuando el Estado coloque la deuda en el extranjero y se inaugure el puerto de Buenos Aires.
            Entre los grandes industriales, dominaban los inmigrantes de origen italiano, español y francés. Existía también un grupo importante de capitales nacionales que invirtieron en la industria alimenticia. El gran capital extranjero (inglés y norteamericano) monopolizaba los servicios públicos (agua, transporte, gas, comunicaciones) y el frigorífico.

Clases populares

            Eran la mayoría del país, tanto en el medio rural como en el urbano; sin embargo, eso no significaba que fueran fuertes en esta época.

            Las clases rurales habían protagonizado las revoluciones de Saravia, con poca conciencia de sus intereses, sin llegar a poner en peligro real al gobierno de turno. Dispersas en la estancia o marginadas del trabajo, eligieron la emigración a los países vecinos y a Montevideo, o la permanencia en el pueblo de ratas. Significaban para el partido en el gobierno y las clases conservadoras, una preocupación pero no un verdadero temor. Lo que las neutralizaba y mantenía en la quietud era su dispersión, el conservadorismo y que en gran parte eran pequeños propietarios. Todo lo que la miseria convertía en explosivo en la campaña, lo anulaba la dispersión de los trabajadores, la emigración y el analfabetismo.

            Las clases urbanas se concentraban principalmente en Montevideo. La ocupación principal era la industria, la construcción, el transporte y los gráficos. Totalmente diferente a la vida en el campo, la ciudad agrupó a los obreros que compartían su vida miserable en los conventillos. Estos actuaron como la gran fuerza que ambientó la combatividad en los obreros; alquiler alto y salario bajo generaron una oposición frontal al grupo poseedor (tanto propietarios como patrones). También influyó la gran cantidad de inmigrantes europeos que venían con la experiencia de su país de origen y su ideología anarquista. Fueron ellos quienes hicieron los primeros intentos de agremiar y sindicalizar a los trabajadores. Los primeros gremios de obreros de importancia combativa, estaban guiados por anarquistas.
              Pero lo que más movilizaba a los obreros eran las condiciones de trabajo que padecían. Trabajaban entre 11 y 12 horas diarias por salarios bajísimos, sometidos a cualquier cantidad de penalizaciones que reducían aun más el salario. Niños y mujeres trabajaban por igual y en las mismas condiciones que sus compañeros hombres, pero cobrando menor salario.
Vivienda obrera: el conventillo
"Un cuarto de esas casas ómnibus", que abrigan al mendigo como al humilde industrial, tiene generalmente una puerta sobre el patio y una ventana a lo más; es una pieza cuadrada de cuatro metros por costado y tiene el siguiente destino: es el dormitorio del marido, de la mujer y de los hijos, que son por lo menos 5 o 6, generalmente sucios; es el comedor, la cocina y la despensa; el patio donde juegan los niños, el sitio donde se depositan los excrementos, a lo menos provisoriamente, el depósito de basuras, la sala de la ropa sucia y limpia, si la hay; la vivienda del perro y del gato, en una palabra, un sitio en donde 5 o 6 personas respiran de una manera contraria a todas las prescripciones higiénicas, a todas las leyes del sentido común y del buen gusto y a todas las exigencias del organismo". (Octavio Morató, Problemas sociales en el Uruguay).
"Las cincuenta personas que viven en el conventillo de Galicia1117, son condenados a la mugre perpetua. Piezas insalubres, sin luz, escasez de agua, ratas y un ambiente impregnado de fétidos olores. Su dueño, Juan B. Introzzi, percibe mensualmente unos 200 pesos por concepto de alquileres. El Sr. Introzzi, propietario del conventillo, es dueño de casi toda la manzana, fuerte comerciante de plaza, establecido en Rondeau y Galicia y está construyendo un regio palacete junto al conventillo. En el conventillo hay dos waters, dos canillas de agua y una cocina de 0,70 por 0,50. Tiene 20 piezas y el alquiler oscila entre $7 y $10". (Diario Justicia, 1929)



“El Uruguay durante el primer batllismo”

El reformismo en vez del batllismo

          "Los movimientos políticos y sociales son lo que quieren sus protagonistas pero también lo que ven de ellos sus antagonistas e incluso el historiador, quién representa la interrogación del presente (...) Batlle se vio a sí mismo como un hombre del progreso, los obreros lo consideraron un amigo, el patronato industrial y británico lo creyó un socialista, los socialistas, un burgués de buena voluntad, los blancos un autócrata demagogo, y el historiador, un reformador. Cada una de estas miradas es falsa y verdadera al mismo tiempo por parcial, y son todas juntas la que dan idea cabal del personaje, el movimiento que protagonizó y su época. Fue ese elenco político del novecientos, el protagonista de la que de ahora en adelante denominaremos reformismo, es decir, la tendencia a promover el cambio más o menos radical de los modelos económicos, sociales y mentales, sin recurrir a la violencia.
          Preferimos usar el término reformismo en lugar del habitual batllismo por varias razones.
          En primer lugar, en todo el periodo a estudio 1903 a 1916 (...) el batllismo no era aún un partido organizado, con autoridades, lema y programa; tampoco, a no ser en los años finales, 1914-16, un movimiento de masas.
          En segundo lugar, los que vivieron y escribieron entre 1905 a 1910, utilizaron en general el término reformista para designar a la corriente que luego se denominará batllismo. En los documentos analizados, mensajes presidenciales, ministeriales, discursos parlamentarios y editoriales periodísticos, los seguidores de Batlle se llamaron a si mismos reformistas o reformadores, pretendiendo expresar con ello la esencia misma de su nueva fe; el uso del aparato estatal para la promoción de una economía que nos tornara independientes, de una sociedad que fuera justa, de una cultura científica que nos liberaran de la esclavitud de la ignorancia, todo ello dentro del respeto por el estado de derecho y sus reglas de juego, lo que impedía el recurso a la violencia revolucionaria y a la vez identificaban al reformismo con la defensa de los derechos individuales, herencia que la mayoría de sus dirigentes no podía olvidar por haberse formado al calor de la lucha contra el santismo.
          En tercer lugar, el uso del término reformismo nos permite ubicar al batllismo como una de las muchas corrientes políticas europeas y americanas que buscaron en las primeras décadas del siglo XX eliminar las aristas más crudas del capitalismo salvaje y resucitar el viejo anhelo de 1789 por una sociedad ideal, sin recurrir, empero, a los mismos métodos(...)
          El reformismo se vio a sí mismo como un socialismo de estado, tan respetuoso de la propiedad privada, como consciente de las limitaciones de ese derecho, tan dispuesto al cambio como a promoverlo solo por la evolución pacífica."
Barrán –Nahum. "Batlle, los estancieros y el imperio británico" Tomo II.

El Batllismo como populismo

La relación del Estado y estos sectores populares le hacen proponer a Zubillaga al Estado Battlista como uno de los primeros Estados Populistas en América Latina,  el cual logra  la separación del Régimen Oligárquico.
Según este autor, el término populismo en Latinoamérica ha sido utilizado en forma restringida, en el sentido que engloba los procesos políticos comprendidos en la pos crisis del 1929 y caracterizados por la ruptura del régimen oligárquico. Zubillaga pretende reformular el sentido temporal de tal término, ya que el crack del 29 significó para el proceso político la causa última de la crisis del poder oligárquico. Para el autor populismo podría definirse por como "movimiento político latinoamericano, basado en la concertación social, a través de estrategias reformistas llevadas a cabo por el líder carismático; no concibe u sistema de democracia formal; intenta modificar el aparato agroexportador promoviendo una industrialización acelerada para lograr una inserción más autónoma en el mercado mundial".
Para Zubillaga esto puede verse en diversos puntos del Modelo Batllista, que a su vez, rompen con el Régimen oligárquico:
1.        "Democracia de masas". El modelo pretendió superar las injusticias sociales (ej: legislación obrera), para dirimir el conflicto entre el capital-trabajo (base en el solidarismo).
2.        Busca quebrar la dependencia económica a través de la industrialización (política sustitutiva de importaciones) con la intervención del Estado. Tal intervención y política industrial significa para el Estado una contradicción entre  las aspiraciones  de las masas y sus reivindicaciones y la atracción de inversiones industriales. El modelo batllista  de desarrollo implicó la nacionalización-estatización de empresas (sobre todo de servicios), esto cumplía con una doble funcionalidad: eliminaba la presencia del capital británico y transfería la actividad del sector privado al Estado, lo cual redimía en el aumento del Beneficio Público. La industrialización tenía una triple funcionalidad: limitaba la dependencia, generaba fuentes de trabajo (absorción de la mano de obra excedente del medio rural). La tecnificación y transformación estructural del sector agropecuario tenía dos metas: aumentar, mejorar y diversificar la producción, y re-distribuir la riqueza. (No abordó en los hechos -solo amenazó mediante críticas- los problemas de la gran propiedad: estancamiento).
3.        Concentración de diversos sectores sociales (burguesía, clase media, asalariados, industriales). Tal concentración invoca la presencia de alianzas y acuerdos inestables. El Estado siempre cuida de que el "apoyo masivo" no conduzca al exceso de participación real del mismo. Así la reforma se impone "desde arriba", en nombre del pueblo, pero sin el pueblo.
4.        No existe correlación necesaria entre la participación o inclusión socioeconómica de la masa y la democracia formal. Esta participación de la masa se logra por medio del líder quien transfiere la confianza (apoyo) dado del pueblo al Partido. El líder se presenta como un "componedor" que articulo los diversos intereses, muchas veces cayendo en fuerte autoritarismo dentro del Partido. Este último se convierte en un intérprete del descontento de las masas, masas que no llegan nunca a integrar o compartir el poder.
5.        Ideología pragmática (acción), orientada al interior (promover solución de problemas sociales) reformista (vocación de cambio)= y global (asume la nación como problema)

Para Zubillaga el Modelo Batllista implicó un "socialismo de Estado" que afianzó el capital privado, se impuso obligaciones para con los obreros, desarrolló fines secundarios del Estado, y las industrias estatizadas mantuvieron autonomía absoluta. De ahí su política de concertación" que también generó preocupaciones del sector empresarial. Este socialismo de estado lo convierte en una anticipador del conflicto (percibe la intangibilidad del orden social) al cual Zubillaga llama "Estado Providente", Estado árbitro que realiza reformas desde el poder, pero que no representa mecanismo de socialización de la producción, co-gestión o autogestión obrera que modifiquen las relaciones de la producción. (por eso es "obrerista" y no "socialista")
La posibilidad de esta interpretación historiográfica debe relacionarse con la política social y económica que impulsa el Estado.

La llegada al poder de BATLLE Y LA REVOLUCIÒN DE 1904
Aparicio Saravia, la piedra en el zapato de José Batlle y Ordóñez

          “Para mantener en alto el espíritu de su gente, Aparicio comenzó a recorrer de este a oeste la línea de fuego, como varias veces, lo había hecho, por detrás de las avanzadas tendidas en guerrilla y por delante del grueso de las divisiones que combatían. “¡Vamos, muchachos, firmes!”, decía a los tiradores, y éstos respondían con entusiasmo: “¡Viva el General Saravia! ¡Viva el Cabo Viejo!” Inconfundible con su sombrero y su poncho blancos, sobre el enorme caballo tostado, lo seguían en fila a pocos metros su abanderado Germán Ponce de León tremolando la señal nacional, el oficial brasileño Eustaquio Vargas y los ayudantes Juan Gualberto Urtiaga y Mauro Saravia, su hijo de 16 años.
          Pasaba frente a la división 9, cuyo jefe era Nepomuceno, cuando su pingo escarceó bruscamente: una bala lo había herido en la paleta.
          A pocos pasos, recibió un segundo proyectil. No había alcanzado a recorrer cien metros más, cuando su jinete lo sofrenó de pronto. Una tercera bala había alcanzado al General en la cintura, traspasándole el vientre de izquierda a derecha. Urtiaga y Mauro galopan hacia él, que procuraba continuar la marcha pero se inclinaba ya sobre la cruz del caballo.
          -No es nada- les dijo; y después:
          -Que no se den cuanta los compañeros que estoy herido.
          Entre ambos lo desmontaron y lo tendieron en el suelo. En ese momento llegaba Nepomuceno, que había visto lo sucedido. Ya unos cuantos soldados rodeaban al grupo; uno de ellos relató luego que el General trataba de sonreír pero se iba poniendo terriblemente pálido; la hemorragia era abundantísima y enrojecía los cojinillos sobre los que estaba reclinado, con la espalda reposando sobre el pecho de un oficial sentado detrás suyo.
          La muerte de los héroes no puede ser como la de los demás hombres. Para el pensamiento mítico, sólo los dioses o la traición pueden vulnerarlos. Desde que se conoció la herida y muerte del caudillo, brotaron las versiones, verosímiles unas, claramente fantasiosas otras. Una cosa puede darse por cierta: no fue una bala perdida la que hirió. Gente hubo que se glorió de aquel tercer disparo; supuestos campeones argentinos de tiro que afirmaron haber recibido ofertas del gobierno uruguayo para desempeñar “misiones especiales”; elementos colorados que se habrían infiltrado en las filas revolucionarias para herir a los jefes a mansalva.
          Pero tal vez la explicación sea mucho más simple. Ya sabemos que el General se ofrecía, como blanco; a 200 metros, no podía dejar de reconocerlo y concentrar el fuego sobre él; eso explicaría que los de su comitiva quedaran ilesos. Muchas veces había desafiado a la muerte, y ella, por fin, aceptó el reto”.

Enrique Mena Segarra “Aparicio Saravia, las últimas patriadas”.
Colección Historia Uruguaya. Los hombres. Nº 12. E.B.O. 1981. págs. 156-157.


José Batlle y Ordóñez visto por la sociedad de su tiempo.

          “Batlle. ‘Obrerista’, ‘socialista’ y ‘comunista’ al entender de las clases conservadoras nativas y el capital británico; admirador de las grandes revoluciones, la francesa de 1789 y la rusa de 1917; furibundo anticlerical por considerar que la religión católica servía para ‘nublar la conciencia del pueblo’, irrespetuoso de las convenciones sociales al grado de vivir junto a su compañera antes de concurrir al Registro Civil en 1894; defensor del ‘matrimonio libre’, el divorcio por sola voluntad de cualquiera de los cónyuges y ‘la liberación de la mujer’; si, todo ello fue Batlle.
          Y fue también; colorado recalcitrante y caudillo de uno de los bandos tradicionales que ametralló al otro y a sus ‘masas campesinas’ en 1904, según se lo reprochara La Democracia en 1915; admirador de la intervención norteamericana en el México de 1914 gobernando por el dictador Huerta; partidario del voto secreto antes de su derrota del 30 de julio de 1916 y contrario al voto secreto luego de ella, porque se presentaba a ‘la corrupción política’ y facilitaba ‘la traición’, al decir de 46 de sus legisladores; intolerante, al grado de negarle honores y el Panteón Nacional a Julio Herrera y Obes y José Pedro Ramírez, sus enemigos políticos, pero tolerante con el riverismo, su enemigo social dentro del Partido Colorado, al grado de ofrecerle la presidencia de la República a Juan Campisteguy con tal de evitar el triunfo del ‘oribismo’ blanco.
          Y, por fin, para terminar con este recuentro de ambivalencias, culpable o causante, como se prefiera, de la modernización de los dos partidos tradicionales al haber incorporado la temática económica y social a la vida política, así como culpable o causante, él, los partidos y la sociedad que los escuchó, de ese rasgo de larga duración del siglo XX uruguayo que es la creencia en la democracia política como único medio legítimo para dirimir la contienda entre los proyectos de país que se disputan siempre el futuro”.
José Pedro Barrán, en Brecha, Montevideo, 30 de mayo de 1986, p. 9

martes, 13 de agosto de 2019

Segunda Guerra Mundial: en URUGUAY

video: https://www.youtube.com/watch?v=1OKV8ytxiME


Documentación sobre la influencia de la IIGM en Uruguay, 1939-45.

1. Una constante latinoamericana durante los años 30: los golpes de estado.
Comentario del político nacionalista independiente E. Rodríguez Larreta, 1933:
Somos un país pequeño, un país no rico, de escasos recursos materiales que, entre los colosos de América que nos rodean, contábamos con una sola virtud: teníamos el orgullo, si se quiere la vanidad, de ser superiores a ellos en cultura política y en civilización...
Y bien: ése único orgullo, esa única satisfacción que nos permitía mediar en el concierto de las grandes potencias con alguna vanidad, ha sido enterrado en el día de hoy.
Nuestro nombre irá a aumentarse al de otras tantas pobres republiquetas de Sudamérica, manejadas a golpe de sable y a bocinazos de cuartel...

2 . Telegrama del canciller alemán Adolf Hitler al dictador Gabriel Terra, 17/05/1937:*
*Tomado de Alto el fuego 2. La logia de los tenientes de Hitler; Caula & Silva; 1997.
Excelentísimo Sr. Presidente de la República Oriental del Uruguay
Dr Don Gabriel Terra. Montevideo.
Al buen éxito de la obra monumental del Río Negro comenzada por iniciativa de su
gobierno, expresa a su excelencia mis más sinceras felicitaciones.
Adolf Hitler. Canciller del Reich.

3 . Declaraciones del embajador uruguayo en Alemania, L. Dupuy, de paso por Montevideo:*
De propia boca del Furher he escuchado que procura por todos los medios la consolidación de la paz y yo sé que todo el pueblo alemán está en cuerpo y alma con el Fuhrer y que anhela lo mismo que él. Repito: yo soy descendiente de franceses y uruguayos, y Alemania y su Fuhrer no pueden contar con mejor amigo que yo.

4 . La inmigración judía vista por el diario nacionalista La Tribuna Popular, 07 y 08 de 1937:
El judaísmo nos ha traído una serie de cosas que repugnan nuestro concepto del medio ambiente de vía que estamos acostumbrados a observar. Barriadas enteras de judíos en revuelta promiscuidad presentan el pésimo estado de falta de higiene...
(...) Nuestro comercio, nuestra industria, nuestras tierras y todo lo que representa valor para la acción productora, está desapareciendo rápidamente de nuestras manos para aparecer en las de los indeseables que así van cumpliendo sus planes de apoderamiento. El país se va hipotecando al oro vil de las clases proscritas.
(...) Las razas indeseables no tienen derecho a pretender los beneficios de la admisión en nuestro país organizado y no hay razón para aplicarles las ventajas que las leyes otorgan a los deseables. Alemania se ha pronunciado en ese sentido.

5 . Cable del diplomático sueco a su gobierno, Wilhem Winther, fines de los años 30:
Los 20.000 alemanes residentes en el Uruguay, apoyados por los 800.000 del sur del Brasil, estaban prontos para dar un golpe, tomar el poder y convertir al Uruguay en una colonia alemana.

6 . La 2º Guerra Mundial en la vida diaria: fragmentos de Memoria I; César Di Candia; 2006**:
Como en aquellos años la psicosis bélica había cundido con rapidez, se organizaban con frecuencia simulacros de apagones en la ciudad. A una hora anunciada previamente por periódicos y radios, sonaban las sirenas del diario El Día, igual que si se estuviera produciendo un ataque aéreo, y todas las casas debían permanecer a oscuras.
Fiscalizadas por los inspectores, las luces se apagaban, se tapiaban las ventanas para evitar fugas por cualquier resquicio delator y toda la población debía permanecer en silencio....
De esa forma, anunciaban los comunicados oficiales, los aviadores nazis, al divisar todo negro
debajo, seguirían de largo. A los 15 minutos sonaban otra vez las sirenas y se volvía a la normalidad.
(...) Paralelamente a esos preparativos bélicos, se habían organizado cursos para milicianos voluntarios que se daban en el cuartel de la calle Dante todos los domingos de mañana y que tenían por fin preparar defensores para una eventual invasión... Uno de (los asistentes) era un desconocido escritor llamado Juan Carlos Onetti.
Al finalizar el adiestramiento a todos les fue obsequiado un gorrito verde de miliciano, se les dijo que ya estaban prontos para ir a la guerra y que mientras tanto, quedaban incorporados a la Reserva. El siguiente 25 de agosto, los voluntarios, desfilaron por 18 de Julio. Otros de los que lo hizo, fue un veinteañero de nombre Wilson Ferreira Aldunate.

La SGM en aguas rioplatenses:



La Batalla del Río de la Plata fue la primera gran batalla naval de la Segunda Guerra Mundial, entre la Royal Navy británica y la Kriegsmarine alemana. La confrontación tuvo lugar en el Atlántico sur, en diciembre de 1939, cerca del estuario del río de la Plata.
 Cabe destacar que este fue el único momento de la Segunda Guerra Mundial en el que se combatió en Sudamérica, más precisamente en aguas territoriales de Uruguay.
El 21 de agosto de 1939, el acorazado de bolsillo Admiral Graf Spee abandonaba el puerto e Wilhelmshaven, en Alemania, en la costa del mar del Norte, con órdenes secretas de atacar la navegación comercial en el Atlántico sur. Estas deberían ejecutarse después de la declaración oficial de guerra del Tercer Reich.
La estrategia de Adolf Hitler era que antes de la declaración el acorzado de bolsillo pudiese navegar por aguas internacionales sin problemas. Con esta estrategia, cuando la declaración se realizase, el Admiral Graf Spee ya se encontraría al sur de la línea del ecuador. Durante tres semanas, el acorazado de bolsillo navegó en mar abierto al este de Brasil. Finalmente, el 20 de septiembre de 1939, el Admiral Graf Spee recibe luz verde para ejecutar la misión encomendada.
Las órdenes eran que el Admiral Graf Spee atacase por sorpresa en los lugares más inesperados con el objetivo de mantener a las flotas aliadas dispersas, principalmente a la Home Fleet, haciendo así más simple el desarrollo de otras acciones navales contra la Royal Navy inglesa. En este contexto, el Graf Speepermaneció al sur del ecuador como zona de operaciones, quedando su acorazado gemelo, el Deutschland, destinado al Atlántico norte.
El 30 de septiembre de 1939, el Graf Spee comenzó su caza, hundiendo el carguero Clement, en la zona de Alagoas. Después, el acorazado de bolsillo abandonó la zona y se dirigió al medio del océano. El 7 de octubre de 1939 hundió a otros dos navíos británicos, el Ashlea y el Newton Beach. El 10 de octubre, el Graf Spee hunde el Huntsman y el 22 de octubre el Trevasnion.
Todos los marineros capturados eran llevados a bordo y después el acorazado de bolsillo abandonaba sigilosamente la zona como de costumbre. El hecho de que tantas embarcaciones no llegaran a los puertos levantó la sospechas de la Marina Británica, que emitió un aviso de advertencia a todas las embarcaciones que se encontraban navegando por el Atlántico sur.
Hans Langsdorff, experimentado capitán del Admiral Graf Spee, se serviría de tácticas de piratería de cara a confundir al enemigo. Entre ellas, se encontraba la modificación de la apariencia del navío, poniendo placas de madera y lonas falsas, creando así estructuras diferentes a las típicas de un buque de guerra.
Langsdorff también recurrió al uso de pinturas y de banderas de camuflaje que confundirían a su embarcación con un barco mercante. Una de estas modificaciones consistía en hacer que el Graf Spee se pareciese a su hermano gemelo, el Deutschland, que supuestamente debía estar operando en el Atlántico norte. Esto llegó a confundir a la armada inglesa en más de una ocasión.
De esta manera, la Royal Navy destinó al Atlántico sur a la conocida como Fuerza de Caza G, con el fin de proteger a las embarcaciones que operaban mayormente en la región del río de la Plata.  Esta fuerza estaba formada por dos cruceros pesados, el Exeter y el Cumberland, y por dos cruceros ligeros, el Ajax y el Achilles.
Esta fuerza especial estaba capitaneada por el comodoro Henry Harwood, con el HMS Exeter como buque insignia y con base en Port Stanley, en las islas Malvinas.
El 2 de diciembre de 1939, el carguero Doric Star es atacado no muy lejos de las costas africanas. Pero en esta ocasión logró emitirse una señal de radio de ataque pirata, indicando que estaba sufriendo el ataque del Graf Spee.
Cuando el comodoro Harwood de la Fuerza de Caza G, formada por el Ajax, el Exeter y el Achilles, recibió las noticias del Doric Star concluyó que el Graf Spee iba a cruzar el Atlántico sur en dirección a Sudamérica para escapar de la inevitable persecución tras el ataque. Harwood tenía claro que, tarde o temprano, el comandante Langsdorff seguiría rumbo a la zona del río de la Plata, para aprovechar ambiciosamente el intenso tráfico mercante de los puertos de Montevideo y de Buenos Aires. Por consiguiente, dio órdenes para que la Fuerza Gse concentrase en las inmediaciones del río de la Plata.
La Royal Navy sabía que el Admiral Graf Spee no iba a resistir la tentación tan grande de un tráfico tan elevado de navíos mercantes y optó por trasladar tres cruceros de búsqueda a la zona: el Achilles, el Exeter y el Ajax, quedando todavía el Cumberland como reserva en las islas Malvinas.
Después de su último encuentro con su embarcación de reavituallamiento, el Altmark, el Admiral Graf Spee sigue el 6 de diciembre dirección al río de la Plata, en donde se cobra su siguiente presa: el Streonshalh.
Durante la noche del 12 de diciembre, los navíos británicos inician su táctica para una posible confrontación y navegan en formación cerrada, para tener contacto visual y, en caso de ataque, podrían concentrar su potencia de fuego. Además, al amanecer navegarían a favor del sol, para dificultar la visibilidad del Graf Spee, al tener el sol de proa. La Royal Navy sabía que en una confrontación directa con el crucero alemán saldrían perdiendo. Debido al alto poder de fuego de sus cañones de 280 mm, resultaba inviable cualquier ataque inglés directo a corta distancia.
El Exeter era el único crucero pesado, de clase York, que tenía como armamento fundamental seis cañones de 203 mm y como armamento secundario ocho cañones de 102 mm. Los cruceros ligeros contaban con cañones de apenas 152 mm. Ante esto, Harwood sabía que sería complicado causarle daños a la superestructura de un acorazado, así que su estrategia consistiría en dividir la atención del Admiral Graf Spee. El Achilles y el Ajax irían por un lado y el Exeterpor otro, complicando así la concentración de los alemanes para responder a la ofensiva.
El 13 de diciembre de 1939, el vigía del Admiral Graff Spee, a las seis de la mañana, avista dos antenas en el horizonte y da la alerta: la tripulación al completo toma los puestos de combate. Las informaciones parecían confirmar que se trataba de una embarcación comercial británica. Pero minutos más tarde, cuando el sol ya estaba más alto, fue posible identificar que lo cierto es que se trataba de tres buques de guerra británicos. La tardanza en la identificación por parte del Admiral Graf Spee permitió la aproximación de los ingleses, quedando de esta forma el acorazado alemán al alcance de todos sus cañones y, lo que era más importante, quedando los ingleses por debajo del ángulo de tiro de los poderosos cañones de 280 mm del Graf Spee.
A las seis y diecisiete minutos de la mañana, el Spee dispara contra el Exeter, al ser los alemanes conscientes de que este era el mayor peligro de la flota de ataque inglesa. Después de seguir al Exeter, devolvió una salva con una secuencia de disparos. Mientras que el combate inicial se desarrollaba entre los grandes navíos, los cruceros ligeros, más rápidos, iniciaron una maniobra de pinza destinada a cercar al crucero alemán entre dos flancos. Esta maniobra trataba de dividir la potencia de artillería del Admiral Graf Spee, complicar la fijación de sus  disparos y, en última instancia, dificultar sus cálculos balísticos.
Una secuencia de disparos ingleses alcanza al Spee, abriendo un enorme boquete en el casco y causando otros daños. Una de las decisiones del capitán del Speefue mantener al Exeter bajo el fuego de los cañones de 280 mm y a los cruceros ligeros bajo el fuego de los cañones de 105 mm. Pero era una maniobra difícil de ejecutarse, en particular en movimiento de aproximación. Después de la primera parte de la batalla del río de la Plata, el Exeter quedó fuera  de combate, dado que el sistema de dirección de tiro y las torres de los cañones de mayor calibre habían resultado dañadas. Sin alternativa, el Exeter no tiene más remedio que abandonar el campo de batalla en medio de una nube de humo utilizada para camuflarse. De esta manera, en la batalla del río de la Plata quedaban ya solamente los cruceros ligeros y el Graf Spee.
A las siete de la mañana, el Graf Spee abandona repentinamente el área de combate. Lo que siguió a continuación perdura hasta hoy en día como uno de los mayores misterios de toda la Segunda Guerra Mundial. Los expertos militares consideran que aunque el Graf Spee estaba averiado, tenía condiciones de combate suficientes para enfrentarse a los cruceros ligeros, puesto que sus potentes y temibles cañones aún estaban operativos.
Sin embargo, la decisión del capitán del Graf Spee, Hans Langsdorff, fue refugiarse en el puerto de Montevideo para realizar las reparaciones necesarias. Uruguay, como los demás países latinoamericanos, era un país neutral en la Segunda Guerra Mundial, lo que permitía que cualquier barco con problemas pudiese pedir permiso para atracar y llevar a cabo las reparaciones pertinentes.
De esta forma, el navío pudo atracar en el puerto de la capital uruguaya. Lo que sucedió a partir de ese momento fueron una serie de acontecimientos que a día de hoy siguen siendo difíciles de entender.
Al no conseguir las reparaciones necesarias y presionado por la política internacional, el comandante alemán fue obligado a abandonar el puerto. Pero la Royal Navy estaba esperándolo a la salida del estuario y en cuando el Graf Speeabandonase aguas territoriales uruguayas iniciaría un nuevo ataque. Así, el capitán Langsdorff dio la orden de hundir el Spee, lo que se hizo en cuando abandonó el estuario.
El capitán y su tripulación se dirigirían entonces a Argentina, país con una gran concentración de inmigrantes alemanes, de cara a recibir un buen trato. En la tarde del 19 de diciembre de 1939, el capitán se suicidó en Buenos Aires. Terminaba así la última batalla naval moderna sin aeroplanos ni submarinos, de manera misteriosa ya que el máximo responsable nunca podría dar testimonio de ella.


jueves, 1 de agosto de 2019

María Dolores Béjar


En la década de 1930, la fragilidad de la paz se tornó cada vez más evidente en virtud de las acciones de dos países: en primer lugar Japón, con su avance sobre China, y, poco después, Alemania. Sin demasiada convicción, las democracias europeas y el comunismo exploraron la posibilidad de unirse, pero el frente antifascista recién se concretó en 1941, cuando los tres principales regímenes se alinearon definidamente en dos campos: por un lado, el Eje, integrado por Italia, Alemania y Japón, y, por otro, la alianza entre las democracias occidentales y el comunismo. La Segunda Guerra Mundial, de carácter multidimensional, fue una guerra entre dos tipos de estados capitalistas -los democráticos y los nazifascistas- y entre dos regímenes que compartían el antiliberalismo y un decidido autoritarismo, pero eran resultado de dos proyectos contradictorios: el nazi y el comunista. En gran parte de Asia la resistencia a la expansión japonesa tuvo connotaciones anticolonialistas. En Europa, la guerra entre estados incluyó la lucha de movimientos de resistencia nacional contra la ocupación nazi y contra quienes la apoyaron. Desde esta perspectiva, la Segunda Guerra Mundial fue, en gran medida, una guerra civil europea.
La Guerra Fría fue también multidimensional. En esencia, fue expresión de la rivalidad estratégica entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, centrada inicialmente en el territorio europeo, con alcances mundiales después, y basada en la carrera por el control de armas nucleares cada vez más sofisticadas y costosas. Pero también incluyó la lucha anticolonial, signada por la rivalidad entre las dos superpotencias, y además estuvo atravesada por las demandas nacionales de los países europeos que cuestionaban la hegemonía de la potencia dominante: la de Moscú en el bloque soviético y la de Washington en el bloque capitalista.
La confrontación entre los dos bloques condicionó las relaciones internacionales durante casi medio siglo y se libró en los frentes militar, ideológico, político y propagandístico. La carrera armamentista nuclear impidió que la “guerra fría” se convirtiera en “caliente”, ya que un enfrentamiento directo entre las dos principales potencias podría haber desembocado en una catástrofe general.
Desde el quiebre de la Gran Alianza en 1947 hasta la disolución del bloque soviético en 1989, la Guerra Fría siguió un curso zigzagueante. Entre 1947 y 1953 la desconfianza y las tensiones entre los dos centros de poder hicieron temer el estallido de una tercera guerra mundial. A partir de 1953 se avanzó hacia la distensión, cuyo punto culminánte fue la conferencia de Helsinki en 1975, etapa que coincidió con el boom económico de “los treinta gloriosos” o “los años dorados”. A fines de la década de 1970, cuando la crisis económica -evidente en el capitalismo pero soterrada en el régimen soviético- cerraba el ciclo de expansión, comenzó la Segunda Guerra Fría. Con el ingreso de Mijail Gorbachov al gobierno de la Unión Soviética en 1985 se reanudó el diálogo entre las superpotencias. La crisis de los regímenes soviéticos de Europa del Este en 1989 y la desintegración de la URSS en 1991 clausuraron el orden bipolar de la Guerra Fría.
En relación con su carácter multidimensional, la caracterización de cada una de estas etapas incluye tres cuestiones: el grado de animadversión o de disposición al diálogo entre las dos potencias; las relaciones entre los países integrantes de cada bloque y la potencia dominante y, por último, las luchas anticolonialistas y la emergencia del Tercer Mundo.
En el plano militar, la ocupación de Manchuria por Japón en septiembre de 1931 fue el primer paso en la escalada que conduciría a la guerra. Japón, un país superpoblado y con escasas materias primas, padecía la contracción del comercio mundial y, dadas las circunstancias, su gobierno ultranacionalista aprovechó la debilidad de China para anexar parte de su territorio. En marzo de 1932, Tokio impuso en Manchuria un gobierno títere encabezado por Pu-Yi, el emperador chino destronado por la República.
La crisis económica también contribuyó a deteriorar las relaciones entre los estados. Los centros imperialistas, Francia e Inglaterra, incrementaron los vínculos con sus colonias. Japón, Italia y Alemania, que carecían de este recurso, se inclinaron hacia la autarquía y la expansión territorial por la fuerza. Aunque los tres coincidían en desmantelar el sistema de Versalles, en un principio cada estado nacional persiguió objetivos propios.
Hasta 1935, Mussolini se inclinó por colaborar con las potencias occidentales. Los grupos de poder italianos querían controlar los Balcanes, y el Duce, en julio de 1934, envió tropas a la frontera ítalo-austríaca para frenar el golpe alentado por los nazis más radicales y en el que fue asesinado el canciller austríaco. Cuando Hitler anunció en marzo de 1935 el restablecimiento del servicio militar obligatorio, Francia, Gran Bretaña e Italia reafirmaron en la conferencia de Stresa su oposición a una revisión unilateral de la paz de Versalles. Pero la invasión de Etiopía por las tropas italianas rompió el frente de Stresa. Criticado y sancionado por las democracias occidentales, Mussolini se acercó a Hitler. El vínculo se consolidó con la intervención conjunta en la Guerra Civil española para apoyar al general Franco y con la creación del Eje Roma- Berlín. A fines de 1937 Italia abandonó la Sociedad de Naciones.
Por otro lado, en noviembre de 1936 Alemania firmó con Japón el pacto anti-Komintern, en cuyo protocolo secreto las dos potencias se prometían ayuda mutua en caso de ser atacadas. Italia se sumó al pacto al año siguiente. Sin embargo, Tokio no intervino en la invasión a la URSS puesta en marcha por Hitler en junio de 1941.
Los militares japoneses en el poder, siguiendo los tradicionales intereses expansionistas de su país, concentraron sus esfuerzos en el área del Pacífico y Asia Oriental. Para no dispersar sus fuerzas en dos frentes, en abril de 1941 firmaron un pacto de no agresión con Stalin, que estuvo vigente durante casi todo el conflicto. Recién en Yalta (1945) el dirigente soviético consideró la posibilidad de entrar en guerra con Japón.
Las acciones del Tercer Reich tuvieron un papel central en el desencadenamiento de la guerra. Los historiadores aún discuten las causas de la política exterior del nazismo. ¿Fue la voluntad de Hitler el motor central? ¿O fueron los factores estructurales -la dinámica caótica y radicalizada del régimen nazi, los intereses del gran capital, la necesidad de canalizar el descontento social interno- los que condicionaron las decisiones del Führer?
Hitler tuvo propuestas extremas desde su ingreso a la escena política: el racismo, la búsqueda del espacio vital para Alemania y la liquidación del comunismo. A diferencia de la política exterior revisionista del conservadurismo alemán, el nazismo no aceptaba que la recuperación de las fronteras de 1914 bastara para garantizar la seguridad alemana y
asegurar su desarrollo. Sólo la conquista del Este aseguraría el “espacio vital” necesario para imponer la hegemonía de la vigorosa raza aria sobre el continente europeo.
Las primeras crisis provocadas por la violación del statu quo fueron cortas e incruentas.
del Tercer Reich (1933-1939)
Retiro de las Naciones Unidas, octubre de 1933.
Pacto con Polonia, enero de 1934.
Golpe en Austria, julio de 1934.
Plebiscito en el Sarre a favor de la reincorporación al Reich, enero de 1935.
Reintroducción del servicio militar obligatorio, marzo de 1935.
Acuerdo naval con Inglaterra, junio de 1935.
Reocupación de Renania, marzo de 1936.
Proclamación del Eje Berlín-Roma, octubre de 1936.
Pacto Anti-Komintern con Japón, noviembre de 1936.
Anexión de Austria (Anschluss), marzo de 1938.
Conferencia de Múnich, septiembre de 1938.
Ocupación de Praga, marzo de 1939.
Pacto de no agresión germano-soviético y protocolo secreto, agosto de 1939.
Invasión a Polonia, septiembre de 1939. ^
Estos éxitos fortalecieron el mito del Führer. Hasta la anexión de Austria (Anschluss) en 1938, todos los triunfos de la política exterior del nazismo respondieron a los objetivos de los sectores más poderosos del Tercer Reich. Después vino Checoslovaquia. Allí, el Führer utilizó a su favor las reivindicaciones de los alemanes de la región de los Sudetes, que no aceptaban su condición de minoría en el estado creado en Ver- salles. A fines de 1938, en Múnich, los primeros ministros británico y francés, reunidos con Hitler y Mussolini, aceptaron la anexión de esa zona a Alemania y todos se comprometieron a garantizar la existencia del estado checoslovaco en el resto del territorio. Pero nadie reaccionó cuando las tropas alemanas ocuparon Praga en marzo de 1939. Checoslovaquia desapareció: las fuerzas de Ante Pavelic declararon el nacimiento del nuevo estado de Eslovaquia, el Tercer Reich creó el Protectorado de Bohemia y Moravia, y Rutenia pasó a manos de Hungría.
Las democracias y el comunismo, que serían arrollados por la expansión del nazismo, no llegaron a forjar una política concertada para detenerlo. Las principales democracias europeas, subestimando los objetivos nazis, jugaron la carta del apaciguamiento: si aceptaban que Hitler revisará Versalles, podrían evitar otra guerra. Ni París ni Londres se sentían seguros de tener energías para emprender exitosamente otra empresa bélica, y además los sectores de poder de ambos países rechazaban una alianza con el comunismo. El rearme alemán atemorizó a Stalin, y tanto su gobierno como la Tercera Internacional buscaron sin éxito un acercamiento con las democracias occidentales.
En 1928, la consigna de “socialfascismo” esgrimida por la Internacional calificó a la socialdemocracia como un enemigo equiparable al fascismo e impidió a los comunistas concretar alianzas con los partidos burgueses. En su Vil Congreso, celebrado en 1935, la Komintern dio un giro rotundo. El fascismo pasó a ser la expresión política del gran capital reaccionario y se llamó a la constitución de frentes populares. Según Jorge Dimitrov, comunista búlgaro al frente de la Internacional, las acciones conjuntas de los comunistas y los socialdemócratas “ejercerían también una influencia poderosa en las filas de los obreros católicos, anarquistas y no organizados, incluso sobre aquellos que momentáneamente son víctimas de la demagogia fascista”.
Este viraje acompañó la decisión de Stalin de avanzar hacia un compromiso de cooperación militar con Francia en virtud del sesgo beligerante que imprimía Hitler a la política exterior alemana.
Después de Múnich, el jefe máximo del comunismo consideró que Francia y Gran Bretaña consentían el resurgimiento del militarismo alemán porque esperaban que su fuerza se descargase sobre la Unión Soviética y tanteó la posibilidad de un acuerdo con la Alemania nazi. En agosto de 1939, los ministros de Relaciones Exteriores de ambos países suscribieron el pacto Molotov-Ribbentrop, por el que los dos gobiernos se comprometieron a mantener una estricta neutralidad mutua si uno de ellos se viese envuelto en una guerra. En el protocolo secreto acordaron una nueva división de Polonia y el reparto de una serie de territorios. Gracias a estas medidas, Hitler pudo dar la orden de avanzar sobre Polonia sin la incertidumbre de que se abriera un frente militar en el este.

Las tropas alemanas invadieron Polonia el 1Q de septiembre de 1939. Dos días después, Londres y París declararon la guerra a Alemania. Mussolini declaró el estado de no beligerancia y los Estados Unidos proclamaron su neutralidad. El gobierno polaco huyó al exilio y, al cabo de una rápida y brutal conquista, el estado polaco fue eliminado. Los territorios del oeste fueron incorporados al Reich, y el resto quedó bajo el Gobierno General, controlado por los nazis. Polonia occidental debía ser germanizada y los nazis dispusieron el traslado de los alemanes étnicos desde la Unión Soviética, los estados del Báltico y otras zonas de Europa Oriental. Las familias polacas desalojadas de sus hogares fueron enviadas al territorio del Gobierno General, donde quedaron abandonadas a su suerte.
Las unidades móviles de exterminio de las SS, los Einsatzgruppen, siguieron a la Wehrmacht en el ataque contra Polonia primero y contra la URSS después. Su tarea principal consistió en aniquilar a los judíos y a los comisarios políticos mientras sembraban el terror mediante el asesinato en masa de civiles. Durante muchos años la Wehrmacht fue considerada un ejército que se limitaba a cumplir con su deber; sin embargo, se ha demostrado que fue cómplice activa de los crímenes aprobados por la cúpula nazi.
Mientras los nazis avanzaban sobre Polonia occidental, los soviéticos ocupaban los territorios polacos lindantes con la URSS, según lo dispuesto en el pacto Molotov-Ribbentrop. Muchos polacos fueron internados en campos de prisioneros y pocos meses después Stalin ordenó ejecutar a los “nacionalistas y contrarrevolucionarios”. El ejército alemán encontró las tumbas masivas en el bosque de Katyn, en 1943. Berlín acusó a los soviéticos y Stalin adjudicó el hecho a una maniobra de los nazis. En 1990, bajo el gobierno de Mijail Gorbachov, la Unión Soviética reconoció su responsabilidad en los crímenes.
Fundamentándose en su pacto con el Tercer Reich, la URSS instaló efectivos militares en el Báltico y Finlandia. Ante la negativa de Helsinski, el Ejército Rojo invadió el país a fines de 1939 y la Unión Soviética fue expulsada de la Sociedad de Naciones. Después del rápido triunfo de los nazis en Francia, Stalin incorporó las tres repúblicas bálticas a la Unión Soviética y se apropió de Besarabia y Bukovina en Rumania, recuperando los territorios anexados a Rusia por los zares y perdidos por los bolcheviques en el fragor de la Revolución y la guerra civil.
A partir de Polonia, el Tercer Reich avanzó rápidamente sobre Europa Occidental. A mediados de 1940, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Francia estaban bajo su control. Sólo Gran Bretaña siguió resistiendo. Ante la superioridad naval británica, Hitler inició el bombardeo sistemático de ciudades e industrias de Inglaterra. El nuevo gobierno británico, presidido por el conservador Winston Churchill desde mayo de 1940, respondió con ataques aéreos a las ciudades alemanas.
Al no poder quebrar la resistencia británica, Hitler decidió llevar la guerra al territorio soviético. Pero antes tuvo que ayudar a su aliado Mussolini en el Mediterráneo y el norte de África. En junio de 1941 las tropas alemanas e italianas ocuparon Yugoslavia y Grecia, cuyos monarcas se habían exiliado en Londres. Yugoslavia desapareció literalmente del mapa: parte de su territorio quedó repartido entre Alemania, Italia, Bulgaria y Hungría, mientras que Croacia fue declarada un reino independiente bajo la conducción del cura católico pronazi Jozef Tiso. Tanto en Yugoslavia como en Grecia, la resistencia armada a los nazis se dividió en dos bandos enfrentados: los comunistas y los promonárquicos. Para revertir el fracaso de los fascistas en Egipto, Hitler envió el Afrika Korps comandado por el general Erwin Rommel, el “Zorro del Desierto”, quien logró importantes victorias sobre los británicos. Pero a fines de 1942 los británicos derrotaron a los alemanes en El Alamein y los expulsaron del norte de África.
Consolidado en el continente europeo pero sin haber vencido a Gran Bretaña, en el verano de 1941 Hitler inició la Operación Barbarroja contra la URSS. Tres millones de hombres avanzaron hacia Lenin- grado en el norte, Moscú en el centro y Ucrania en el sur. Stalin había desestimado los informes que anunciaban los planes alemanes y no se había preparado para repeler la invasión. Los primeros días fueron de desconcierto total.
El ejército alemán y las SS ingresaron matando sin piedad. En su huida hacia el este, los soviéticos adoptaron la táctica de “tierra quemada”: no dejar nada que pudiera ser utilizado por el invasor. Dado que Hitler esperaba aniquilar al régimen soviético en pocos meses, sus tropas no estaban equipadas para enfrentar el duro invierno. Pero los soviéticos resistieron hasta el límite de sus fuerzas y los nazis, aunque conquistaron Ucrania, no lograron ingresar en Leningrado ni tampoco en Moscú. La derrota del ejército alemán a principios de 1943 en la batalla de Stalingrado supuso un cambio decisivo: de allí en adelante el ejército soviético no cesó de avanzar, hasta llegar a Berlín en 1945.
Por entonces, británicos y norteamericanos habían desembarcado en Italia desde el norte de África, avanzado hacia Roma y provocado la caída de Mussolini. Los alemanes se fortificaron en el norte y resistieron unos meses más. En junio de 1944 los aliados desembarcaron en Normandía. Poco después liberaron Francia y avanzaron hacia Alemania desde el sur, en momentos en que los soviéticos lo hacían desde $1 norte. A principios de 1945 Alemania estaba ocupada, pero Hitler ordenó resistir y, fiel a su consigna de “victoria o muerte”, se suicidó el 30 de abril. El 2 de mayo finalizó la batalla de Berlín, y entre el 7 y el 8 las fuerzas armadas alemanas se rindieron ante el alto mando del ejército aliado y ante las fuerzas soviéticas.
En el Pacífico se libró paralelamente otra guerra. Japón invadió el norte de China en 1937, ocupó Pekín y lanzó su ejército sobre Nanquín, sede del gobierno chino, que decidió resistir. La ciudad fue saqueada e incendiada hasta los cimientos. Los japoneses ocuparon las posesiones europeas en Asia: la Indochina francesa, la Indonesia holandesa y las británicas Malasia, Birmania, Hong Kong y Singapur. En diciembre de 1941, el imperio nipón atacó la base norteamericana de Pearl Harbor en Hawái y, cuando los Estados Unidos declararon la guerra a Japón, Hitler no dudó en enfrentarse también al coloso norteamericano.
El despliegue de la maquinaria industrial y bélica norteamericana no tardó en desequilibrar el conflicto del Pacífico en favor de los aliados. La batalla de Midway, en junio de 1942, fue la derrota naval más dura de Japón y marcó un punto crítico en la guerra del Pacífico. En adelante, los norteamericanos fueron dominando isla tras isla. La conquista de Filipinas por parte de los Estados Unidos en febrero de 1945 o la reconquista de Birmania por los británicos fueron momentos claves. El 19 de febrero de 1945 los norteamericanos ocuparon por primera vez territorio japonés, la pequeña isla de Iwojima.
A fines de julio de 1945, el presidente estadounidense Harry Truman exigió la rendición incondicional de Japón. El emperador rechazó el ultimátum. El 6 de agosto los Estados Unidos lanzaron una bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima. Dos días después, la URSS declaró la guerra a Japón y ocupó Manchuria y parte de Corea. El 9 de agosto, los Estados Unidos arrojaron una segunda bomba atómica sobre la ciudad de Nagasaki.
Muchas personas murieron en el acto, otras tuvieron una larga agonía producida por las quemaduras, y generaciones de japoneses sufrieron malformaciones de nacimiento por la radiactividad. Japón capituló y fue ocupado por los Estados Unidos.
¿Cuál fue la razón de esta masacre? No sólo el gobierno estadounidense sino también destacados intelectuales, entre ellos el filósofo francés Raymond Aron, justificaron el empleo de la bomba atómica diciendo que, en última instancia, había puesto fin a la guerra y evitado más muertes. Los opositores insistieron en que el sacrificio de cientos de miles de civiles permitió que Washington emergiese como único vencedor del imperio nipón y probara la eficacia de su nueva arma de guerra.

La contundente victoria del Eje hasta 1943 no supuso la constitución de un nuevo orden europeo. Hitier necesitaba estabilizar los países que ocupaba a fin de extraer recursos para sostener la guerra, y concretar estos fines era más fácil con gobiernos ya instalados, en cierto grado aceptados por la población, que promover a los dirigentes fascistas locales.
Varios territorios europeos ocupados fueron anexados al Reich -Austria, los Sudetes checoslovacos, Eslovenia, Danzing, Alsacia-Lorena, Luxemburgo- y las tareas administrativas quedaron a cargo de alemanes o nazis locales. A las zonas con mayor densidad de población no germana se les asignó una administración separada: el protectorado de Bohemia- Moravia y el Gobierno General de Polonia. Los países satélites -Finlandia, Hungría, Bulgaria, Rumania, Croacia y Eslovaquia- se posicionaron voluntariamente al lado de Alemania: algunos adoptaron los rasgos típicos del fascismo, pero la mayoría tuvo gobiernos nacionalistas, autoritarios y anticomunistas. La alineación con el nazismo sólo se concretó plenamente en los países surgidos del desmantelamiento de los estados creados en Versalles: Eslovaquia -independizada de Checoslovaquia en marzo de 1939, poco antes de que ingresaran las tropas alemanas- y Croacia -separada de Yugoslavia con la llegada de los nazis-.
En Dinamarca, Noruega, Bélgica y Holanda los nazis tutelaron una administración que, en diferentes grados, sometió al personal local a las directivas de los alemanes. Hasta 1942 Francia fue un caso singular. La zona norte, ocupada por los alemanes, quedó sometida a la autoridad del estado mayor y las presiones del embajador alemán, es decir, en una situación similar a la de Bélgica o los Países Bajos. En el sur, un gobierno encabezado por el mariscal Philippe Pétain -con sede en Vichy y teóricamente soberano- emprendió la “revolución nacional”, una contrarrevolución conservadora, nacionalista y con muchos elementos propios del nazismo, entre ellos el antisemitismo. Cuando Pé-
tain firmó el armisticio con los alemanes, el general De Gaulle partió hacia Inglaterra para proseguir la lucha. El 18 de junio de 1940, desde la BBC de Londres, incitó a los franceses a resistir la ocupación nazi.
Portugal, España, Suiza, Suecia, Turquía e Irlanda se declararon neutrales en Europa.

En su libro Mi lucha, Hitler manifestó abiertamente su odio visceral a los judíos, a quienes responsabilizaba de la derrota alemana de 1918. Pero las obsesiones del Führer y sus fanáticos seguidores no bastan para explicar el genocidio judío. Este no hubiera sido posible sin la colaboración de la Wehrmacht, el apoyo activo de vastos sectores de la burocracia y los profesionales, y el afán de lucro de los grandes empresarios que fabricaron los equipos para matar e instalaron sus fábricas en los campos de concentración. No hubiera sido posible tampoco sin el silencio, la indiferencia y la complicidad pasiva de gran parte de la sociedad alemana. Al concluir la guerra, los vencedores juzgaron a algunos de los culpables de los crímenes, y aún hoy la historia sigue discutiendo el espinoso problema de las responsabilidades.
Los historiadores debaten también otra compleja cuestión: cómo y cuándo, y a través de quiénes, el odio y la segregación contra los judíos pudieron materializarse en los campos de concentración destinados a matanzas masivas. Hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el trato discriminatorio hacia los judíos alemanes se combinó con ataques violentos, pero nada indicaba su exterminio total. Las principales acciones antisemitas anteriores a la guerra no respondieron a directivas precisas de Hitler, sino que más bien se debieron a los activistas radicales de las SA, a las rivalidades facciosas e institucionales que corroían el régimen nazi, al afán de los profesionales de eliminar la competencia judía y a los grupos económicos deseosos de apropiarse de los bienes de los judíos. El Führer habilitó las decisiones y generó el clima que hizo posible los programas.
Antes de que estallara la guerra, en Alemania hubo tres oleadas antisemitas: el boicot a los comercios judíos instigado por las SA en 1933; la sanción de las leyes de Núremberg en 1935, que segregaron a los judíos del resto de la sociedad alemana; y la “Noche de los Cristales Rotos”, el 9 de noviembre de 1938, con asesinatos, quemas de sinagogas, destrucción y apropiación de propiedades. Finalmente, los judíos fueron
expulsados de las actividades económicas y profesionales y sus negocios pasaron a engrosar el patrimonio de las empresas alemanas. Este fue el último acto de violencia abierta, y a partir de ese momento se asignó a las SS la coordinación e instrumentación de la política antijudía, a fin de concretarla en forma más “racional” y burocratizada.
Con la incorporación de nuevos territorios a lo largo de la guerra, el Tercer Reich se encontró con un adicional de tres millones de judíos cuya expulsión era reclamada por los dirigentes nazis de las diferentes localidades. La “solución final” -el exterminio- tomó cuerpo a partir de la ocupación de Polonia, y más decididamente tras la invasión de la Unión Soviética. La expulsión de los judíos de los territorios polacos occidentales, donde serían reubicados los alemanes, dio lugar a la instalación de guetos, el primero de ellos en la ciudad de Lodz, en diciembre de 1939. Con los guetos, los campos de trabajo forzado y los fusilamientos en masa, la idea asesina cobró consistencia. El último paso se dio con la campaña a la URSS. La operación Barbarroja fue diseñada como una guerra de aniquilación: todos los comisarios o dirigentes bolcheviques debían ser ejecutados inmediatamente.
Las SS tuvieron así un nuevo terreno donde desplegar su maquinaria de terror para consolidar y extender su dominio en el estado nazi. En principio se suponía que, tras la caída de Moscú, los judíos serían reubicados en las regiones más adversas del territorio soviético y sometidos a trabajos forzados. Pero la resistencia de los pueblos de la URSS impidió la victoria de los alemanes y sus aliados, la campaña militar se prolongó y el plan genocida se puso en marcha. En enero de 1942, la jerarquía nazi reunida en la Conferencia de Wannsee asumió decididamente la “solución final”: una organización planificada de recursos, instalaciones, transportes y personas al servicio de la “producción” de la muerte.
Los guetos de Varsovia, Minsk o Budapest, los campos de concentración -Dachau, Mauthausen, Auschwitz y Treblinka, entre otros- y los asesinatos en masa, como el de Babi Yar o el de las Fosas Ardeatinas, desgarraron las convicciones y abrieron angustiosos interrogantes sobre la condición humana.

Durante el año transcurrido entre la derrota de Francia y la invasión a la Unión Soviética, el Reino Unido fue el único país que enfrentó al nazismo. El primer ministro Churchill buscó el respaldo de los Estados
Unidos y, en marzo de 1941, el Congreso norteamericano aprobó la Ley de Préstamo y Arriendo, por la cual el presidente Roosevelt podía vender o alquilar todo tipo de material a cualquier estado considerado clave para la seguridad nacional. En agosto de 1941 Churchill y Roosevelt suscribieron la Carta del Atlántico, declarando que sus países no buscaban ningún engrandecimiento territorial o de otro tipo, que respetarían las decisiones democráticas de los pueblos y que se esforzarían en extender el libre comercio y asegurar mejoras laborales.
Al ponerse en marcha la operación Barbarroja, Londres manifestó interés en colaborar con los soviéticos. Con el ingreso de los Estados Unidos al campo de batalla, quedó confirmada la Gran Alianza que encabezarían Josef Stalin, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt. La expansión arrolladora, sin límites y brutal del Eje hizo posible que los dirigentes de las democracias liberales y del comunismo aunaran sus fuerzas contra el enemigo común.


Link para ver resumen: https://www.youtube.com/watch?v=AYQ8hT8cVTE