jueves, 1 de agosto de 2019

María Dolores Béjar


En la década de 1930, la fragilidad de la paz se tornó cada vez más evidente en virtud de las acciones de dos países: en primer lugar Japón, con su avance sobre China, y, poco después, Alemania. Sin demasiada convicción, las democracias europeas y el comunismo exploraron la posibilidad de unirse, pero el frente antifascista recién se concretó en 1941, cuando los tres principales regímenes se alinearon definidamente en dos campos: por un lado, el Eje, integrado por Italia, Alemania y Japón, y, por otro, la alianza entre las democracias occidentales y el comunismo. La Segunda Guerra Mundial, de carácter multidimensional, fue una guerra entre dos tipos de estados capitalistas -los democráticos y los nazifascistas- y entre dos regímenes que compartían el antiliberalismo y un decidido autoritarismo, pero eran resultado de dos proyectos contradictorios: el nazi y el comunista. En gran parte de Asia la resistencia a la expansión japonesa tuvo connotaciones anticolonialistas. En Europa, la guerra entre estados incluyó la lucha de movimientos de resistencia nacional contra la ocupación nazi y contra quienes la apoyaron. Desde esta perspectiva, la Segunda Guerra Mundial fue, en gran medida, una guerra civil europea.
La Guerra Fría fue también multidimensional. En esencia, fue expresión de la rivalidad estratégica entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, centrada inicialmente en el territorio europeo, con alcances mundiales después, y basada en la carrera por el control de armas nucleares cada vez más sofisticadas y costosas. Pero también incluyó la lucha anticolonial, signada por la rivalidad entre las dos superpotencias, y además estuvo atravesada por las demandas nacionales de los países europeos que cuestionaban la hegemonía de la potencia dominante: la de Moscú en el bloque soviético y la de Washington en el bloque capitalista.
La confrontación entre los dos bloques condicionó las relaciones internacionales durante casi medio siglo y se libró en los frentes militar, ideológico, político y propagandístico. La carrera armamentista nuclear impidió que la “guerra fría” se convirtiera en “caliente”, ya que un enfrentamiento directo entre las dos principales potencias podría haber desembocado en una catástrofe general.
Desde el quiebre de la Gran Alianza en 1947 hasta la disolución del bloque soviético en 1989, la Guerra Fría siguió un curso zigzagueante. Entre 1947 y 1953 la desconfianza y las tensiones entre los dos centros de poder hicieron temer el estallido de una tercera guerra mundial. A partir de 1953 se avanzó hacia la distensión, cuyo punto culminánte fue la conferencia de Helsinki en 1975, etapa que coincidió con el boom económico de “los treinta gloriosos” o “los años dorados”. A fines de la década de 1970, cuando la crisis económica -evidente en el capitalismo pero soterrada en el régimen soviético- cerraba el ciclo de expansión, comenzó la Segunda Guerra Fría. Con el ingreso de Mijail Gorbachov al gobierno de la Unión Soviética en 1985 se reanudó el diálogo entre las superpotencias. La crisis de los regímenes soviéticos de Europa del Este en 1989 y la desintegración de la URSS en 1991 clausuraron el orden bipolar de la Guerra Fría.
En relación con su carácter multidimensional, la caracterización de cada una de estas etapas incluye tres cuestiones: el grado de animadversión o de disposición al diálogo entre las dos potencias; las relaciones entre los países integrantes de cada bloque y la potencia dominante y, por último, las luchas anticolonialistas y la emergencia del Tercer Mundo.
En el plano militar, la ocupación de Manchuria por Japón en septiembre de 1931 fue el primer paso en la escalada que conduciría a la guerra. Japón, un país superpoblado y con escasas materias primas, padecía la contracción del comercio mundial y, dadas las circunstancias, su gobierno ultranacionalista aprovechó la debilidad de China para anexar parte de su territorio. En marzo de 1932, Tokio impuso en Manchuria un gobierno títere encabezado por Pu-Yi, el emperador chino destronado por la República.
La crisis económica también contribuyó a deteriorar las relaciones entre los estados. Los centros imperialistas, Francia e Inglaterra, incrementaron los vínculos con sus colonias. Japón, Italia y Alemania, que carecían de este recurso, se inclinaron hacia la autarquía y la expansión territorial por la fuerza. Aunque los tres coincidían en desmantelar el sistema de Versalles, en un principio cada estado nacional persiguió objetivos propios.
Hasta 1935, Mussolini se inclinó por colaborar con las potencias occidentales. Los grupos de poder italianos querían controlar los Balcanes, y el Duce, en julio de 1934, envió tropas a la frontera ítalo-austríaca para frenar el golpe alentado por los nazis más radicales y en el que fue asesinado el canciller austríaco. Cuando Hitler anunció en marzo de 1935 el restablecimiento del servicio militar obligatorio, Francia, Gran Bretaña e Italia reafirmaron en la conferencia de Stresa su oposición a una revisión unilateral de la paz de Versalles. Pero la invasión de Etiopía por las tropas italianas rompió el frente de Stresa. Criticado y sancionado por las democracias occidentales, Mussolini se acercó a Hitler. El vínculo se consolidó con la intervención conjunta en la Guerra Civil española para apoyar al general Franco y con la creación del Eje Roma- Berlín. A fines de 1937 Italia abandonó la Sociedad de Naciones.
Por otro lado, en noviembre de 1936 Alemania firmó con Japón el pacto anti-Komintern, en cuyo protocolo secreto las dos potencias se prometían ayuda mutua en caso de ser atacadas. Italia se sumó al pacto al año siguiente. Sin embargo, Tokio no intervino en la invasión a la URSS puesta en marcha por Hitler en junio de 1941.
Los militares japoneses en el poder, siguiendo los tradicionales intereses expansionistas de su país, concentraron sus esfuerzos en el área del Pacífico y Asia Oriental. Para no dispersar sus fuerzas en dos frentes, en abril de 1941 firmaron un pacto de no agresión con Stalin, que estuvo vigente durante casi todo el conflicto. Recién en Yalta (1945) el dirigente soviético consideró la posibilidad de entrar en guerra con Japón.
Las acciones del Tercer Reich tuvieron un papel central en el desencadenamiento de la guerra. Los historiadores aún discuten las causas de la política exterior del nazismo. ¿Fue la voluntad de Hitler el motor central? ¿O fueron los factores estructurales -la dinámica caótica y radicalizada del régimen nazi, los intereses del gran capital, la necesidad de canalizar el descontento social interno- los que condicionaron las decisiones del Führer?
Hitler tuvo propuestas extremas desde su ingreso a la escena política: el racismo, la búsqueda del espacio vital para Alemania y la liquidación del comunismo. A diferencia de la política exterior revisionista del conservadurismo alemán, el nazismo no aceptaba que la recuperación de las fronteras de 1914 bastara para garantizar la seguridad alemana y
asegurar su desarrollo. Sólo la conquista del Este aseguraría el “espacio vital” necesario para imponer la hegemonía de la vigorosa raza aria sobre el continente europeo.
Las primeras crisis provocadas por la violación del statu quo fueron cortas e incruentas.
del Tercer Reich (1933-1939)
Retiro de las Naciones Unidas, octubre de 1933.
Pacto con Polonia, enero de 1934.
Golpe en Austria, julio de 1934.
Plebiscito en el Sarre a favor de la reincorporación al Reich, enero de 1935.
Reintroducción del servicio militar obligatorio, marzo de 1935.
Acuerdo naval con Inglaterra, junio de 1935.
Reocupación de Renania, marzo de 1936.
Proclamación del Eje Berlín-Roma, octubre de 1936.
Pacto Anti-Komintern con Japón, noviembre de 1936.
Anexión de Austria (Anschluss), marzo de 1938.
Conferencia de Múnich, septiembre de 1938.
Ocupación de Praga, marzo de 1939.
Pacto de no agresión germano-soviético y protocolo secreto, agosto de 1939.
Invasión a Polonia, septiembre de 1939. ^
Estos éxitos fortalecieron el mito del Führer. Hasta la anexión de Austria (Anschluss) en 1938, todos los triunfos de la política exterior del nazismo respondieron a los objetivos de los sectores más poderosos del Tercer Reich. Después vino Checoslovaquia. Allí, el Führer utilizó a su favor las reivindicaciones de los alemanes de la región de los Sudetes, que no aceptaban su condición de minoría en el estado creado en Ver- salles. A fines de 1938, en Múnich, los primeros ministros británico y francés, reunidos con Hitler y Mussolini, aceptaron la anexión de esa zona a Alemania y todos se comprometieron a garantizar la existencia del estado checoslovaco en el resto del territorio. Pero nadie reaccionó cuando las tropas alemanas ocuparon Praga en marzo de 1939. Checoslovaquia desapareció: las fuerzas de Ante Pavelic declararon el nacimiento del nuevo estado de Eslovaquia, el Tercer Reich creó el Protectorado de Bohemia y Moravia, y Rutenia pasó a manos de Hungría.
Las democracias y el comunismo, que serían arrollados por la expansión del nazismo, no llegaron a forjar una política concertada para detenerlo. Las principales democracias europeas, subestimando los objetivos nazis, jugaron la carta del apaciguamiento: si aceptaban que Hitler revisará Versalles, podrían evitar otra guerra. Ni París ni Londres se sentían seguros de tener energías para emprender exitosamente otra empresa bélica, y además los sectores de poder de ambos países rechazaban una alianza con el comunismo. El rearme alemán atemorizó a Stalin, y tanto su gobierno como la Tercera Internacional buscaron sin éxito un acercamiento con las democracias occidentales.
En 1928, la consigna de “socialfascismo” esgrimida por la Internacional calificó a la socialdemocracia como un enemigo equiparable al fascismo e impidió a los comunistas concretar alianzas con los partidos burgueses. En su Vil Congreso, celebrado en 1935, la Komintern dio un giro rotundo. El fascismo pasó a ser la expresión política del gran capital reaccionario y se llamó a la constitución de frentes populares. Según Jorge Dimitrov, comunista búlgaro al frente de la Internacional, las acciones conjuntas de los comunistas y los socialdemócratas “ejercerían también una influencia poderosa en las filas de los obreros católicos, anarquistas y no organizados, incluso sobre aquellos que momentáneamente son víctimas de la demagogia fascista”.
Este viraje acompañó la decisión de Stalin de avanzar hacia un compromiso de cooperación militar con Francia en virtud del sesgo beligerante que imprimía Hitler a la política exterior alemana.
Después de Múnich, el jefe máximo del comunismo consideró que Francia y Gran Bretaña consentían el resurgimiento del militarismo alemán porque esperaban que su fuerza se descargase sobre la Unión Soviética y tanteó la posibilidad de un acuerdo con la Alemania nazi. En agosto de 1939, los ministros de Relaciones Exteriores de ambos países suscribieron el pacto Molotov-Ribbentrop, por el que los dos gobiernos se comprometieron a mantener una estricta neutralidad mutua si uno de ellos se viese envuelto en una guerra. En el protocolo secreto acordaron una nueva división de Polonia y el reparto de una serie de territorios. Gracias a estas medidas, Hitler pudo dar la orden de avanzar sobre Polonia sin la incertidumbre de que se abriera un frente militar en el este.

Las tropas alemanas invadieron Polonia el 1Q de septiembre de 1939. Dos días después, Londres y París declararon la guerra a Alemania. Mussolini declaró el estado de no beligerancia y los Estados Unidos proclamaron su neutralidad. El gobierno polaco huyó al exilio y, al cabo de una rápida y brutal conquista, el estado polaco fue eliminado. Los territorios del oeste fueron incorporados al Reich, y el resto quedó bajo el Gobierno General, controlado por los nazis. Polonia occidental debía ser germanizada y los nazis dispusieron el traslado de los alemanes étnicos desde la Unión Soviética, los estados del Báltico y otras zonas de Europa Oriental. Las familias polacas desalojadas de sus hogares fueron enviadas al territorio del Gobierno General, donde quedaron abandonadas a su suerte.
Las unidades móviles de exterminio de las SS, los Einsatzgruppen, siguieron a la Wehrmacht en el ataque contra Polonia primero y contra la URSS después. Su tarea principal consistió en aniquilar a los judíos y a los comisarios políticos mientras sembraban el terror mediante el asesinato en masa de civiles. Durante muchos años la Wehrmacht fue considerada un ejército que se limitaba a cumplir con su deber; sin embargo, se ha demostrado que fue cómplice activa de los crímenes aprobados por la cúpula nazi.
Mientras los nazis avanzaban sobre Polonia occidental, los soviéticos ocupaban los territorios polacos lindantes con la URSS, según lo dispuesto en el pacto Molotov-Ribbentrop. Muchos polacos fueron internados en campos de prisioneros y pocos meses después Stalin ordenó ejecutar a los “nacionalistas y contrarrevolucionarios”. El ejército alemán encontró las tumbas masivas en el bosque de Katyn, en 1943. Berlín acusó a los soviéticos y Stalin adjudicó el hecho a una maniobra de los nazis. En 1990, bajo el gobierno de Mijail Gorbachov, la Unión Soviética reconoció su responsabilidad en los crímenes.
Fundamentándose en su pacto con el Tercer Reich, la URSS instaló efectivos militares en el Báltico y Finlandia. Ante la negativa de Helsinski, el Ejército Rojo invadió el país a fines de 1939 y la Unión Soviética fue expulsada de la Sociedad de Naciones. Después del rápido triunfo de los nazis en Francia, Stalin incorporó las tres repúblicas bálticas a la Unión Soviética y se apropió de Besarabia y Bukovina en Rumania, recuperando los territorios anexados a Rusia por los zares y perdidos por los bolcheviques en el fragor de la Revolución y la guerra civil.
A partir de Polonia, el Tercer Reich avanzó rápidamente sobre Europa Occidental. A mediados de 1940, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Francia estaban bajo su control. Sólo Gran Bretaña siguió resistiendo. Ante la superioridad naval británica, Hitler inició el bombardeo sistemático de ciudades e industrias de Inglaterra. El nuevo gobierno británico, presidido por el conservador Winston Churchill desde mayo de 1940, respondió con ataques aéreos a las ciudades alemanas.
Al no poder quebrar la resistencia británica, Hitler decidió llevar la guerra al territorio soviético. Pero antes tuvo que ayudar a su aliado Mussolini en el Mediterráneo y el norte de África. En junio de 1941 las tropas alemanas e italianas ocuparon Yugoslavia y Grecia, cuyos monarcas se habían exiliado en Londres. Yugoslavia desapareció literalmente del mapa: parte de su territorio quedó repartido entre Alemania, Italia, Bulgaria y Hungría, mientras que Croacia fue declarada un reino independiente bajo la conducción del cura católico pronazi Jozef Tiso. Tanto en Yugoslavia como en Grecia, la resistencia armada a los nazis se dividió en dos bandos enfrentados: los comunistas y los promonárquicos. Para revertir el fracaso de los fascistas en Egipto, Hitler envió el Afrika Korps comandado por el general Erwin Rommel, el “Zorro del Desierto”, quien logró importantes victorias sobre los británicos. Pero a fines de 1942 los británicos derrotaron a los alemanes en El Alamein y los expulsaron del norte de África.
Consolidado en el continente europeo pero sin haber vencido a Gran Bretaña, en el verano de 1941 Hitler inició la Operación Barbarroja contra la URSS. Tres millones de hombres avanzaron hacia Lenin- grado en el norte, Moscú en el centro y Ucrania en el sur. Stalin había desestimado los informes que anunciaban los planes alemanes y no se había preparado para repeler la invasión. Los primeros días fueron de desconcierto total.
El ejército alemán y las SS ingresaron matando sin piedad. En su huida hacia el este, los soviéticos adoptaron la táctica de “tierra quemada”: no dejar nada que pudiera ser utilizado por el invasor. Dado que Hitler esperaba aniquilar al régimen soviético en pocos meses, sus tropas no estaban equipadas para enfrentar el duro invierno. Pero los soviéticos resistieron hasta el límite de sus fuerzas y los nazis, aunque conquistaron Ucrania, no lograron ingresar en Leningrado ni tampoco en Moscú. La derrota del ejército alemán a principios de 1943 en la batalla de Stalingrado supuso un cambio decisivo: de allí en adelante el ejército soviético no cesó de avanzar, hasta llegar a Berlín en 1945.
Por entonces, británicos y norteamericanos habían desembarcado en Italia desde el norte de África, avanzado hacia Roma y provocado la caída de Mussolini. Los alemanes se fortificaron en el norte y resistieron unos meses más. En junio de 1944 los aliados desembarcaron en Normandía. Poco después liberaron Francia y avanzaron hacia Alemania desde el sur, en momentos en que los soviéticos lo hacían desde $1 norte. A principios de 1945 Alemania estaba ocupada, pero Hitler ordenó resistir y, fiel a su consigna de “victoria o muerte”, se suicidó el 30 de abril. El 2 de mayo finalizó la batalla de Berlín, y entre el 7 y el 8 las fuerzas armadas alemanas se rindieron ante el alto mando del ejército aliado y ante las fuerzas soviéticas.
En el Pacífico se libró paralelamente otra guerra. Japón invadió el norte de China en 1937, ocupó Pekín y lanzó su ejército sobre Nanquín, sede del gobierno chino, que decidió resistir. La ciudad fue saqueada e incendiada hasta los cimientos. Los japoneses ocuparon las posesiones europeas en Asia: la Indochina francesa, la Indonesia holandesa y las británicas Malasia, Birmania, Hong Kong y Singapur. En diciembre de 1941, el imperio nipón atacó la base norteamericana de Pearl Harbor en Hawái y, cuando los Estados Unidos declararon la guerra a Japón, Hitler no dudó en enfrentarse también al coloso norteamericano.
El despliegue de la maquinaria industrial y bélica norteamericana no tardó en desequilibrar el conflicto del Pacífico en favor de los aliados. La batalla de Midway, en junio de 1942, fue la derrota naval más dura de Japón y marcó un punto crítico en la guerra del Pacífico. En adelante, los norteamericanos fueron dominando isla tras isla. La conquista de Filipinas por parte de los Estados Unidos en febrero de 1945 o la reconquista de Birmania por los británicos fueron momentos claves. El 19 de febrero de 1945 los norteamericanos ocuparon por primera vez territorio japonés, la pequeña isla de Iwojima.
A fines de julio de 1945, el presidente estadounidense Harry Truman exigió la rendición incondicional de Japón. El emperador rechazó el ultimátum. El 6 de agosto los Estados Unidos lanzaron una bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima. Dos días después, la URSS declaró la guerra a Japón y ocupó Manchuria y parte de Corea. El 9 de agosto, los Estados Unidos arrojaron una segunda bomba atómica sobre la ciudad de Nagasaki.
Muchas personas murieron en el acto, otras tuvieron una larga agonía producida por las quemaduras, y generaciones de japoneses sufrieron malformaciones de nacimiento por la radiactividad. Japón capituló y fue ocupado por los Estados Unidos.
¿Cuál fue la razón de esta masacre? No sólo el gobierno estadounidense sino también destacados intelectuales, entre ellos el filósofo francés Raymond Aron, justificaron el empleo de la bomba atómica diciendo que, en última instancia, había puesto fin a la guerra y evitado más muertes. Los opositores insistieron en que el sacrificio de cientos de miles de civiles permitió que Washington emergiese como único vencedor del imperio nipón y probara la eficacia de su nueva arma de guerra.

La contundente victoria del Eje hasta 1943 no supuso la constitución de un nuevo orden europeo. Hitier necesitaba estabilizar los países que ocupaba a fin de extraer recursos para sostener la guerra, y concretar estos fines era más fácil con gobiernos ya instalados, en cierto grado aceptados por la población, que promover a los dirigentes fascistas locales.
Varios territorios europeos ocupados fueron anexados al Reich -Austria, los Sudetes checoslovacos, Eslovenia, Danzing, Alsacia-Lorena, Luxemburgo- y las tareas administrativas quedaron a cargo de alemanes o nazis locales. A las zonas con mayor densidad de población no germana se les asignó una administración separada: el protectorado de Bohemia- Moravia y el Gobierno General de Polonia. Los países satélites -Finlandia, Hungría, Bulgaria, Rumania, Croacia y Eslovaquia- se posicionaron voluntariamente al lado de Alemania: algunos adoptaron los rasgos típicos del fascismo, pero la mayoría tuvo gobiernos nacionalistas, autoritarios y anticomunistas. La alineación con el nazismo sólo se concretó plenamente en los países surgidos del desmantelamiento de los estados creados en Versalles: Eslovaquia -independizada de Checoslovaquia en marzo de 1939, poco antes de que ingresaran las tropas alemanas- y Croacia -separada de Yugoslavia con la llegada de los nazis-.
En Dinamarca, Noruega, Bélgica y Holanda los nazis tutelaron una administración que, en diferentes grados, sometió al personal local a las directivas de los alemanes. Hasta 1942 Francia fue un caso singular. La zona norte, ocupada por los alemanes, quedó sometida a la autoridad del estado mayor y las presiones del embajador alemán, es decir, en una situación similar a la de Bélgica o los Países Bajos. En el sur, un gobierno encabezado por el mariscal Philippe Pétain -con sede en Vichy y teóricamente soberano- emprendió la “revolución nacional”, una contrarrevolución conservadora, nacionalista y con muchos elementos propios del nazismo, entre ellos el antisemitismo. Cuando Pé-
tain firmó el armisticio con los alemanes, el general De Gaulle partió hacia Inglaterra para proseguir la lucha. El 18 de junio de 1940, desde la BBC de Londres, incitó a los franceses a resistir la ocupación nazi.
Portugal, España, Suiza, Suecia, Turquía e Irlanda se declararon neutrales en Europa.

En su libro Mi lucha, Hitler manifestó abiertamente su odio visceral a los judíos, a quienes responsabilizaba de la derrota alemana de 1918. Pero las obsesiones del Führer y sus fanáticos seguidores no bastan para explicar el genocidio judío. Este no hubiera sido posible sin la colaboración de la Wehrmacht, el apoyo activo de vastos sectores de la burocracia y los profesionales, y el afán de lucro de los grandes empresarios que fabricaron los equipos para matar e instalaron sus fábricas en los campos de concentración. No hubiera sido posible tampoco sin el silencio, la indiferencia y la complicidad pasiva de gran parte de la sociedad alemana. Al concluir la guerra, los vencedores juzgaron a algunos de los culpables de los crímenes, y aún hoy la historia sigue discutiendo el espinoso problema de las responsabilidades.
Los historiadores debaten también otra compleja cuestión: cómo y cuándo, y a través de quiénes, el odio y la segregación contra los judíos pudieron materializarse en los campos de concentración destinados a matanzas masivas. Hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el trato discriminatorio hacia los judíos alemanes se combinó con ataques violentos, pero nada indicaba su exterminio total. Las principales acciones antisemitas anteriores a la guerra no respondieron a directivas precisas de Hitler, sino que más bien se debieron a los activistas radicales de las SA, a las rivalidades facciosas e institucionales que corroían el régimen nazi, al afán de los profesionales de eliminar la competencia judía y a los grupos económicos deseosos de apropiarse de los bienes de los judíos. El Führer habilitó las decisiones y generó el clima que hizo posible los programas.
Antes de que estallara la guerra, en Alemania hubo tres oleadas antisemitas: el boicot a los comercios judíos instigado por las SA en 1933; la sanción de las leyes de Núremberg en 1935, que segregaron a los judíos del resto de la sociedad alemana; y la “Noche de los Cristales Rotos”, el 9 de noviembre de 1938, con asesinatos, quemas de sinagogas, destrucción y apropiación de propiedades. Finalmente, los judíos fueron
expulsados de las actividades económicas y profesionales y sus negocios pasaron a engrosar el patrimonio de las empresas alemanas. Este fue el último acto de violencia abierta, y a partir de ese momento se asignó a las SS la coordinación e instrumentación de la política antijudía, a fin de concretarla en forma más “racional” y burocratizada.
Con la incorporación de nuevos territorios a lo largo de la guerra, el Tercer Reich se encontró con un adicional de tres millones de judíos cuya expulsión era reclamada por los dirigentes nazis de las diferentes localidades. La “solución final” -el exterminio- tomó cuerpo a partir de la ocupación de Polonia, y más decididamente tras la invasión de la Unión Soviética. La expulsión de los judíos de los territorios polacos occidentales, donde serían reubicados los alemanes, dio lugar a la instalación de guetos, el primero de ellos en la ciudad de Lodz, en diciembre de 1939. Con los guetos, los campos de trabajo forzado y los fusilamientos en masa, la idea asesina cobró consistencia. El último paso se dio con la campaña a la URSS. La operación Barbarroja fue diseñada como una guerra de aniquilación: todos los comisarios o dirigentes bolcheviques debían ser ejecutados inmediatamente.
Las SS tuvieron así un nuevo terreno donde desplegar su maquinaria de terror para consolidar y extender su dominio en el estado nazi. En principio se suponía que, tras la caída de Moscú, los judíos serían reubicados en las regiones más adversas del territorio soviético y sometidos a trabajos forzados. Pero la resistencia de los pueblos de la URSS impidió la victoria de los alemanes y sus aliados, la campaña militar se prolongó y el plan genocida se puso en marcha. En enero de 1942, la jerarquía nazi reunida en la Conferencia de Wannsee asumió decididamente la “solución final”: una organización planificada de recursos, instalaciones, transportes y personas al servicio de la “producción” de la muerte.
Los guetos de Varsovia, Minsk o Budapest, los campos de concentración -Dachau, Mauthausen, Auschwitz y Treblinka, entre otros- y los asesinatos en masa, como el de Babi Yar o el de las Fosas Ardeatinas, desgarraron las convicciones y abrieron angustiosos interrogantes sobre la condición humana.

Durante el año transcurrido entre la derrota de Francia y la invasión a la Unión Soviética, el Reino Unido fue el único país que enfrentó al nazismo. El primer ministro Churchill buscó el respaldo de los Estados
Unidos y, en marzo de 1941, el Congreso norteamericano aprobó la Ley de Préstamo y Arriendo, por la cual el presidente Roosevelt podía vender o alquilar todo tipo de material a cualquier estado considerado clave para la seguridad nacional. En agosto de 1941 Churchill y Roosevelt suscribieron la Carta del Atlántico, declarando que sus países no buscaban ningún engrandecimiento territorial o de otro tipo, que respetarían las decisiones democráticas de los pueblos y que se esforzarían en extender el libre comercio y asegurar mejoras laborales.
Al ponerse en marcha la operación Barbarroja, Londres manifestó interés en colaborar con los soviéticos. Con el ingreso de los Estados Unidos al campo de batalla, quedó confirmada la Gran Alianza que encabezarían Josef Stalin, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt. La expansión arrolladora, sin límites y brutal del Eje hizo posible que los dirigentes de las democracias liberales y del comunismo aunaran sus fuerzas contra el enemigo común.


Link para ver resumen: https://www.youtube.com/watch?v=AYQ8hT8cVTE

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