martes, 20 de agosto de 2019

Segundo Impulso Modernizador- Reformismo - En 900

LA SOCIEDAD DEL 900.

A partir de 1860 aproximadamente, las costumbres de nuestra sociedad comienzan a cambiar, debido a varias razones. Por un lado, el avance de la educación de masas y por lo tanto, el retroceso del analfabetismo. Por otro, la urbanización de la sociedad que provoca un cambio de mentalidad en todos los sectores. A su vez la europeización de las costumbres, genera la adopción de una mentalidad diferente, a decir del historiador Barrán, la “sensibilización” de las costumbres “bárbaras”.

El nuevo rol femenino.

En el Uruguay comienza a primar desde fin de siglo un nuevo modelo demográfico, o sea, las familias comienzan a tener menos hijos y a tratar de controlar la natalidad. Esto es producto de una situación económica seria que está atravesando el país. La disminución de la natalidad y el retardo en la celebración de los matrimonios, eran una consecuencia del encarecimiento de la vida. Fue la ciudad quien primero vio sus dificultades y aceptó el nuevo modelo demográfico. Al carácter urbano sumaba su rasgo portuario, lo que facilitaba el contacto con el exterior. Los inmigrantes tuvieron mucho que ver en este cambio de mentalidad. Quienes llegaban eran los que se habían atrevido a cortar los lazos con Europa, buscando el ascenso social. El número elevado de hijos podía trabar dicho ascenso.
La represión de la sexualidad femenina era una de las condiciones para que triunfara el control de la natalidad con métodos espontáneos. Una de las formas era retrasar la edad matrimonial, lo que causó una represión sobre la mujer, pero liberalizó al hombre. Se acentuó así el culto a la virginidad que reemplazó al anterior de la fecundidad. Los noviazgos se eternizaban; el joven debía esperar a tener una “posición”; ella iba haciéndose el “ajuar” puntada a puntada. El “dragoneo” comenzaba en la calle o a la salida de misa, luego la conversación en el balcón o el zaguán, después, el interminable “servicio de sala”. Nunca solos “la lámpara encendida, con la madre tejiendo o cosiendo frente a ellos y oyendo, aburrida, tontos monosílabos y sin que nunca las manos de los enamorados se tocaran, estarían hasta las 11, hora en el que el padre cerraría el diario demostrando que era el momento de retirarse”.
El puritanismo se enseñoreó de la sociedad uruguaya, sobre todo del medio urbano y de sus clases medias y alta. Este modelo demográfico impuso nuevas conductas. La separación de sexos era estricta. Comenta una “dama” del 900, Josefina Lerena Acevedo de Blixen: “Yo era todavía una colegial, pero debía acompañar a una tía ya que ninguna mujer soltera debía salir sola a esas horas... Las señoritas paseaban en grupos...”. En las playas también se solían separar los sexos. “Empezó por aceptárselas [a las playas] como para prevenirse de las enfermedades del invierno, cuidando que el sol no afiebrara las cabezas y no diera a los cuerpos la horrible pátina del bronce. Así, la gente trataba de ir temprano, como máximo a las 8 y hasta en los días nublados abría las sombrillas. Prudentemente los médicos sostenían que el baño de mar debilitaba, y que no debía durar más de 5 minutos...”.  Los rigurosos trajes de baño femeninos, a usarse en zonas de baño separadas para mujeres y hombres, hacían que estas mujeres parecieran sin cuerpos y sin caras. Cuando el tranvía pasaba de una zona de baño a otra y por lo tanto, por encima del baño de los hombres, las madres decían a sus hijas que no miraran hacia el lado del mar. Y las niñas, obedientes, bajaban los ojos.
Para la mujer de la época, quedaban dos caminos a seguir: buscar la independencia económica o el matrimonio. El problema ahora era la soltería femenina. El hombre trabajaba, la mujer de clase media y alta no. Comienza, lo que se dio a llamar, la “carrera matrimonial”. Comenta Domingo Arena: “en cada casa donde hay una muchacha casadera, se espera ansiosamente al marido y se recibe por regla general al primero que llega, por el justo temor de que no aparezca otro.” Los padres a veces presentaban todas sus hijas casaderas a ricos pretendientes herederos de campos para que éstos eligieran con cuál deseaban iniciar el noviazgo. “¡Qué es lo que no aspiran los padres para sus varones! Esa aspiración consiste verlos formados, dueños de una carrera o de un negocio en marcha, capaces de bastarse a sí mismos; en cuanto a las mujeres, aquella aspiración equivale a verla casada. (...) [La mujer] ha sido atendida, criada y conservada, al sólo efecto de ser entregada a un marido que va a sustituir al padre en la tutela, en el cuidado y en la dirección de su vida de mujer”. 
            Otro de los caminos que quedaba a la mujer era el mercado laboral. No fue casual que en el mismo momento histórico en que el modelo demográfico limitaba el papel de madre de la mujer, se forjaran para ella alternativas laborales. También influyeron otros factores: el deseo de liberación femenina, el apoyo de los radicales (anarquistas, socialistas, batllistas) y la avidez del naciente capitalismo industrial por una mano de obra abundantísima y muy barata.
            Las pioneras fueron las obreras de las fábricas de Montevideo y los saladeros del litoral. Estas mujeres fueron usadas como un gran ejército de reserva; se les pagaba menos salario y por lo tanto se podía emplear a un mayor número originando pocos gastos extras.
            La liberalización de la mujer comenzó también en el plano ideológico, surgiendo el movimiento feminista, que más que un movimiento político, fue una actitud de vida que escandalizó a la clase alta y culta montevideana.

Clases conservadoras

            Era la clase que controlaba los sectores clave de la economía nacional: ganadería, comercio, industria y crédito. Se organizaron en fuertes gremios: Federación Rural, Asociación Rural, Cámara de Comercio, Cámara de Industria y Cámara Mercantil de Productos del País.
            El sector rural de la clase alta estaba constituido por unas 1.300 familias que poseían el 40% del suelo.
            El sector mercantil estaba integrado también por banqueros y prestamistas privados, grandes importadores, ricos barraqueros, inversores en tierras en el interior y propietarios de cientos de casas en Montevideo. Habían basado su poder financiero en el siglo XIX en el negocio de la deuda pública y en el comercio de tránsito. En el siglo XX, su situación iba a cambiar, cuando el Estado coloque la deuda en el extranjero y se inaugure el puerto de Buenos Aires.
            Entre los grandes industriales, dominaban los inmigrantes de origen italiano, español y francés. Existía también un grupo importante de capitales nacionales que invirtieron en la industria alimenticia. El gran capital extranjero (inglés y norteamericano) monopolizaba los servicios públicos (agua, transporte, gas, comunicaciones) y el frigorífico.

Clases populares

            Eran la mayoría del país, tanto en el medio rural como en el urbano; sin embargo, eso no significaba que fueran fuertes en esta época.

            Las clases rurales habían protagonizado las revoluciones de Saravia, con poca conciencia de sus intereses, sin llegar a poner en peligro real al gobierno de turno. Dispersas en la estancia o marginadas del trabajo, eligieron la emigración a los países vecinos y a Montevideo, o la permanencia en el pueblo de ratas. Significaban para el partido en el gobierno y las clases conservadoras, una preocupación pero no un verdadero temor. Lo que las neutralizaba y mantenía en la quietud era su dispersión, el conservadorismo y que en gran parte eran pequeños propietarios. Todo lo que la miseria convertía en explosivo en la campaña, lo anulaba la dispersión de los trabajadores, la emigración y el analfabetismo.

            Las clases urbanas se concentraban principalmente en Montevideo. La ocupación principal era la industria, la construcción, el transporte y los gráficos. Totalmente diferente a la vida en el campo, la ciudad agrupó a los obreros que compartían su vida miserable en los conventillos. Estos actuaron como la gran fuerza que ambientó la combatividad en los obreros; alquiler alto y salario bajo generaron una oposición frontal al grupo poseedor (tanto propietarios como patrones). También influyó la gran cantidad de inmigrantes europeos que venían con la experiencia de su país de origen y su ideología anarquista. Fueron ellos quienes hicieron los primeros intentos de agremiar y sindicalizar a los trabajadores. Los primeros gremios de obreros de importancia combativa, estaban guiados por anarquistas.
              Pero lo que más movilizaba a los obreros eran las condiciones de trabajo que padecían. Trabajaban entre 11 y 12 horas diarias por salarios bajísimos, sometidos a cualquier cantidad de penalizaciones que reducían aun más el salario. Niños y mujeres trabajaban por igual y en las mismas condiciones que sus compañeros hombres, pero cobrando menor salario.
Vivienda obrera: el conventillo
"Un cuarto de esas casas ómnibus", que abrigan al mendigo como al humilde industrial, tiene generalmente una puerta sobre el patio y una ventana a lo más; es una pieza cuadrada de cuatro metros por costado y tiene el siguiente destino: es el dormitorio del marido, de la mujer y de los hijos, que son por lo menos 5 o 6, generalmente sucios; es el comedor, la cocina y la despensa; el patio donde juegan los niños, el sitio donde se depositan los excrementos, a lo menos provisoriamente, el depósito de basuras, la sala de la ropa sucia y limpia, si la hay; la vivienda del perro y del gato, en una palabra, un sitio en donde 5 o 6 personas respiran de una manera contraria a todas las prescripciones higiénicas, a todas las leyes del sentido común y del buen gusto y a todas las exigencias del organismo". (Octavio Morató, Problemas sociales en el Uruguay).
"Las cincuenta personas que viven en el conventillo de Galicia1117, son condenados a la mugre perpetua. Piezas insalubres, sin luz, escasez de agua, ratas y un ambiente impregnado de fétidos olores. Su dueño, Juan B. Introzzi, percibe mensualmente unos 200 pesos por concepto de alquileres. El Sr. Introzzi, propietario del conventillo, es dueño de casi toda la manzana, fuerte comerciante de plaza, establecido en Rondeau y Galicia y está construyendo un regio palacete junto al conventillo. En el conventillo hay dos waters, dos canillas de agua y una cocina de 0,70 por 0,50. Tiene 20 piezas y el alquiler oscila entre $7 y $10". (Diario Justicia, 1929)



“El Uruguay durante el primer batllismo”

El reformismo en vez del batllismo

          "Los movimientos políticos y sociales son lo que quieren sus protagonistas pero también lo que ven de ellos sus antagonistas e incluso el historiador, quién representa la interrogación del presente (...) Batlle se vio a sí mismo como un hombre del progreso, los obreros lo consideraron un amigo, el patronato industrial y británico lo creyó un socialista, los socialistas, un burgués de buena voluntad, los blancos un autócrata demagogo, y el historiador, un reformador. Cada una de estas miradas es falsa y verdadera al mismo tiempo por parcial, y son todas juntas la que dan idea cabal del personaje, el movimiento que protagonizó y su época. Fue ese elenco político del novecientos, el protagonista de la que de ahora en adelante denominaremos reformismo, es decir, la tendencia a promover el cambio más o menos radical de los modelos económicos, sociales y mentales, sin recurrir a la violencia.
          Preferimos usar el término reformismo en lugar del habitual batllismo por varias razones.
          En primer lugar, en todo el periodo a estudio 1903 a 1916 (...) el batllismo no era aún un partido organizado, con autoridades, lema y programa; tampoco, a no ser en los años finales, 1914-16, un movimiento de masas.
          En segundo lugar, los que vivieron y escribieron entre 1905 a 1910, utilizaron en general el término reformista para designar a la corriente que luego se denominará batllismo. En los documentos analizados, mensajes presidenciales, ministeriales, discursos parlamentarios y editoriales periodísticos, los seguidores de Batlle se llamaron a si mismos reformistas o reformadores, pretendiendo expresar con ello la esencia misma de su nueva fe; el uso del aparato estatal para la promoción de una economía que nos tornara independientes, de una sociedad que fuera justa, de una cultura científica que nos liberaran de la esclavitud de la ignorancia, todo ello dentro del respeto por el estado de derecho y sus reglas de juego, lo que impedía el recurso a la violencia revolucionaria y a la vez identificaban al reformismo con la defensa de los derechos individuales, herencia que la mayoría de sus dirigentes no podía olvidar por haberse formado al calor de la lucha contra el santismo.
          En tercer lugar, el uso del término reformismo nos permite ubicar al batllismo como una de las muchas corrientes políticas europeas y americanas que buscaron en las primeras décadas del siglo XX eliminar las aristas más crudas del capitalismo salvaje y resucitar el viejo anhelo de 1789 por una sociedad ideal, sin recurrir, empero, a los mismos métodos(...)
          El reformismo se vio a sí mismo como un socialismo de estado, tan respetuoso de la propiedad privada, como consciente de las limitaciones de ese derecho, tan dispuesto al cambio como a promoverlo solo por la evolución pacífica."
Barrán –Nahum. "Batlle, los estancieros y el imperio británico" Tomo II.

El Batllismo como populismo

La relación del Estado y estos sectores populares le hacen proponer a Zubillaga al Estado Battlista como uno de los primeros Estados Populistas en América Latina,  el cual logra  la separación del Régimen Oligárquico.
Según este autor, el término populismo en Latinoamérica ha sido utilizado en forma restringida, en el sentido que engloba los procesos políticos comprendidos en la pos crisis del 1929 y caracterizados por la ruptura del régimen oligárquico. Zubillaga pretende reformular el sentido temporal de tal término, ya que el crack del 29 significó para el proceso político la causa última de la crisis del poder oligárquico. Para el autor populismo podría definirse por como "movimiento político latinoamericano, basado en la concertación social, a través de estrategias reformistas llevadas a cabo por el líder carismático; no concibe u sistema de democracia formal; intenta modificar el aparato agroexportador promoviendo una industrialización acelerada para lograr una inserción más autónoma en el mercado mundial".
Para Zubillaga esto puede verse en diversos puntos del Modelo Batllista, que a su vez, rompen con el Régimen oligárquico:
1.        "Democracia de masas". El modelo pretendió superar las injusticias sociales (ej: legislación obrera), para dirimir el conflicto entre el capital-trabajo (base en el solidarismo).
2.        Busca quebrar la dependencia económica a través de la industrialización (política sustitutiva de importaciones) con la intervención del Estado. Tal intervención y política industrial significa para el Estado una contradicción entre  las aspiraciones  de las masas y sus reivindicaciones y la atracción de inversiones industriales. El modelo batllista  de desarrollo implicó la nacionalización-estatización de empresas (sobre todo de servicios), esto cumplía con una doble funcionalidad: eliminaba la presencia del capital británico y transfería la actividad del sector privado al Estado, lo cual redimía en el aumento del Beneficio Público. La industrialización tenía una triple funcionalidad: limitaba la dependencia, generaba fuentes de trabajo (absorción de la mano de obra excedente del medio rural). La tecnificación y transformación estructural del sector agropecuario tenía dos metas: aumentar, mejorar y diversificar la producción, y re-distribuir la riqueza. (No abordó en los hechos -solo amenazó mediante críticas- los problemas de la gran propiedad: estancamiento).
3.        Concentración de diversos sectores sociales (burguesía, clase media, asalariados, industriales). Tal concentración invoca la presencia de alianzas y acuerdos inestables. El Estado siempre cuida de que el "apoyo masivo" no conduzca al exceso de participación real del mismo. Así la reforma se impone "desde arriba", en nombre del pueblo, pero sin el pueblo.
4.        No existe correlación necesaria entre la participación o inclusión socioeconómica de la masa y la democracia formal. Esta participación de la masa se logra por medio del líder quien transfiere la confianza (apoyo) dado del pueblo al Partido. El líder se presenta como un "componedor" que articulo los diversos intereses, muchas veces cayendo en fuerte autoritarismo dentro del Partido. Este último se convierte en un intérprete del descontento de las masas, masas que no llegan nunca a integrar o compartir el poder.
5.        Ideología pragmática (acción), orientada al interior (promover solución de problemas sociales) reformista (vocación de cambio)= y global (asume la nación como problema)

Para Zubillaga el Modelo Batllista implicó un "socialismo de Estado" que afianzó el capital privado, se impuso obligaciones para con los obreros, desarrolló fines secundarios del Estado, y las industrias estatizadas mantuvieron autonomía absoluta. De ahí su política de concertación" que también generó preocupaciones del sector empresarial. Este socialismo de estado lo convierte en una anticipador del conflicto (percibe la intangibilidad del orden social) al cual Zubillaga llama "Estado Providente", Estado árbitro que realiza reformas desde el poder, pero que no representa mecanismo de socialización de la producción, co-gestión o autogestión obrera que modifiquen las relaciones de la producción. (por eso es "obrerista" y no "socialista")
La posibilidad de esta interpretación historiográfica debe relacionarse con la política social y económica que impulsa el Estado.

La llegada al poder de BATLLE Y LA REVOLUCIÒN DE 1904
Aparicio Saravia, la piedra en el zapato de José Batlle y Ordóñez

          “Para mantener en alto el espíritu de su gente, Aparicio comenzó a recorrer de este a oeste la línea de fuego, como varias veces, lo había hecho, por detrás de las avanzadas tendidas en guerrilla y por delante del grueso de las divisiones que combatían. “¡Vamos, muchachos, firmes!”, decía a los tiradores, y éstos respondían con entusiasmo: “¡Viva el General Saravia! ¡Viva el Cabo Viejo!” Inconfundible con su sombrero y su poncho blancos, sobre el enorme caballo tostado, lo seguían en fila a pocos metros su abanderado Germán Ponce de León tremolando la señal nacional, el oficial brasileño Eustaquio Vargas y los ayudantes Juan Gualberto Urtiaga y Mauro Saravia, su hijo de 16 años.
          Pasaba frente a la división 9, cuyo jefe era Nepomuceno, cuando su pingo escarceó bruscamente: una bala lo había herido en la paleta.
          A pocos pasos, recibió un segundo proyectil. No había alcanzado a recorrer cien metros más, cuando su jinete lo sofrenó de pronto. Una tercera bala había alcanzado al General en la cintura, traspasándole el vientre de izquierda a derecha. Urtiaga y Mauro galopan hacia él, que procuraba continuar la marcha pero se inclinaba ya sobre la cruz del caballo.
          -No es nada- les dijo; y después:
          -Que no se den cuanta los compañeros que estoy herido.
          Entre ambos lo desmontaron y lo tendieron en el suelo. En ese momento llegaba Nepomuceno, que había visto lo sucedido. Ya unos cuantos soldados rodeaban al grupo; uno de ellos relató luego que el General trataba de sonreír pero se iba poniendo terriblemente pálido; la hemorragia era abundantísima y enrojecía los cojinillos sobre los que estaba reclinado, con la espalda reposando sobre el pecho de un oficial sentado detrás suyo.
          La muerte de los héroes no puede ser como la de los demás hombres. Para el pensamiento mítico, sólo los dioses o la traición pueden vulnerarlos. Desde que se conoció la herida y muerte del caudillo, brotaron las versiones, verosímiles unas, claramente fantasiosas otras. Una cosa puede darse por cierta: no fue una bala perdida la que hirió. Gente hubo que se glorió de aquel tercer disparo; supuestos campeones argentinos de tiro que afirmaron haber recibido ofertas del gobierno uruguayo para desempeñar “misiones especiales”; elementos colorados que se habrían infiltrado en las filas revolucionarias para herir a los jefes a mansalva.
          Pero tal vez la explicación sea mucho más simple. Ya sabemos que el General se ofrecía, como blanco; a 200 metros, no podía dejar de reconocerlo y concentrar el fuego sobre él; eso explicaría que los de su comitiva quedaran ilesos. Muchas veces había desafiado a la muerte, y ella, por fin, aceptó el reto”.

Enrique Mena Segarra “Aparicio Saravia, las últimas patriadas”.
Colección Historia Uruguaya. Los hombres. Nº 12. E.B.O. 1981. págs. 156-157.


José Batlle y Ordóñez visto por la sociedad de su tiempo.

          “Batlle. ‘Obrerista’, ‘socialista’ y ‘comunista’ al entender de las clases conservadoras nativas y el capital británico; admirador de las grandes revoluciones, la francesa de 1789 y la rusa de 1917; furibundo anticlerical por considerar que la religión católica servía para ‘nublar la conciencia del pueblo’, irrespetuoso de las convenciones sociales al grado de vivir junto a su compañera antes de concurrir al Registro Civil en 1894; defensor del ‘matrimonio libre’, el divorcio por sola voluntad de cualquiera de los cónyuges y ‘la liberación de la mujer’; si, todo ello fue Batlle.
          Y fue también; colorado recalcitrante y caudillo de uno de los bandos tradicionales que ametralló al otro y a sus ‘masas campesinas’ en 1904, según se lo reprochara La Democracia en 1915; admirador de la intervención norteamericana en el México de 1914 gobernando por el dictador Huerta; partidario del voto secreto antes de su derrota del 30 de julio de 1916 y contrario al voto secreto luego de ella, porque se presentaba a ‘la corrupción política’ y facilitaba ‘la traición’, al decir de 46 de sus legisladores; intolerante, al grado de negarle honores y el Panteón Nacional a Julio Herrera y Obes y José Pedro Ramírez, sus enemigos políticos, pero tolerante con el riverismo, su enemigo social dentro del Partido Colorado, al grado de ofrecerle la presidencia de la República a Juan Campisteguy con tal de evitar el triunfo del ‘oribismo’ blanco.
          Y, por fin, para terminar con este recuentro de ambivalencias, culpable o causante, como se prefiera, de la modernización de los dos partidos tradicionales al haber incorporado la temática económica y social a la vida política, así como culpable o causante, él, los partidos y la sociedad que los escuchó, de ese rasgo de larga duración del siglo XX uruguayo que es la creencia en la democracia política como único medio legítimo para dirimir la contienda entre los proyectos de país que se disputan siempre el futuro”.
José Pedro Barrán, en Brecha, Montevideo, 30 de mayo de 1986, p. 9

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